El 19 de enero, agentes de seguridad enviados por Xi Jinping interceptaron al general Zhang Youxia. Ocurrió en un día gélido y nublado. Zhang se dirigía a una reunión con altos funcionarios del Partido Comunista. Fue encarcelado en un sitio no revelado. Su hijo también quedó detenido, según The Wall Street Journal. Oficiales irrumpieron además en la vivienda de Zhang esa misma jornada.

El arresto del general marcó un quiebre histórico en China. Zhang era considerado hasta el último momento el pilar de la defensa del mandatario. Más de una década de purgas en el Ejército Popular de Liberación eliminó varias decenas de oficiales. Esto blindó el mando vertical de Xi. La caída fulminante de Zhang dejó a la cúpula militar sumida en la incertidumbre. Instaló además un clima de desconfianza radical.

Zhang había ascendido tras la destitución masiva de otros cuadros militares. Era conocido como el “hermano mayor” del jefe del régimen. Sin embargo, esto no le garantizó protección. Para los analistas consultados por The Wall Street Journal, el episodio refleja algo profundo. La confianza sistémica ha desaparecido. La idea de que la lealtad garantiza protección ya no existe.

Minxin Pei es profesor del Claremont McKenna College. También es editor de China Leadership Monitor. Afirmó al diario: “La caída de Zhang Youxia señala que el gobierno de un solo hombre de Xi ha llegado a un punto donde ya no gobierna a través de una coalición estable, sino mediante un ciclo interminable de purgas políticas”.

En los días previos al arresto, Xi nombró de forma silenciosa a un nuevo comandante. Este oficial es responsable de la fuerza de elite que protege Beijing. Xi seleccionó a un oficial de la policía armada de Shanghái. Rompió así la tradición de designar militares del ejército regular. El objetivo era asegurar la defensa de la capital bajo alguien de su entera confianza.

Solo altos funcionarios civiles del partido fueron informados del arresto dentro de las primeras 24 horas. La cúpula militar se enteró apenas unas horas antes de que la noticia se hiciera pública. Esto ocurrió el 24 de enero. Durante una sesión informativa ese mismo día, se acusó al ex general de entregar información técnica nuclear a Estados Unidos. También se le acusó de crear “cliques políticos”. Además, de abusar de su cargo y aceptar sobornos para promover oficiales.

No fue posible corroborar estos cargos de manera independiente. Voceros del Ministerio de Defensa instaron a evitar “especulaciones infundadas”. Se limitaron a reconocer una investigación por presunta “violación grave a la disciplina y la ley estatal”. La versión oficial sigue siendo hermética. Editoriales militares en medios estatales enfatizan que Zhang habría “pisoteado y saboteado gravemente el sistema de responsabilidad última que recae en el presidente”.

Esto sugiere algo importante. La detención respondió más a una amenaza al mando supremo que a hechos de corrupción ordinarios. Para los círculos de poder chinos, según las fuentes, la experiencia rusa demostró algo clave. La modernización armamentística no garantiza lealtad ni eficiencia sin un control político absoluto sobre los mandos.

La reciente oleada de destituciones comenzó tras el intento de golpe de estado protagonizado en Rusia. Yevgueni Prigozhin, operador del Grupo Wagner y otrora aliado de Vladimir Putin, protagonizó ese hecho. Esto llevó a Xi a desconfiar aún más del entramado militar. La postura de Xi tiene raíz en su historia familiar. También en su temprana inserción burocrática.

Xi es hijo de un jerarca revolucionario. Ingresó en 1979, a los 26 años, a la Comisión Militar Central. Fue secretario personal de Geng Biao, camarada de su padre. Desde allí accedió al funcionamiento interno del poder armado. Ese aprendizaje lo llevó a impulsar una renovación radical en las fuerzas armadas. Esto ocurrió una vez consolidado a la cabeza del partido en 2012. Desmanteló feudos administrativos. Centralizó el mando en comandos conjuntos que responden directamente a la Comisión Militar Central bajo su mandato.

Tras el arresto de Zhang, Xi removió de su cargo a cinco de los siete miembros. Esto ocurrió desde mediados de 2023. Evitó reponer los puestos vacantes. La comisión hoy solo está integrada por Xi y un general más. Este último es conocido más por su papel de ejecutor político que por méritos militares. El mismo día que Zhang fue apartado, otro miembro de la comisión quedó bajo investigación. Se trata del general Liu Zhenli.

Este estrechamiento transformó, según los expertos consultados por The Wall Street Journal, a la Comisión Militar Central. Ahora es un “secretariado personal” al servicio exclusivo del mandatario. Dennis Wilder es ex alto funcionario de inteligencia de Estados Unidos. Actualmente es profesor en la Universidad de Georgetown. Sostuvo al medio que “la destitución de Zhang es el acontecimiento más impactante en la política china” desde el ascenso de Xi.

Wilder agregó que el impacto de la purga apenas comienza. “Están siendo ‘apretados’ en centros de detención para que confiesen y delaten sus redes de apoyo”, advirtió. Se refería a Zhang y otros oficiales arrestados. A los ojos de Xi, advierten fuentes cercanas a las decisiones del partido, esas redes autónomas se perciben como amenazas intolerables.

La profundidad de la investigación actual quedó expuesta con el envío de un equipo de choque. Fue enviado a la región militar de Shenyang. Este es uno de los centros estratégicos para la industria pesada. También para la producción naval y aeroespacial. Además, para el despliegue de misiles balísticos. La inspección de la jefatura de Zhang en Shenyang se ordenó sin alojar a los investigadores en bases militares. Esto fue entre 2007 y 2012. El objetivo era evitar interferencias locales.

Uno de los puntos más sensibles es la acusación de filtrar datos confidenciales sobre armas nucleares. En los últimos años, estudios de expertos estadounidenses detallaron la rápida expansión nuclear de China. Localizaron cerca de 300 nuevos silos de misiles nucleares en provincias como Gansu y Xinjiang. Esta información alarmó a la cúpula de Beijing. También lo hicieron informes de inteligencia sobre misiles inservibles y defectos en los silos.

Dennis Wilder señaló a The Wall Street Journal que para Xi, la exposición de fallas técnicas por parte de la inteligencia occidental equivale a una traición interna. “Eso lo llevó a sospechar que ‘alguien está contando algo’ desde las entrañas del complejo militar-industrial”, afirmó. Incluso si la acusación de espionaje nunca se prueba, cumple una función política clara.

Seong-Hyon Lee es de la George H.W. Bush Foundation. Destacó en un artículo para el Lowy Institute de Sídney que imputaciones de esta gravedad “permiten reencuadrar una disputa de poder como cuestión patriótica y justifican un juicio a puertas cerradas, evitando el escrutinio público”. El precedente inmediato es el del ex zar de seguridad interna Zhou Yongkang. Fue purgado en 2014. Fue condenado a cadena perpetua tras un juicio secreto por soborno, abuso de poder y filtración de secretos de Estado.

Historiadores chinos mencionan la similitud con la caída en 1971 del célebre mariscal Lin Biao. Era mano derecha de Mao Zedong. Murió estrellado al huir tras un supuesto intento de golpe. La purga de Zhang marca un giro decisivo en el propio estilo de gobierno de Xi.

Jon Czin es investigador de Brookings Institution. Expresó que Xi pasó de eliminar rivales o colegas distantes a perseguir amigos y aliados. “Ahora está realmente yendo detrás de sus propios amigos, como Zhang”, afirmó. Tanto Zhang como Xi pertenecen a la elite de los “príncipes rojos”. Sus padres combatieron juntos en la guerra civil. La relación era tan estrecha que Xi lo ascendió a jefe máximo del ejército en 2022. Esto ocurrió aún con edad de jubilación superada. Le encomendó la modernización de las fuerzas armadas.

Zhang había sido el ejecutor principal del “Sueño Chino” de revitalización que impulsa Xi. Articulaba la tradición revolucionaria con la estrategia militar y tecnológica actual. Czin advirtió que Xi está “dejando la estructura del alto mando reducida a los cimientos”. Esto visibiliza una pérdida total de confianza en la institución militar. El especialista remarcó que tampoco los lazos forjados por generaciones ofrecen protección. Estos eran el principal escudo de Zhang.

La transformación del sistema de poder en China evidencia un modelo cada vez más individualista. El Partido Comunista ahora opera bajo una lógica diferente. La fidelidad absoluta parece ya insuficiente para garantizar la permanencia de los altos mandos. El régimen de Beijing intensifica el secretismo y el aparato represivo. Esto ocurre en medio de un vacío institucional inédito en la cúpula militar.

El arresto de Zhang mientras se dirigía a una reunión oficial muestra el nivel de control ejercido. La detención simultánea de su hijo amplifica el mensaje intimidatorio. La irrupción en su vivienda el mismo día completa el operativo de aislamiento total. Estas acciones demuestran la determinación de Xi de eliminar cualquier estructura de poder autónoma.

La decisión de mantener en secreto el lugar de detención refuerza la opacidad del proceso. Solo un círculo muy reducido de funcionarios civiles tuvo acceso a la información inicialmente. La cúpula militar quedó deliberadamente excluida hasta último momento. Esta exclusión envía un mensaje claro sobre la desconfianza hacia la institución castrense.

Las acusaciones contra Zhang abarcan un espectro amplio de presuntas transgresiones. Desde la filtración de secretos nucleares hasta la formación de redes políticas internas. También incluyen abuso de cargo y aceptación de sobornos. La multiplicidad de cargos dificulta discernir cuáles son los motivos reales de la purga.

La imposibilidad de corroborar independientemente las acusaciones plantea interrogantes sobre su veracidad. Los voceros oficiales evitan proporcionar detalles específicos. Prefieren mantener el discurso en términos generales sobre violaciones disciplinarias. Esta ambigüedad permite al régimen controlar la narrativa sin exponer evidencias concretas.

La referencia al “sistema de responsabilidad última que recae en el presidente” es particularmente reveladora. Sugiere que el delito principal de Zhang fue desafiar la autoridad suprema de Xi. Más que actos de corrupción específicos, se trataría de una cuestión de poder personal. La lealtad institucional ha sido reemplazada por la lealtad personalista.

El nombramiento de un oficial de policía armada para comandar la defensa de Beijing rompe con décadas de tradición. Históricamente, estos puestos correspondían a militares del ejército regular. La elección de alguien proveniente de Shanghái tampoco es casual. Xi busca personas sin vínculos con las redes militares establecidas en la capital.

Esta decisión refleja la paranoia creciente sobre posibles amenazas internas en Beijing. La capital concentra tanto el poder político como importantes instalaciones militares. Asegurar su control mediante comandantes personalmente leales se vuelve prioritario. El precedente del intento de golpe en Rusia alimenta estos temores.

La velocidad con que se ejecutó el arresto de Zhang sugiere una planificación cuidadosa. No hubo filtración previa ni señales de advertencia para el afectado. El elemento sorpresa fue fundamental para evitar resistencia o fuga. También para impedir que Zhang activara sus propias redes de apoyo.

La sesión informativa del 24 de enero revela cómo el régimen construye el relato oficial. Las acusaciones se presentan de manera contundente pero sin detalles verificables. Se mezclan transgresiones de seguridad nacional con delitos comunes de corrupción. Esta combinación dificulta el análisis objetivo y facilita la condena pública.

La mención específica de filtración de información técnica nuclear a Estados Unidos es estratégica. Involucra al principal adversario geopolítico de China. Transforma una disputa de poder interna en una cuestión de seguridad nacional. Justifica así medidas excepcionales y juicios secretos.

Los estudios estadounidenses sobre la expansión nuclear china agregaron presión sobre Xi. La identificación de 300 nuevos silos de misiles fue particularmente embarazosa. Sugería que Estados Unidos conocía detalles de programas supuestamente secretos. Para Xi, esto solo podía explicarse por filtraciones internas.

Los informes sobre misiles inservibles y defectos en silos amplificaron las sospechas. No solo había filtración de información, sino revelación de vulnerabilidades técnicas. Esto comprometía la credibilidad de la disuasión nuclear china. Para un líder obsesionado con el control, resultaba intolerable.

La sospecha de que “alguien está contando algo” desde dentro del complejo militar-industrial desató la purga. No importa si Zhang fue realmente el responsable de las filtraciones. Su posición en la cúpula militar lo convertía en sospechoso natural. Su red de contactos amplificaba la percepción de amenaza.

La función política de las acusaciones de espionaje trasciende su veracidad. Permite reencuadrar disputas de poder como traiciones patrióticas. Justifica procedimientos excepcionales sin garantías legales. Evita el escrutinio público mediante la clasificación de seguridad nacional.

El caso de Zhou Yongkang establece el precedente para este tipo de purgas. También fue acusado de filtración de secretos además de corrupción. Recibió cadena perpetua tras un juicio secreto. Su caída demostró que ninguna posición garantiza inmunidad frente a Xi.

La referencia histórica a Lin Biao es igualmente significativa. Mao también purgó a su mano derecha acusándolo de golpismo. Lin murió en circunstancias misteriosas mientras huía. La comparación sugiere que Xi se ve a sí mismo en una lucha existencial similar.

La evolución del patrón de purgas revela el endurecimiento progresivo del régimen. Inicialmente, Xi eliminó rivales políticos y funcionarios corruptos. Luego extendió las purgas a colegas menos cercanos. Ahora alcanza a amigos personales y aliados históricos. Nadie está a salvo.

La pertenencia compartida a la elite de “príncipes rojos” ya no ofrece protección. Estos lazos, forjados por las luchas revolucionarias de sus padres, eran tradicionalmente inviolables. La ruptura de esta norma no escrita sacude los fundamentos del sistema. Elimina el último refugio de seguridad para la elite.

El ascenso de Zhang a jefe máximo del ejército en 2022 parecía consolidar su pos

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