La tercera jornada de la Asamblea General de las Naciones Unidas transcurrió en Nueva York con una agenda cargada de tensiones diplomáticas. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu llegó a la sede del organismo en medio de un creciente aislamiento internacional. Su presencia generó expectativa entre los delegados reunidos en el edificio neoyorquino.
Netanyahu realizó una visita relámpago sin encuentros programados con el presidente estadounidense Donald Trump. Tampoco se agendaron reuniones con el secretario de Estado Marco Rubio ni con mandatarios árabes. La oficina del jefe de gobierno israelí informó que mantendría conversaciones con varios líderes mundiales durante su breve estancia.
El primer ministro se reuniría con los presidentes de Argentina, Bolivia, Paraguay, Panamá y Etiopía. Además, sostendría encuentros con la vicepresidenta de Colombia y los primeros ministros de Grecia, Eslovenia y Papúa Nueva Guinea. Esta agenda reflejó las limitadas opciones diplomáticas del dirigente israelí en el contexto actual.
El debate general de la ONU congregó a dirigentes de todo el mundo para abordar asuntos de alcance global. Entre los temas centrales figuraron la guerra en Gaza y la reconstrucción del enclave palestino. Las intervenciones de los mandatarios evidenciaron profundas divisiones sobre estos conflictos.
El presidente del Estado de Palestina, Mahmoud Abbas, afirmó que las políticas israelíes “amenazan la propia vida y existencia del pueblo palestino en su tierra”. Por segundo año consecutivo, Estados Unidos le negó una visa para asistir personalmente a la Asamblea General. Abbas intervino mediante un mensaje pregrabado y rechazó la decisión de Washington.
Durante su discurso ante el organismo, el dirigente palestino sostuvo que las medidas israelíes contradicen el derecho internacional. Sobre la propuesta del presidente Trump, señaló: “Acogemos el plan de 12 puntos para detener los ataques contra Palestina y desmilitarizar la Franja de Gaza, pero lamentablemente no se ha materializado”.
Abbas también agradeció las posturas del Reino Unido, Francia y Canadá respecto al conflicto. En otro tramo de su intervención, exigió la transferencia de fondos palestinos retenidos por Israel. “El gobierno israelí sostiene por la fuerza más de USD 6.000 millones pertenecientes a Palestina”, declaró.
El mandatario palestino aludió a la expulsión masiva de palestinos durante la guerra de 1948. Pidió a los países representados en la Asamblea que no permitan “una masacre” ni que los niños palestinos vivan “bajo el yugo del miedo y la amenaza”. Sobre el futuro de su pueblo, Abbas declaró: “El pueblo palestino permanecerá en su tierra y no aceptará el desplazamiento”.
“No aceptaremos lo que decida el Estado israelí”, agregó el presidente palestino. Sus palabras resonaron en un auditorio donde las tensiones sobre Medio Oriente dominaron gran parte de las discusiones. La ausencia de diálogo directo entre las partes evidenció la profundidad de la crisis.
El presidente de Ghana, John Dramani Mahama, reclamó una reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Solicitó que se otorgue a África puestos permanentes con derecho a veto. El mandatario sostuvo que esa modificación “no es un favor a África; es un imperativo para la legitimidad, la credibilidad y la supervivencia de las Naciones Unidas”.
Mahama también pidió que la comunidad internacional abandone las fórmulas diplomáticas ante la guerra en Gaza. Al abordar el conflicto, instó a “dejar de usar eufemismos diplomáticos para velar la carnicería humana”. El presidente ghanés respaldó una solución de dos Estados y condenó “todos los actos de terrorismo de Hamas”.
El jefe de Estado vinculó la representación africana con el funcionamiento del organismo multilateral. Sobre la ausencia del continente entre los miembros permanentes, afirmó que es “fundamentalmente inaceptable en el siglo XXI”. Su intervención reflejó una demanda compartida por múltiples naciones africanas presentes en la asamblea.
Durante su discurso, Mahama defendió el valor de la pertenencia como vínculo entre las personas. “La pertenencia nos ancla; nos recuerda que formamos parte de una historia humana mucho más grande que nosotros mismos”, expresó. Sus palabras buscaron conectar la reforma institucional con valores humanos fundamentales.
El presidente de Madagascar, Michaël Randrianirina, también reclamó una reforma de las Naciones Unidas. Demandó ampliar la participación africana en las decisiones internacionales. “África no puede permanecer al margen de la toma de decisiones”, afirmó el mandatario.
Randrianirina sostuvo que el continente, con 1.400 millones de habitantes, necesita un representante permanente en el Consejo de Seguridad. El mandatario señaló que Madagascar busca formar a su población joven mediante un sistema educativo adecuado. Esta visión conectó el desarrollo interno con la participación en foros globales.
El presidente de Guyana, Mohamed Irfaan Ali, promovió la candidatura de Carolyn Rodrigues Birkett para dirigir las Naciones Unidas. Pidió a los Estados miembros, especialmente a los del Consejo de Seguridad, que den a “esta mujer indígena” la oportunidad de liderar la Organización. Ali sostuvo que la diplomática puede “restaurar la confianza en las Naciones Unidas en este momento crítico”.
Tras agotar un proceso bilateral de décadas, Guyana remitió su disputa fronteriza con Venezuela a la Corte Internacional de Justicia. Ali pidió a Caracas respetar el futuro fallo del tribunal. Afirmó que espera “una nueva era de relaciones de vecindad en interés de nuestros pueblos”. Sin embargo, alertó sobre “un debilitamiento del propio multilateralismo” en el contexto actual.
El mandatario planteó que el Consejo de Seguridad debe superar las estructuras de poder de 1945. Propuso incluir representación permanente de África, América Latina y el Caribe. Sobre la situación global, señaló que “la crisis que enfrenta el multilateralismo puede convertirse en el catalizador de su renovación”.
Ali respaldó una solución de dos Estados para el conflicto entre Israel y Palestina. Pidió el fin de la guerra entre Rusia y Ucrania. Reclamó una salida viable para Cuba, además de apoyo internacional sostenido para que Haití alcance la estabilidad. Al referirse a los conflictos armados, dijo que “las armas pueden silenciarse mediante la diplomacia”.
Guyana integra como miembro fundador la iniciativa Escudo de las Américas del presidente estadounidense Donald Trump. El país caribeño trabaja con Washington y otros Estados de la región en asuntos de paz y prosperidad económica. Sobre la seguridad regional, Ali remarcó que “es nuestra responsabilidad colectiva no permitir nunca que nuestra región sea tomada por pandillas o redes criminales”.
El presidente propuso fortalecer la Asamblea General de las Naciones Unidas de acuerdo con su “autoridad representativa”. Esta sugerencia buscó equilibrar el poder entre los diferentes órganos del organismo internacional. La propuesta reflejó una preocupación compartida por varios países pequeños y medianos.
El presidente de Somalia, Hassan Sheikh Mohamud, reclamó una reforma del Consejo de Seguridad. Sostuvo que la exclusión africana constituye “una injusticia histórica contra 54 Estados soberanos que no puede posponerse indefinidamente”. El mandatario pidió una representación más amplia, transparente y eficaz para el continente.
Durante su intervención, Mohamud advirtió que el respeto al derecho internacional se aplica de forma cada vez más selectiva. Señaló que la cooperación multilateral pierde fuerza en el escenario actual. Afirmó que la incertidumbre “se ha convertido en la nueva normalidad” en las relaciones internacionales.
El mandatario vinculó ese escenario con los avances hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Con apenas 36% de cumplimiento rumbo a 2030, afirmó que la confianza en las Naciones Unidas “no se recuperará solo con declaraciones”. Sostuvo que la recuperación ocurrirá cuando las instituciones actúen de manera coherente, respeten el derecho internacional y logren resultados concretos.
El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira, se dirigió por primera vez a la Asamblea General de la ONU. Su intervención representó un momento significativo para el mandatario boliviano en el escenario internacional. El discurso se produjo en un contexto de múltiples crisis globales.
La jornada incluyó intervenciones de dieciocho países representados por sus máximos dirigentes o altos funcionarios. Zimbabwe abrió la sesión con el presidente Emmerson Dambudzo Mnangagwa. Le siguieron Madagascar, Ghana, el Estado de Palestina y Guyana en las primeras posiciones.
Somalia, Comoras, Liberia e Islas Marshall también presentaron sus posturas ante el pleno. Bolivia, Hungría y Uruguay expusieron sus perspectivas sobre los desafíos globales. La Unión Europea participó a través de António Costa, presidente del Consejo Europeo.
Guinea Ecuatorial estuvo representada por su vicepresidente Teodoro Nguema Obiang Mangue. Gambia envió al vicepresidente Muhammed Jallow. Colombia participó mediante su vicepresidente José Manuel Restrepo. Israel presentó su posición a través del primer ministro Benjamin Netanyahu.
Portugal cerró la lista de oradores con la intervención de su primer ministro Luís Montenegro. La diversidad de países reflejó la naturaleza global de los desafíos abordados en la asamblea. Las intervenciones evidenciaron diferentes perspectivas sobre la reforma institucional, los conflictos armados y el desarrollo sostenible.
La demanda de reforma del Consejo de Seguridad emergió como tema recurrente en múltiples discursos. Los países africanos expresaron una posición unificada sobre la necesidad de representación permanente. Esta reivindicación histórica ganó fuerza en un contexto de cuestionamiento al orden internacional vigente.
Las tensiones en Medio Oriente dominaron parte significativa de los debates. La guerra en Gaza generó pronunciamientos de diversos mandatarios. Las posiciones evidenciaron divisiones profundas sobre la aplicación del derecho internacional en el conflicto.
La ausencia de reuniones entre Netanyahu y líderes estadounidenses llamó la atención de observadores diplomáticos. Esta situación contrastó con la tradicional cercanía entre Israel y Estados Unidos. El aislamiento del primer ministro israelí reflejó cambios en las dinámicas geopolíticas regionales.
La negativa estadounidense a otorgar visa a Abbas por segundo año consecutivo generó críticas. Esta decisión limitó la capacidad del líder palestino de realizar diplomacia directa en Nueva York. El recurso al mensaje pregrabado evidenció las restricciones impuestas a la representación palestina.
Las propuestas sobre multilateralismo y cooperación internacional atravesaron numerosas intervenciones. Los mandatarios expresaron preocupación por el debilitamiento de los mecanismos de gobernanza global. Varios líderes vincularon esta crisis con el incumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
La representación de mujeres indígenas en posiciones de liderazgo global surgió como tema novedoso. La candidatura de Carolyn Rodrigues Birkett planteó cuestiones sobre diversidad en la dirección de organismos internacionales. Esta propuesta conectó demandas de representación con capacidad técnica y experiencia diplomática.
Los conflictos fronterizos en América Latina encontraron espacio en la agenda. La disputa entre Guyana y Venezuela ilustró la persistencia de tensiones territoriales. El recurso a la Corte Internacional de Justicia evidenció la búsqueda de soluciones pacíficas mediante mecanismos institucionales.
La seguridad regional en las Américas apareció vinculada a amenazas transnacionales. Las redes criminales y pandillas fueron identificadas como desafíos compartidos. La iniciativa Escudo de las Américas representó un enfoque de cooperación hemisférica liderado por Estados Unidos.
La crisis en Haití recibió menciones como problema regional que requiere atención sostenida. La situación cubana también fue abordada en términos de necesidad de soluciones viables. Estos casos reflejaron la complejidad de los desafíos en el hemisferio occidental.
La guerra entre Rusia y Ucrania apareció en varios discursos como conflicto que requiere solución diplomática. Los llamados al cese de hostilidades evidenciaron preocupación por la prolongación del enfrentamiento. Las referencias a este conflicto mostraron su impacto en la estabilidad global.
La educación de poblaciones jóvenes surgió como prioridad para países en desarrollo. Madagascar vinculó este desafío con su capacidad de participar efectivamente en decisiones globales. Esta conexión evidenció la relación entre desarrollo interno y protagonismo internacional.
Los fondos palestinos retenidos por Israel emergieron como punto de conflicto económico. La cifra de USD 6.000 millones mencionada por Abbas ilustró la dimensión financiera de la disputa. Este tema conectó aspectos económicos con reivindicaciones políticas más amplias.
La memoria histórica de 1948 apareció en el discurso palestino como referencia a desplazamientos pasados. Esta alusión buscó establecer paralelismos con situaciones actuales. El recurso a la historia evidenció la profundidad temporal del conflicto.
Las estructuras de poder de 1945 fueron cuestionadas como obsoletas para el siglo XXI. Múltiples mandatarios señalaron la necesidad de actualizar la gobernanza global. Este cuestionamiento reflejó cambios en la distribución del poder mundial desde la fundación de las Naciones Unidas.
La legitimidad y credibilidad del organismo internacional surgieron como preocupaciones centrales. Varios líderes vincularon la reforma institucional con la supervivencia misma de las Naciones Unidas. Esta perspectiva evidenció la gravedad percibida de la crisis de confianza.
Los eufemismos diplomáticos fueron criticados como obstáculos para abordar realidades humanitarias. El llamado a nombrar directamente las situaciones reflejó frustración con el lenguaje tradicional. Esta demanda buscó conectar el discurso internacional con experiencias concretas de sufrimiento.
La pertenencia como concepto filosófico apareció vinculada a responsabilidades colectivas. La idea de formar parte de una historia humana compartida buscó trascender divisiones nacionales. Este enfoque intentó establecer bases éticas para la cooperación internacional.
La transparencia y eficacia en la representación surgieron como criterios para evaluar reformas propuestas. Estos parámetros reflejaron demandas de rendición de cuentas en la gobernanza global. La insistencia en estos aspectos evidenció experiencias previas de exclusión.
La incertidumbre como característica del orden internacional actual fue reconocida por varios mandatarios. Esta constatación reflejó la percepción de inestabilidad generalizada. El reconocimiento de esta realidad precedió propuestas de reforma y fortalecimiento institucional.
La aplicación selectiva del derecho internacional emergió como crítica recurrente. Esta observación cuestionó la imparcialidad de mecanismos de gobernanza