Francisco apareció por última vez en público al dar la bendición Urbi et Orbi desde el balcón de la Basílica de San Pedro. Fue el domingo 20 de abril de 2025. Horas antes de su muerte, el Papa argentino enfrentaba su última prueba física.
¿Creés que podré hacerlo? Francisco quería conocer la opinión de Massimiliano Strappetti, su enfermero personal. Era domingo de Pascua para la religión católica que él encabezaba. Iba a ser el día de su despedida. Aunque muchos pudieran sospecharlo, nadie lo sabía del todo.
Algunas semanas antes de esa Pascua, el primer Papa latinoamericano había permanecido 38 días internado. El Hospital Agostino Gemelli lo había recibido como a otros máximos referentes del Vaticano. Había padecido una infección respiratoria y una neumonía bilateral. Su vida estuvo en extremo peligro tres veces. Sin embargo, el 23 de marzo había recibido el alta. Finalmente, había vuelto a su residencia en Santa Marta.
Estaba débil, frágil, desmejorado. Tenía el gesto adusto. No podía hacer las cosas que hacía siempre. Aun así, hizo todas las que pudo. Después de estar muy al borde de la muerte, ese estado frágil era una notable mejoría. La fisioterapia respiratoria y motriz lo ayudaban. Eso se notaba en una paulatina mejoría de su voz.
El argentino que había revolucionado el cónclave de 2013 tras la renuncia de Benedicto XVI enfrentaba sus últimos días. Jorge Mario Bergoglio se había convertido en Sumo Pontífice cuando creía que su oportunidad ya había pasado. Doce años después, su cuerpo ya no respondía como antes.
El jueves de la Semana Santa no pudo cumplir con el tradicional lavado de pies. No le dio el cuerpo para eso. Sin embargo, sí pudo ir a la cárcel de Regina Coeli. Un asistente papal encabezó el lavado de pies en su lugar. Ese día, Francisco quiso estar con un grupo de detenidos. Quiso recordarles que no estaban solos.
A la salida del lugar, un periodista le preguntó cómo estaba viviendo la Pascua. “Como puedo”, dijo el Papa. Esas dos palabras resumían su situación física y su determinación espiritual.
El domingo 20, después de escuchar las palabras de aliento de su enfermero personal, Francisco logró impartir la bendición. Desde el icónico balcón de la Basílica de San Pedro bendijo a los fieles. La misa la había oficiado el cardenal Angelo Comastri. Fue el cardenal quien leyó el mensaje pascual del Sumo Pontífice.
En ese mensaje, Francisco instaba desesperadamente a que se dispusiera un alto al fuego. También pedía la liberación de los rehenes en Gaza. Se refirió a la “dramática e indigna crisis humanitaria” en ese rincón del planeta. “La paz tampoco es posible sin un verdadero desarme”, decía el mensaje papal.
Ese domingo de Pascua había unas 35.000 personas en la Plaza San Pedro. Lo único que Francisco pudo decir por sus propios medios fue breve. “Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!”, pronunció con dificultad. No tenía fuerza para nada más.
O para casi nada más. Porque después de otorgar la bendición Urbi et Orbi le pidió algo más a Strappetti. Quería acercarse una última vez a sus fieles. En el famoso Papamóvil, recorrió la Plaza San Pedro sentado en una silla de ruedas.
La televisación oficial del Vaticano se ocupó especialmente de enfocar su rostro desde atrás. No querían que se viera su gesto frágil, agotado. Duró casi media hora esa recorrida entre la multitud de fieles. Los feligreses habían ido a escuchar la misa pascual al epicentro de la Iglesia Católica. Ahora podían ver al Sumo Pontífice de cerca.
Cuando terminó ese último acercamiento con sus feligreses, Francisco le dijo a su enfermero algo revelador. “Gracias por traerme de vuelta a la plaza”, expresó con gratitud. El mundo no volvería a verlo vivo. Aquellas palabras cobraban ahora un significado profético.
Después de todo eso, que para su cuerpo agotado había sido un esfuerzo enorme, Francisco volvió a su residencia. La Casa Santa Marta lo recibió como siempre, con su austeridad característica. Cenó y se fue a descansar. Dijo que se sentía “cansado pero feliz”. Esas fueron sus últimas palabras conscientes.
Las alarmas sonaron pasadas las cinco de la madrugada del lunes 21 de abril. El Papa se despertó sintiéndose mal. Inmediatamente, llamó a su enfermero personal. A partir de ese momento, Strappetti fue una de las pocas personas que lo rodearon. Una descompensación resultaría fatal en cuestión de horas.
También estaban allí Fabio Salerno, Daniel Pellizzon y Juan Cruz Villalón. Los tres secretarios personales permanecieron junto a él. Algunas de las monjas vicencianas a cargo de múltiples tareas en Santa Marta también lo acompañaron.
A las siete menos cuarto de la mañana, Francisco entró en un coma del que no se recuperaría. “No sufrió, todo ocurrió muy rápidamente”, difundiría el Vaticano después sobre esos instantes. Una apoplejía cerebral desencadenó un fallo cardiocirculatorio irreversible. Esa fue la causa definitiva de su muerte.
El jefe de Sanidad del Vaticano certificó el fallecimiento. Ocurrió el lunes 21 de abril de 2025 a las 7.35 de la mañana de Roma. Tenía 88 años. Se había convertido en Papa doce años antes, en marzo de 2013.
Hubo que esperar hasta las 20 de ese lunes para que el Camarlengo realizara la constatación de la muerte. Después del cumplimiento de ese protocolo, se selló el apartamento que Francisco ocupaba en Santa Marta. Así lo indica la liturgia papal tradicional.
En 2022, el Sumo Pontífice argentino había redactado su testamento espiritual. Pidió ser enterrado en la tierra, en un sepulcro sencillo y sin decoraciones. Eligió la basílica Santa María la Mayor de Roma. Se trata de la primera iglesia dedicada a la Virgen María en Occidente.
Allí, la inscripción del sepulcro dice, sencillamente, Franciscus. Es el nombre jesuita que Jorge Mario Bergoglio había elegido cuando lo ungieron máxima autoridad. Lo eligió pensando en San Francisco de Asís. Fue el nombre con el que dedicó su vida a la Iglesia.
El funeral de Estado de Francisco se llevó a cabo el 26 de abril. La ceremonia tuvo lugar en la Plaza y la Basílica de San Pedro. Miles de fieles llegaron desde todos los rincones del mundo. Querían despedir al Papa que había revolucionado la Iglesia Católica.
Su papado estuvo marcado por gestos de humildad y cercanía con los más vulnerables. Desde su elección, Francisco rechazó vivir en los apartamentos papales tradicionales. Prefirió la residencia austera de Santa Marta. Ese gesto definió su pontificado.
Durante doce años, el Papa argentino había insistido en estar cerca de los fieles. Visitó cárceles, hospitales y periferias olvidadas. Su mensaje de misericordia y justicia social resonó más allá de la Iglesia. Incluso en sus últimas horas, esa insistencia lo llevó a la Plaza San Pedro.
El miedo a no poder estar presente en la Pascua lo había acompañado durante días. Sin embargo, su determinación fue más fuerte. Logró bendecir a los fieles una última vez. Logró recorrer la plaza entre la multitud. Logró despedirse, aunque nadie supiera que era un adiós.
Hace exactamente un año, el mundo católico perdió a uno de sus líderes más transformadores. Francisco dejó un legado de apertura y renovación. Su muerte marcó el fin de una era en la historia de la Iglesia.
La lápida que recuerda a Francisco en la Basílica Santa María la Mayor permanece como testimonio silencioso. Los peregrinos llegan diariamente a rezar ante su tumba. Recuerdan al Papa que eligió el nombre de un santo dedicado a los pobres.
Las últimas 24 horas de Francisco fueron un reflejo de toda su vida. Luchó hasta el final por estar cerca de quienes lo necesitaban. Superó el miedo y la debilidad física. Cumplió con su misión pastoral hasta su último aliento consciente.