En las montañas de Transilvania, una extraordinaria familia judía desafió las probabilidades durante uno de los períodos más oscuros de la historia moderna.

Los hermanos Ovitz, siete artistas de talla baja, construyeron su reputación como la “Lilliput Troupe”, un espectáculo itinerante que cautivaba audiencias por toda Europa Oriental en los años 1930.

Su padre, Shimson Eizik Ovitz, también de baja estatura, tuvo estos siete hijos con dos esposas diferentes. Junto a familiares de estatura normal, crearon una dinámica familiar única donde las diferencias físicas no importaban.

El grupo musical recorría pueblos y ciudades presentando un espectáculo ecléctico. Interpretaban música folclórica, realizaban imitaciones y mezclaban elementos culturales de distintas nacionalidades en sus presentaciones.

Sin embargo, la llegada de la Segunda Guerra Mundial transformó dramáticamente sus vidas. En mayo de 1944, los nazis deportaron a toda la familia Ovitz hacia Auschwitz, incluyendo a dos parientes de estatura normal.

Su llegada al campo de concentración llamó inmediatamente la atención del infame doctor Josef Mengele. “¡Esto es extraordinario!”, exclamó al verlos, considerándolos “oro puro para la ciencia alemana”.

Bajo la supervisión directa de Mengele, los Ovitz se convirtieron en sujetos de innumerables experimentos médicos. Les extraían sangre regularmente, estudiaban sus huesos y sometían sus cuerpos a dolorosas pruebas.

A pesar del trato preferencial que recibían, incluyendo raciones extras de comida, los hermanos eran testigos diarios del horror que los rodeaba. Escuchaban los gritos y veían el humo de los crematorios.

La familia desarrolló estrategias de supervivencia colectiva. Se turnaban para cuidar a los más débiles y compartían sus escasos recursos entre todos los miembros del grupo.

Mengele llegó a exhibirlos ante otros oficiales nazis como “especímenes” únicos. Los presentaba en una macabra demostración de sus teorías sobre genética y herencia.

Sorprendentemente, los doce miembros del grupo familiar sobrevivieron a Auschwitz. Fueron liberados por las tropas soviéticas en enero de 1945, un hecho casi milagroso considerando las estadísticas de supervivencia del campo.

Después de la guerra, intentaron reconstruir sus vidas. Regresaron brevemente a su pueblo natal de Rozavlea, pero encontraron su hogar saqueado y un ambiente hostil.

Eventualmente, la familia emigró a Israel, donde continuaron presentando espectáculos musicales. Sin embargo, las experiencias vividas en Auschwitz nunca los abandonaron completamente.

Conservaron algunos objetos de su paso por el campo: una flauta de plata, fotografías antiguas y una pequeña agenda. Estos elementos se convirtieron en testimonios tangibles de su extraordinaria historia de supervivencia.

Como recordaría Rozika Ovitz: “Todo lo que queríamos era seguir haciendo reír, aunque el mundo se empeñara en llorar”. Esta frase resume el espíritu resiliente que caracterizó a esta extraordinaria familia.

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