La luz blanca nunca se apaga en el hospital de Winnipeg, Canadá. Bruce, el hijo de Janet y Ron Reimer, entró al quirófano para una simple circuncisión. Salió de allí con una vida fracturada. El bisturí eléctrico, una tecnología reciente en 1966, debía facilitar la tarea. Sin embargo, el instrumento falló. Liberó una descarga que destrozó el pene del bebé.
Janet recuerda el momento: “Pensé que era una solución sencilla. Nunca imaginé que se llevarían a mi hijo, y me lo devolverían así”. El hospital se llenó de susurros en los pasillos. También llegaron informes a la dirección. Nadie sabía cómo explicarlo. Los Reimer recibieron promesas de reparación imposible.
Los doctores le hablaban de injertos, prótesis o cirugía reconstructiva en el futuro. Pero, en el fondo, todos sabían algo. La medicina de la época poco podía hacer. Durante semanas, Ron y Janet buscaron respuestas. Consultaron especialistas en Canadá y en Estados Unidos.
La vergüenza era un fantasma. No podían hablar con nadie, ni siquiera con sus familiares más cercanos. El daño era irreversible. Bruce tenía un hermano gemelo llamado Brian. Ambos niños habían nacido sanos. Ahora, uno de ellos enfrentaba un futuro incierto.
En la televisión, una entrevista llamó la atención de Janet. El doctor John Money, psicólogo del Johns Hopkins Hospital, hablaba sobre identidad de género. Sostenía que el sexo asignado al nacer no era determinante. “El género es una construcción social, no está grabado en los genes”, decía ante las cámaras.
Money era famoso, un pionero en tratamientos para personas intersexuales. Su propuesta era radical. Hasta los dos años, los niños eran neutros. Eran “tabulas rasas” que podían ser criadas como varón o mujer. Solo había que actuar lo suficientemente temprano.
Para los Reimer, la teoría de Money representaba esperanza. El especialista los invitó a Baltimore. Allí, en su despacho forrado de diplomas, Money les ofreció un experimento. Criar a Bruce como una niña, con cirugía y terapia hormonal. Nunca hablarle de su origen. “Olvídense de Bruce”, les dijo. “A partir de ahora será Brenda”.
La decisión fue tomada entre lágrimas. “Nos aferramos a la idea de que podíamos salvar a nuestro hijo. No teníamos otra opción. John Money nos prometió que Brenda sería una niña feliz”, afirmó Janet. En 1967, Bruce fue sometido a una castración quirúrgica.
Los médicos eliminaron los restos de su pene y testículos. La intervención fue acompañada por un cambio legal. Modificaron el nombre y sexo en los registros. Así nació Brenda. El caso John/Joan, como lo llamaría Money en sus publicaciones, se puso en marcha.
La familia regresó a Winnipeg con instrucciones estrictas. Brenda debía usar vestidos. Debía jugar con muñecas. Debía recibir juguetes “femeninos”. Debía evitar cualquier estímulo considerado masculino. Cada año, viajaban a Baltimore para sesiones con Money.
El psicólogo documentaba cada gesto en busca de la confirmación de su teoría. “Se comporta de manera típicamente femenina, diferente a su hermano gemelo Brian”, escribió en 1975. En la práctica, la vida de Brenda era una sucesión de conflictos.
“Le ponía vestidos y los rompía. Le regalaban muñecas y las tiraba. Sólo quería jugar con herramientas, construir cosas, pelear. Los otros niños no la entendían”, recordó Janet. Las visitas anuales a Money se convirtieron en pesadillas.
El doctor insistía en que los gemelos debían explorar sus cuerpos. También debían simular juegos sexuales para reforzar la identidad de género. Brenda odiaba esas sesiones. “Me sentaba en esa sala y quería morirme. No entendía nada, sólo sentía vergüenza y rabia”.
En la escuela, Brenda era objeto de burlas. Caminaba “como varón”. Orinaba de pie. Se negaba a participar en juegos de niñas. Los profesores y compañeros la apodaban la “mujer cavernícola”. El secreto pesaba sobre toda la familia.
Ron cayó en el alcoholismo. “Me sentía impotente. Había destruido la vida de mi hijo y no podía hablar con nadie. Tomaba para olvidar”. Janet intentó suicidarse. La pareja se distanció. Los gritos llenaban la casa.
Brian, el hermano gemelo, desarrolló problemas de conducta y adicciones. Nadie podía escapar del experimento. A los doce años, la pubertad llegó como una condena. Brenda crecía, pero su cuerpo no respondía a las dosis de estrógenos.
No tenía senos, ni curvas. La voz seguía siendo grave. En el baño de niñas, las compañeras la miraban con recelo. En el patio, las peleas eran constantes. El aislamiento se hizo total.
“Quería matarme. No encajaba en ningún lugar. No era una chica, pero tampoco un chico”, recordaría Brenda años después. Dio esa declaración en una entrevista para Rolling Stone. Las autolesiones comenzaron a los trece. También llegaron pensamientos suicidas.
Los padres, desesperados, se reunieron en secreto. Decidieron romper la promesa hecha a Money. En 1980, después de una cita especialmente dura con el psicólogo, Ron llevó a los gemelos a una heladería. Allí, mientras el helado se derretía, les contó la verdad.
Brenda se quedó en silencio. Brian lloró. Esa noche, Brenda eligió un nuevo nombre: David. El proceso de transición fue largo y doloroso. David dejó de tomar hormonas femeninas.
Se sometió a una mastectomía doble para eliminar el busto que apenas había crecido. Luego se sometió a una faloplastia para construir un pene artificial. Comenzó a recibir testosterona. Había perdido toda la adolescencia. Sin embargo, quería recuperar su identidad.
La noticia se esparció en Winnipeg como un rumor imposible. Uno de los gemelos Reimer “había cambiado de sexo dos veces”. Los medios locales buscaron el testimonio. No obstante, la familia se negó a hablar.
David quería privacidad. “Solo quería ser normal, trabajar, casarme, tener una vida”, contó años después. El daño psicológico era profundo. David había intentado suicidarse dos veces antes de los veinte.
Las secuelas del experimento de Money eran visibles. “Tenía miedo de los médicos. No podía ver un hospital sin sentirme enfermo”. En los años noventa, el caso comenzó a llamar la atención. Especialistas críticos con la teoría de Money se interesaron.
El sexólogo Milton Diamond, de la Universidad de Hawái, contactó a David. Le pidió contar su historia. “El mundo debía saber la verdad”, le dijo. Diamond publicó en 1997 un artículo en Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine.
Ese artículo destruyó la reputación de Money. También desaconsejó las cirugías de reasignación en niños intersexuales sin su consentimiento. David aceptó hablar, primero en privado. Luego habló en público. Dio entrevistas. Escribió un libro de memorias. Participó en documentales.
En cada aparición, su mensaje era el mismo: “No permitan que los médicos decidan quiénes son sus hijos. Yo viví en un cuerpo que no era el mío durante años. Nadie debería pasar por eso”. Las notas de Money, conservadas en archivos, muestran signos de manipulación.
Ignoró los informes de la madre. Minimizó los comportamientos “masculinos” de Brenda. Exageró los escasos momentos de conformidad con el rol femenino. Los testimonios de la familia fueron descartados. Solo la teoría importaba.
David intentó rehacer su existencia. Se casó con Jane, una madre soltera de tres hijos. “Nunca me sentí más amado”, confesó en una entrevista. Juntos salían de camping. También pescaban y coleccionaban monedas antiguas.
Jane lo describía como un hombre protector y cariñoso. Era “el mejor padrastro que mis hijos podrían tener”. Pero la sombra del pasado nunca desapareció. Los recuerdos de las sesiones con Money permanecían. Las cicatrices en el cuerpo y en la mente también.
La presión mediática continuaba. David perdió trabajos. Sufrió discriminación. Soportó rumores. “La gente me miraba como si fuera un monstruo”, declaró una vez. En 2002, la tragedia golpeó de nuevo.
Su hermano Brian, incapaz de superar la culpa y la adicción, murió. Falleció por una sobredosis de antidepresivos. David se hundió en una depresión profunda. “Perdí a mi otra mitad. Éramos gemelos, inseparables. Ahora estaba solo”.
Dos años más tarde, en 2004, David se quitó la vida. Tenía treinta y ocho años. Su cuerpo fue hallado en su auto. Estaba en un estacionamiento de Winnipeg. La noticia conmocionó a la ciudad. También impactó al mundo científico.
Los padres, Ron y Janet, nunca se recuperaron. “Todo empezó con una simple operación. Nunca imaginé que terminaría así”, dijo Janet. Dio esa declaración en una entrevista con la BBC.
En la actualidad, los equipos que atienden a niños con “trastornos de desarrollo sexual” operan de manera diferente. Esto ocurre en Canadá, Estados Unidos y Europa. La doctora Polly Carmichael dirige el Great Ormond Street Hospital en Londres.
Ella explica: “Ahora el enfoque es multidisciplinario. Participan psicólogos, endocrinólogos, cirujanos y, sobre todo, la familia. Las decisiones se toman caso por caso, escuchando siempre al niño”. El periodista John Colapinto escribió junto a David el libro As Nature Made Him.
En el texto, Reimer sostuvo: “Intenté maquillarme, pero me veía como el payaso Bozo. No importa cuánto te fuercen, está dentro de ti, está en tu genética. Nadie tiene que decirte lo que eres”. En los archivos del Johns Hopkins Hospital permanecen las notas originales del experimento.
Esos documentos muestran la distancia entre la teoría y la realidad. Los archivos incluyen dibujos de Brenda. También contienen frases recortadas. Hay observaciones clínicas desprovistas de contexto humano. El caso de David Reimer transformó la manera en que la medicina entiende la identidad de género.
Su testimonio salvó a innumerables niños de intervenciones irreversibles. Demostró que la identidad no puede ser impuesta desde afuera. El experimento de Money fracasó en todos los sentidos. La teoría de la neutralidad de género al nacer quedó desacreditada.
Los protocolos médicos cambiaron radicalmente. Ahora se prioriza el bienestar del niño sobre las teorías académicas. Se escucha al paciente antes de tomar decisiones permanentes. Las familias reciben apoyo psicológico durante todo el proceso.
La historia de David revela también el peso de los secretos familiares. La vergüenza y el silencio rodearon cada etapa de su vida. Sus padres actuaron con la mejor intención. Confiaron en un experto que prometía soluciones. Sin embargo, las consecuencias fueron devastadoras para toda la familia.
El alcoholismo de Ron fue una respuesta al trauma. El intento de suicidio de Janet mostró su desesperación. La muerte de Brian evidenció el impacto duradero del experimento. Incluso en la siguiente generación, las heridas permanecieron abiertas.
David encontró momentos de felicidad con Jane y sus hijastros. Esos años representaron un respiro en medio del dolor. Pero las cicatrices emocionales eran demasiado profundas. La pérdida de su hermano gemelo fue el golpe final.
El suicidio de David plantea preguntas sobre la responsabilidad médica. ¿Hasta dónde pueden llegar los profesionales en nombre de la ciencia? ¿Quién protege a los pacientes vulnerables de experimentos mal concebidos? ¿Cómo se repara el daño causado por decisiones irreversibles?
Money nunca admitió públicamente el fracaso de su experimento. Continuó defendiendo sus teorías hasta su muerte en 2006. Ignoró las críticas y minimizó el sufrimiento de David. Su legado quedó manchado por el caso Reimer.
Las publicaciones académicas de Money sobre el caso John/Joan fueron cuestionadas. Se descubrió que había omitido información crucial. También había tergiversado los resultados para apoyar sus hipótesis. La comunidad científica comenzó a revisar sus métodos con escepticismo.
La valentía de David al contar su historia cambió protocolos médicos internacionales. Instituciones de todo el mundo revisaron sus prácticas. Se establecieron nuevas directrices éticas para casos similares. El consentimiento informado se volvió prioritario.
Las organizaciones de derechos humanos incorporaron el caso en sus argumentos. Defendieron el derecho de las personas a decidir sobre su propio cuerpo. También enfatizaron la importancia de respetar la identidad autopercibida. El testimonio de David se convirtió en un símbolo.
En Winnipeg, donde transcurrió gran parte de esta tragedia, el recuerdo permanece. Los vecinos que conocieron a la familia Reimer aún hablan del caso. Algunos sienten culpa por no haber notado las señales. Otros lamentan el estigma que rodeó a los gemelos.
La comunidad médica canadiense aprendió lecciones valiosas. Se implementaron programas de formación en ética para profesionales de la salud. Se crearon comités de supervisión para intervenciones experimentales. La protección de menores en investigaciones se reforzó significativamente.
El libro As Nature Made Him se convirtió en lectura obligatoria en muchas facultades de medicina. También se utiliza en programas de psicología y bioética. La historia de David enseña sobre los límites de la intervención médica. También sobre la importancia de escuchar al paciente.
Jane, la viuda de David, continuó defendiendo su memoria. Habló en conferencias sobre el impacto del caso. Compartió los momentos felices que vivieron juntos. También describió el dolor constante que David llevaba consigo.
Los hijos adoptivos de David lo recordaron con cariño. Para ellos, fue un padre dedicado y amoroso. No conocieron todos los detalles de su pasado hasta después de su muerte. Entonces comprendieron la magnitud de su sufrimiento.
Las fotografías de Bruce, Brenda y David muestran