La Organización Mundial del Comercio proyecta una fuerte desaceleración del comercio global de mercancías. Este año, el crecimiento podría limitarse al 1,4 %. Esta cifra contrasta drásticamente con el 4,6 % registrado en 2025. La razón principal radica en la guerra en Oriente Medio.
El conflicto bélico ha disparado los precios de la energía a niveles preocupantes. Además, ha reavivado el temor a una crisis económica de alcance mundial. Las instalaciones de producción de petróleo y gas ahora están siendo afectadas. Por lo tanto, la incertidumbre en los mercados energéticos aumenta día tras día.
Ngozi Okonjo-Iweala, directora general de la OMC, advirtió sobre los riesgos inminentes. “El aumento sostenido de los precios de la energía podría incrementar los riesgos que pesan sobre el comercio mundial, con posibles repercusiones en la seguridad alimentaria y presiones en los costos para los consumidores y las empresas”, señaló. Sus palabras reflejan la gravedad de la situación actual.
El conflicto se inició el 28 de febrero con bombardeos de Israel y Estados Unidos en Irán. Desde entonces, las tensiones han escalado de manera considerable. Consecuentemente, los precios del petróleo han experimentado fluctuaciones significativas. Asimismo, el gas natural licuado ha visto incrementos sostenidos en sus cotizaciones.
Los economistas de la organización han revisado sus proyecciones con cautela. Debido a la imprevisibilidad del conflicto, plantean dos escenarios principales. Cada uno refleja diferentes niveles de impacto según la evolución de los precios energéticos.
En el primer escenario, se excluyen los choques vinculados al precio de la energía. Bajo estas condiciones, el crecimiento del volumen del comercio mundial de mercancías se desaceleraría. La cifra se situaría en el 1,9 % este año. Esta proyección ya representa una caída importante respecto al año anterior.
El segundo escenario presenta un panorama aún más sombrío para la economía global. Si los precios del petróleo y del gas natural licuado permanecen elevados durante todo el año, las consecuencias serían mayores. En ese caso, la previsión de crecimiento del PIB para 2026 se reduciría en 0,3 puntos porcentuales.
Esta reducción en el crecimiento económico tendría un efecto dominó sobre el comercio. Específicamente, amputaría 0,5 puntos a la previsión de crecimiento del comercio mundial. Por ende, el comercio solo avanzaría un 1,4 % en ese escenario pesimista.
El sector de servicios tampoco escaparía a las repercusiones del conflicto. El comercio de servicios también se vería afectado de manera significativa. La expansión prevista sería más moderada, alcanzando apenas el 4,1 % en 2026.
Las presiones en los costos afectarían tanto a consumidores como a empresas. Los hogares enfrentarían facturas energéticas más altas y productos más costosos. Mientras tanto, las empresas verían reducidos sus márgenes de ganancia. Esto podría llevar a despidos o congelamiento de inversiones.
La seguridad alimentaria emerge como otra preocupación central en este contexto. Los costos de transporte de alimentos dependen directamente de los precios energéticos. Además, muchos fertilizantes se producen utilizando gas natural como insumo. En consecuencia, los alimentos podrían volverse menos accesibles para millones de personas.
La directora de la OMC también ofreció orientación sobre posibles soluciones. Okonjo-Iweala señaló que los países pueden mitigar el impacto de la guerra. Para ello, deben mantener políticas comerciales previsibles y transparentes. Igualmente importante resulta reforzar la resiliencia de las cadenas de suministro.
Las cadenas de suministro globales ya han mostrado vulnerabilidades en años recientes. La pandemia de COVID-19 expuso numerosas debilidades en estos sistemas. Ahora, el conflicto en Oriente Medio añade una nueva capa de complejidad. Por tanto, diversificar fuentes de suministro se vuelve cada vez más crucial.
Sin embargo, no todo el panorama es necesariamente negativo para el comercio mundial. Los economistas de la OMC también contemplan un escenario más optimista. Si el conflicto en Oriente Medio resulta breve, las perspectivas mejorarían considerablemente.
Adicionalmente, el comercio vinculado a la inteligencia artificial podría compensar algunas pérdidas. Este sector ha mostrado un dinamismo notable en los últimos años. Si continúa su expansión vigorosa, podría impulsar el comercio global.
En ese escenario favorable, el crecimiento del comercio de mercancías podría superar las previsiones. Alcanzaría el 2,4 % este año, según las estimaciones de la organización. Posteriormente, podría llegar al 2,7 % en 2027, mostrando una recuperación gradual.
La tecnología relacionada con inteligencia artificial genera demanda de componentes electrónicos. También impulsa el comercio de servicios digitales y consultoría especializada. Por consiguiente, este sector podría convertirse en un motor de crecimiento inesperado.
No obstante, la materialización de este escenario optimista depende de múltiples factores. La duración del conflicto sigue siendo la variable más impredecible. Cualquier escalada adicional podría cambiar radicalmente las proyecciones actuales.
Las decisiones de política comercial que tomen los gobiernos serán determinantes. Medidas proteccionistas podrían agravar la desaceleración del comercio mundial. En cambio, la cooperación internacional podría amortiguar los efectos negativos.
Los mercados financieros han reaccionado con volatilidad ante estas noticias. Los inversores buscan refugio en activos considerados más seguros. Mientras tanto, las monedas de países dependientes de importaciones energéticas se debilitan.
Los países en desarrollo enfrentan riesgos particularmente elevados en este contexto. Muchos dependen de importaciones de energía para sus economías. Además, cuentan con menos recursos fiscales para subsidiar los precios internos.
Las naciones exportadoras de petróleo, por otro lado, experimentan beneficios temporales. Los altos precios del crudo aumentan sus ingresos fiscales significativamente. Sin embargo, también enfrentan presiones para aumentar la producción rápidamente.
La OPEP y sus aliados han mantenido reuniones para evaluar la situación. Estas naciones productoras deben equilibrar múltiples objetivos contradictorios. Necesitan estabilizar los mercados sin provocar una caída drástica de precios.
Las empresas de transporte marítimo también sienten el impacto del conflicto. Los costos del combustible para barcos han aumentado considerablemente. Esto se traduce en tarifas de flete más altas para los importadores.
El comercio de contenedores, vital para el comercio global, muestra señales de desaceleración. Los puertos reportan menor volumen de carga en comparación con el año anterior. Esta tendencia refleja la incertidumbre que enfrentan los comerciantes internacionales.
Las aerolíneas de carga enfrentan desafíos similares con el combustible de aviación. Los precios elevados del queroseno reducen la rentabilidad de las rutas. Algunas compañías han reducido frecuencias o cancelado servicios menos rentables.
Los bancos centrales monitorean estas tendencias con atención especial. La inflación energética podría obligarlos a mantener tasas de interés elevadas. Esto, a su vez, encarecería el financiamiento para el comercio internacional.
Las pequeñas y medianas empresas son particularmente vulnerables en este entorno. Carecen de la capacidad de las grandes corporaciones para cubrir riesgos cambiarios. Tampoco pueden negociar contratos de energía a largo plazo con precios favorables.
Los consumidores en economías avanzadas también sentirán el impacto gradualmente. Productos importados desde Asia podrían volverse más costosos. Esto incluye desde electrónica hasta ropa y artículos para el hogar.
La industria manufacturera enfrenta decisiones difíciles sobre producción y precios. Absorber los costos adicionales reduciría sus márgenes de ganancia. Trasladarlos a los consumidores podría reducir la demanda de sus productos.
Los gobiernos evalúan diversas medidas para proteger a sus economías. Algunos consideran subsidios temporales a los combustibles. Otros exploran acuerdos comerciales bilaterales para asegurar suministros energéticos.
La transición energética hacia fuentes renovables cobra nueva relevancia en este contexto. Los altos precios de combustibles fósiles hacen más atractivas las alternativas limpias. Sin embargo, esta transición requiere inversiones masivas y tiempo considerable.
Las energías solar y eólica no pueden reemplazar inmediatamente al petróleo y gas. Además, muchos procesos industriales aún dependen de combustibles fósiles. Por lo tanto, la vulnerabilidad a los choques energéticos persistirá durante años.
La cooperación multilateral se presenta como la mejor estrategia a largo plazo. Las instituciones internacionales pueden facilitar el diálogo entre países afectados. También pueden movilizar recursos para apoyar a las economías más vulnerables.
La OMC continuará monitoreando la evolución del conflicto y sus repercusiones económicas. Publicará actualizaciones periódicas de sus proyecciones según cambien las circunstancias. Estas evaluaciones serán cruciales para que gobiernos y empresas planifiquen adecuadamente.
La historia económica muestra que los choques energéticos tienen efectos duraderos. Las crisis petroleras de los años setenta transformaron profundamente las economías globales. Aunque las circunstancias actuales difieren, las lecciones de esos episodios siguen vigentes.
La resiliencia económica se construye mediante diversificación y preparación anticipada. Los países que desarrollaron reservas estratégicas de energía están mejor posicionados. Igualmente, aquellos con economías más diversificadas pueden absorber mejor los choques.