Todo empieza con pequeños gestos. Quizás una pintada casual en una casa de Barcelona. Un grito en una manifestación en Montevideo. Una noticia falsa en la Patagonia. Un adjetivo hiriente en una conversación. Una murga en un carnaval.

Nada es demasiado grueso al principio. Tampoco demasiado grande. Ni demasiado horrible. Son pequeños trazos aislados. Desperdigados en el muro. Sin conexión aparente entre ellos.

Sin embargo, al tomar distancia, forman un auténtico mural del odio. Es la viscosa mugre del antisemitismo. Siempre empieza con la letra pequeña. Un simple acento en la gramática cotidiana. Una peca en la piel.

Así, naturalizado, deja de ser extraño. Ya se sabe. Los judíos. Lo normal.

Quizás lo más grave de esta enorme marea es justamente eso. La normalidad con que penetra. Sin despertar conciencias. Ni disparar alarmas.

Presente, pero invisible. Peligroso, pero negado. Como si la escuela de odio más letal de la humanidad no fuera un problema de todos. Su estela de persecución y muerte ensangrentó siglos de historia. Pero se presenta como problema solo de ellos. Los de la kipá y la estrella.

Además, el nuevo antisemitismo se nutre en las ubres de las izquierdas más ruidosas. Por eso no es reconocido como tal. Gentes de pancarta y solidaridad. Son los libertadores. Los buenos.

Ellos señalan a la extrema derecha. Esa sí que odia a los judíos. Pero ellos no. Ellos siempre tienen un amigo judío.

Mientras tanto, continúan gritando su odio a Israel. Qué casualidad, el único estado judío del mundo. Se desentienden del fenómeno que han aupado. En las redes. En los medios. En las universidades. En las calles.

Por decirlo sin ambigüedades: la izquierda es hoy la responsable del discurso de odio más masivo. También el más viralizado. Y el más peligroso de nuestro tiempo.

Y no lo reconocen. Ni lo aceptan. Ni lo combaten. Incapaces de ver el leviatán que han despertado.

Pongamos la lupa en algún rincón del mural. Por ejemplo, una murga en el jocoso carnaval de Montevideo. Se presentan regios. Doña Bastarda es su nombre. Murga exitosa que ha ganado otros carnavales.

Sus letras integradas en el pensamiento de izquierdas. Comprometidos con las causas ad hoc. Ferozmente críticos con Israel.

“¡Chocolate por la noticia!”, exclama la editorial de El País de Uruguay. Y continúa: “Seguramente a nadie se le habría ocurrido que el letrista de una murga, que es la quintaesencia del pensamiento de la izquierda urbana pretenciosa e ignorante, era crítica con Israel”.

Pues eso. Querían criticar a Israel. Y por el camino, como si pasaran por ahí, les da por hablar del jabón.

Dice el final del simpático cuplé: “Y a los que me llamen nazi/ sin tregua y sin compasión/ los encierro en una jaula/ y los convierto en jabón”. Su título, “Patria o tumba”, es toda una declaración. Y a divertirse. Que es carnaval.

Después, las comunidades judías de Uruguay recuerdan algo importante. Cómo pesa esa palabra. El dolor que provoca. La memoria trágica que retorna.

Pero no entienden el escándalo. Ellos son de izquierdas. No son de los malos. Solo hacían arte. La libertad de expresión. Lo suyo es crítico. El antisemitismo es de los otros.

“Jabón”. Escogieron esa palabra y no otra. La más brutal. La que despierta todo el dolor de la memoria. Pero son de izquierdas. Solo es arte.

Mientras en el paisito cantan cuplés, en Argentina retornan viejos conocidos. Quema la Patagonia. Y un ciudadano de bien descubre a los culpables. Son los israelíes que están prendiendo fuego.

El repugnante libelo antisemita del “Plan Andina” encuentra recorrido. Se inventaron ese plan los hijos de Adolf Eichmann en los años sesenta. Según ese delirio, hay un plan judío para quedarse la Patagonia.

El libelo circula en las redes. En los micrófonos. En la X de un general. En voces políticas. En el verbo encendido de alguna periodista.

Es delirante. Es patraña de infinita imbecilidad. Pero el libelo consigue su espacio. Gana su tiempo. Nutrido por la tierra fértil del antisemitismo de siempre.

Mientras tanto, se amontonan las denuncias por antisemitismo. Pintadas. Insultos. Agresiones.

Y en el congreso de la república, algo más ocurre. Los diputados argentinos de la izquierda irredenta juran por Palestina. Que, como todo el mundo sabe, se ubica en la Patagonia.

De un lado al otro del Atlántico, la mirada se desvía. Llega a Barcelona. La bella ciudad. Librepensadora. Avanzada.

Refugio de muchos en tiempos aciagos. Y ahora convertida en una de las ciudades más estúpidamente antisemitas de Europa. Verbigracia de la izquierda más ruidosamente propalestina de ídem.

Aquí empezaron con los gritos en las manifestaciones. Después vinieron las pintadas en locales judíos. Luego señalaron todos los lugares vinculados a la comunidad. Incluyendo la escuela judía.

Y lo último ha sido la vandalización de tumbas. En el cementerio judío de las Corts. El hilo clásico. El recorrido previsible. El grito. La señalización. La vandalización.

¿Qué será lo próximo? Y resuena Australia en los rincones del miedo.

No hay excusa. Que no nos vengan diciendo que es solo crítica. Que no tiene nada que ver con los judíos. Que el conflicto. Los palestinos.

Pero entonces, ¿qué pasa con “jabón”? ¿Y con “Patagonia”? ¿Y con “tumbas”?

Ni arte. Ni crítica. Ni política. Es puro antisemitismo. Es odio. Es normalización del estigma. Es real. Es creciente.

Y los culpables tienen nombre y apellidos. En el pasado fueron los católicos. La Inquisición. Los progroms. Los nazis. Los fascistas.

Hoy los principales agentes del odio provienen de los discursos de izquierdas. Lo niegan. Lo desprecian. Lo esconden. Pero son ellos los que alimentan al monstruo.

La viscosa mugre se extiende por tres ciudades. Por tres continentes. Con diferentes formas. Pero con el mismo veneno ancestral.

En Montevideo, el odio se disfraza de arte carnavalesco. En la Patagonia, resucita teorías conspirativas de hace décadas. En Barcelona, avanza desde las manifestaciones hasta los cementerios.

Y en todos estos lugares, los perpetradores se escudan en la misma defensa. Dicen que solo critican políticas. Que defienden causas justas. Que su posición progresista los inmuniza contra el odio.

Pero las palabras que eligen los delatan. Los símbolos que atacan los revelan. Los lugares que vandalizan los condenan.

Porque cuando se habla de convertir personas en jabón, se evoca deliberadamente el horror del Holocausto. Cuando se inventa un plan de ocupación judía en la Patagonia, se reactiva el antisemitismo de los herederos de Eichmann. Cuando se profanan tumbas judías, se continúa una tradición milenaria de odio.

El antisemitismo contemporáneo ha encontrado un nuevo disfraz. Ya no viene necesariamente de la extrema derecha tradicional. Ahora se presenta envuelto en banderas de liberación. Se esconde detrás de consignas progresistas. Se justifica mediante la crítica política.

Pero el odio sigue siendo el mismo. Solo ha cambiado de ropaje. Y quizás por eso resulta más peligroso. Porque muchos no lo reconocen. Porque otros lo niegan activamente. Porque algunos hasta lo celebran como valentía política.

La izquierda que se precia de combatir todas las formas de discriminación guarda silencio. O peor aún, participa activamente en la difusión del odio. Las mismas voces que denuncian el racismo justifican el antisemitismo. Los mismos grupos que exigen respeto vandalizan sinagogas.

Esta contradicción no es accidental. Es estructural. Porque el nuevo antisemitismo se ha integrado perfectamente en ciertos discursos progresistas. Se ha normalizado hasta el punto de volverse invisible para sus propios portadores.

Las comunidades judías de Uruguay, Argentina y España lo experimentan diariamente. Ven cómo el odio crece. Cómo se normaliza. Cómo se acepta socialmente.

Y cuando denuncian, se les acusa de exagerar. De confundir crítica política con antisemitismo. De instrumentalizar el sufrimiento histórico. De silenciar voces disidentes.

Pero ellos saben algo que la historia ha enseñado una y otra vez. El antisemitismo siempre empieza así. Con pequeños gestos. Con palabras aparentemente inocuas. Con actos que se presentan como aislados.

Hasta que ya no lo son. Hasta que los pequeños trazos forman el mural completo. Hasta que la viscosa mugre lo cubre todo.

Y entonces ya es demasiado tarde. Porque el odio normalizado es el más difícil de combatir. Porque se ha integrado en el tejido social. Porque se ha vuelto parte del sentido común.

Por eso importa cada pintada en Barcelona. Por eso importa cada cuplé en Montevideo. Por eso importa cada libelo en la Patagonia. No son incidentes aislados. Son síntomas de una enfermedad que se extiende.

Una enfermedad que la izquierda actual se niega a diagnosticar. Porque hacerlo implicaría reconocer su propia responsabilidad. Admitir que sus discursos alimentan el monstruo. Aceptar que su retórica tiene consecuencias reales.

Las tumbas vandalizadas no se profanan solas. Las teorías conspirativas no circulan por generación espontánea. Las referencias al jabón no aparecen por casualidad.

Detrás de cada acto hay un discurso que lo habilita. Una narrativa que lo justifica. Un ambiente que lo normaliza. Y ese ambiente lo ha creado, principalmente, la izquierda contemporánea.

No toda la izquierda, ciertamente. Pero sí sectores significativos. Aquellos que han convertido la crítica a Israel en obsesión. Los que señalan constantemente al único estado judío del mundo. Los que aplican estándares diferentes cuando se trata de judíos.

Y mientras lo hacen, liberan fuerzas que no pueden controlar. Porque el antisemitismo, una vez desatado, no distingue entre crítica política y odio racial. No se detiene en las fronteras que sus promotores quisieran establecer.

El odio a Israel se convierte fácilmente en odio a los judíos. La crítica política deriva en teorías conspirativas. Las manifestaciones pacíficas terminan en vandalización de sinagogas.

Este es el patrón que se repite. En Montevideo. En la Patagonia. En Barcelona. Y en muchos otros lugares del mundo.

La viscosa mugre se extiende. Y la izquierda que la alimenta se niega a verla. O peor, la justifica. La defiende. La celebra como acto de resistencia.

Pero las comunidades judías saben lo que esto significa. Han visto esta película antes. Conocen el guion. Y saben cómo termina.

Por eso denuncian. Por eso resisten. Por eso insisten en llamar al odio por su nombre. Aunque los acusen de exagerados. Aunque los tachen de instrumentalizar el pasado. Aunque los señalen como enemigos de la libertad de expresión.

Porque saben que el silencio es complicidad. Que la normalización es peligrosa. Que los pequeños gestos de hoy son los grandes horrores de mañana.

Y porque saben, también, que cuando el antisemitismo crece, nunca se detiene solo en los judíos. Es el canario en la mina. El síntoma de una sociedad enferma. El preludio de violencias mayores.

La historia lo ha demostrado repetidamente. Las sociedades que toleran el antisemitismo terminan tolerando otras formas de odio. Las que normalizan la violencia contra los judíos normalizan la violencia contra otros.

Por eso este no es solo un problema judío. Es un problema de toda la sociedad. De toda la humanidad. De todos los que creen en la dignidad humana.

Pero especialmente es un problema de la izquierda contemporánea. Que debe mirarse al espejo. Reconocer al monstruo que ha alimentado. Y decidir si quiere seguir siendo su cómplice.

Porque la viscosa mugre del antisemitismo seguirá extendiéndose. Desde Montevideo hasta la Patagonia. Pasando por Barcelona. Y por todos los lugares donde encuentre tierra fértil.

A menos que alguien decida detenerla. A menos que las voces que la alimentan decidan callar. A menos que la izquierda recupere la brújula moral que dice defender.

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