László Krasznahorkai subió al estrado en Estocolmo el 7 de diciembre. El novelista húngaro recibió el Premio Nobel de Literatura 2025. Sus palabras resonaron con advertencias sobre el presente. Al mismo tiempo, tejió reflexiones profundas sobre la condición humana contemporánea.

El escritor comenzó su discurso con una confesión inesperada. Originalmente deseaba compartir pensamientos sobre la esperanza. Sin embargo, declaró que sus reservas de esperanza se han agotado definitivamente. Por ello, decidió hablar sobre los ángeles. Específicamente, sobre una nueva clase de ángeles que habita nuestro tiempo.

Krasznahorkai construyó una imagen poética de su proceso creativo. Describió cómo camina de un lado a otro en su habitación. Esta habitación es una torre construida con tablas baratas de abeto noruego. Se eleva sobre un terreno en pendiente. Mide apenas cuatro metros por cuatro. Además, resulta casi imposible de calentar durante el invierno.

En ese espacio reducido, el escritor desarrolla sus meditaciones. Camina de una esquina a otra mientras piensa. Regresa al punto de partida y vuelve a comenzar. Este movimiento constante acompaña su reflexión sobre los ángeles. No los ángeles tradicionales, sino los nuevos.

Los ángeles antiguos poblaron el arte durante siglos. Giotto, Fra Angélico, Botticelli, Leonardo y Miguel Ángel los representaron. Estos ángeles portaban alas magníficas. Vestían túnicas que se enrollaban dulcemente alrededor de sus cuerpos. Traían mensajes desde lo alto. Anunciaban que “El Que Ha De Nacer Nacería”.

Según la angelología tradicional, estos mensajeros celestiales transmitían palabras divinas. A veces hablaban directamente al destinatario elegido. Otras veces leían de tiras ondulantes de papel. En representaciones de los siglos IX y X aparecen estas cintas de frases. La palabra recibía entonces una importancia extraordinaria.

Estos ángeles de antaño no podían distinguirse de su mensaje. En realidad, ellos mismos eran el mensaje. Llegaban de “El Que No Puede Ser Suplicado”. Se dirigían a quienes luchaban en el polvo. A quienes vagaban condenados a consecuencias imprevisibles.

Cada ángel antiguo constituía un mensaje de alguien para alguien. Podía tener carácter de mandato o de informe. Estos seres arrebatadores, sublimes e íntimos tocaban las almas humanas. Incluso ahora pueden conmover a las almas incapaces de creer. Fueron los únicos que permitieron deducir la existencia del Cielo.

Gracias a ellos, la humanidad pudo concebir la dirección en el universo. Donde hay dirección, existe distancia. Es decir, hay espacio. Donde hay dirección también existe distancia entre dos puntos. Por tanto, hay tiempo. Durante siglos y milenios, estos encuentros angelicales crearon una estructura del mundo.

Los ángeles de antaño establecieron el arriba y el abajo. Hicieron que estas direcciones se sintieran genuinas y reales. Sin embargo, Krasznahorkai afirma que esos ángeles ya no existen. Solo quedan los nuevos. Y estos nuevos ángeles son radicalmente diferentes.

Los nuevos ángeles han perdido sus alas. Ya no visten túnicas celestiales. Caminan entre nosotros con ropa de calle sencilla. No sabemos cuántos hay. Según alguna sugerencia oscura, su número permanece inalterado. Aparecen de manera inquietante aquí y allá.

Estos nuevos ángeles se presentan en situaciones similares a los antiguos. Es fácil reconocerlos si ellos quieren ser reconocidos. Si no ocultan lo que llevan dentro. Entran en nuestra existencia con un tempo diferente. Con un ritmo distinto. Con una melodía ajena a la nuestra.

Nosotros nos esforzamos y vagamos en el polvo aquí abajo. Ellos se mueven de otra manera. Además, no podemos estar seguros de que provengan de arriba. Ni siquiera parece que haya un “allá arriba” ya. Ese lugar también habría desaparecido junto con los ángeles antiguos.

El “allá arriba” ha cedido su lugar al eterno ALGÚN LUGAR. En ese espacio, las estructuras insanas de los Elon Musk organizan ahora el espacio y el tiempo. Krasznahorkai menciona explícitamente a Musk como ejemplo de estos nuevos poderes. Representa las fuerzas que reconfiguran la realidad contemporánea.

El escritor acelera sus pasos en la habitación torre. Este cambio de ritmo expresa algo importante. Sus pensamientos sobre los nuevos ángeles requieren un tipo diferente de pisada. Necesitan una velocidad diferente de quien reflexiona sobre ellos.

Al acelerar, Krasznahorkai llega a una revelación crucial. Los nuevos ángeles no solo carecen de alas. Tampoco tienen mensaje. Ninguno en absoluto. Simplemente están aquí entre nosotros. Visten su ropa de calle sencilla. Pueden permanecer irreconocibles si así lo desean.

Cuando estos ángeles desean ser reconocidos, eligen a alguien. Se acercan a esa persona. De repente, en un solo instante, todo cambia. Las cataratas caen de nuestros ojos. La placa se desprende de nuestros corazones. Se produce un encuentro transformador.

Nos quedamos allí en shock. Reconocemos que es un ángel. Está aquí ante nosotros. Solo que no nos dan nada. No hay ningún tipo de frase ondulando a su alrededor. No hay luz con la que puedan susurrarnos al oído. No pronuncian ni una sola palabra. Es como si se hubieran vuelto mudos.

Estos ángeles nuevos solo se quedan allí y nos miran. Buscan nuestra mirada. En esta búsqueda hay una súplica. Nos piden que miremos a sus ojos. Quieren que nosotros mismos les transmitamos un mensaje. Aquí se invierte completamente la relación tradicional.

Lamentablemente, nosotros no tenemos mensaje que dar. Solo podríamos repetir lo que se dijo hace mucho tiempo. El discurso de Krasznahorkai queda truncado en este punto. Sin embargo, la implicación resulta clara y perturbadora.

Los ángeles nuevos no traen respuestas. Vienen buscando respuestas de nosotros. No ofrecen guía divina. Solicitan orientación humana. No transmiten esperanza desde lo alto. Nos miran esperando que nosotros la generemos.

Esta inversión radical define nuestra época. El escritor húngaro diagnostica así la condición contemporánea. Vivimos en un tiempo sin mensajes celestiales. Sin direcciones claras desde arriba. Sin estructura vertical del universo.

En su lugar, habitamos un espacio horizontal y confuso. Un ALGÚN LUGAR organizado por figuras como Elon Musk. Estos nuevos organizadores del espacio y del tiempo operan con estructuras insanas. No traen mensajes de esperanza. No ofrecen sentido trascendente.

Krasznahorkai conecta esta reflexión con su confesión inicial. Sus reservas de esperanza se han agotado definitivamente. No puede hablar de esperanza porque no la encuentra. En cambio, habla de ángeles mudos que buscan desesperadamente algo en nosotros.

El discurso del Nobel de Literatura 2025 funciona como advertencia. Alerta sobre la transformación radical de nuestro tiempo. Señala la pérdida de estructuras de sentido tradicionales. Identifica a los nuevos poderes que organizan la realidad.

El escritor menciona a Musk no casualmente. Representa a quienes ejercen poder sin mensaje trascendente. Quienes reorganizan el espacio y el tiempo según estructuras insanas. Quienes no ofrecen esperanza sino solo transformación tecnológica.

La imagen de los ángeles sin alas resulta profundamente evocadora. Sugiere seres que han perdido su capacidad de elevarse. Que ya no pueden conectar el cielo y la tierra. Que caminan entre nosotros sin propósito claro.

Estos ángeles contemporáneos reflejan nuestra propia condición. También nosotros hemos perdido la capacidad de elevarnos. También nosotros carecemos de mensajes trascendentes. También nosotros buscamos desesperadamente sentido sin encontrarlo.

La habitación torre de Krasznahorkai adquiere significado simbólico. Se eleva solo por accidente topográfico. No por aspiración celestial. Está construida con materiales baratos. Resulta imposible de calentar adecuadamente.

Esta torre representa la condición del escritor contemporáneo. Se eleva ligeramente sobre lo común. Pero solo por circunstancias prácticas. No por conexión con lo trascendente. Trabaja en condiciones precarias. Lucha contra el frío y la incomodidad.

Desde ese espacio reducido, el escritor camina y piensa. Su movimiento constante de una esquina a otra sugiere búsqueda. También sugiere encierro. No hay salida de ese espacio de cuatro por cuatro metros. Solo el movimiento circular dentro de él.

Krasznahorkai contrasta los ángeles antiguos con los nuevos sistemáticamente. Los antiguos tenían alas; los nuevos no. Los antiguos vestían túnicas celestiales; los nuevos usan ropa común. Los antiguos traían mensajes; los nuevos buscan mensajes.

Esta contraposición estructura todo el discurso. Establece una división histórica fundamental. Hubo un tiempo de ángeles mensajeros. Ahora vivimos el tiempo de ángeles mudos. Hubo una época de esperanza trascendente. Ahora habitamos la época del agotamiento.

El escritor no ofrece soluciones. No propone caminos de salida. No restaura la esperanza perdida. Simplemente diagnostica y advierte. Describe la transformación que ha ocurrido. Señala a los nuevos poderes que organizan la realidad.

Las referencias a los grandes maestros del arte resultan significativas. Giotto, Fra Angélico, Botticelli, Leonardo, Miguel Ángel. Todos representaron ángeles alados portadores de mensajes. Sus obras testimonian un mundo que ya no existe.

Krasznahorkai expresa compasión por estos artistas. “Pobre Botticelli, pobre Leonardo, pobre Miguel Ángel”. Sus ángeles pertenecen a un tiempo pasado. Sus representaciones ya no corresponden con la realidad. El mundo que pintaron se ha desvanecido.

Sin embargo, estos ángeles antiguos aún pueden tocarnos. Incluso nuestras almas incapaces de creer pueden conmoverse. Las imágenes conservan su poder. Pero ese poder es ahora nostálgico. Nos recuerda lo que hemos perdido.

La pérdida del “allá arriba” resulta fundamental. Sin esa dimensión vertical, el universo pierde estructura. No hay dirección clara. No hay distancia entre lo alto y lo bajo. Solo queda el ALGÚN LUGAR horizontal.

En ese espacio aplanado operan los Elon Musk. Organizan el espacio y el tiempo sin referencia trascendente. Sus estructuras son insanas porque carecen de sentido más allá de sí mismas. Son puro poder y transformación técnica.

Krasznahorkai no desarrolla más esta crítica. La deja como advertencia abierta. Menciona a Musk una sola vez. Pero esa mención basta para identificar el tipo de poder contemporáneo. Un poder sin mensaje. Sin esperanza. Sin trascendencia.

El discurso queda intencionalmente incompleto. Se interrumpe cuando el escritor está por revelar qué respondemos a los ángeles nuevos. Solo sabemos que no tenemos mensaje que dar. Solo podríamos repetir lo dicho hace mucho tiempo.

Esta interrupción resulta elocuente. Sugiere que no hay respuesta adecuada. Que estamos tan mudos como los ángeles nuevos. Que el diálogo se ha vuelto imposible. Que habitamos un tiempo de silencio mutuo.

El Premio Nobel de Literatura 2025 pronunció así un discurso inquietante. No celebró la literatura como salvación. No ofreció consuelo ni esperanza. Simplemente describió nuestra condición con lucidez implacable.

László Krasznahorkai camina de un lado a otro en su torre precaria. Piensa en ángeles que ya no vuelan. En mensajes que ya no llegan. En esperanzas que se han agotado definitivamente. Y nos advierte sobre los nuevos poderes que organizan nuestro mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Emociones y sorpresas en la primera jornada de la Europa League 2023

Resumen de la primera jornada de la fase de grupos de la Europa League 2023, con partidos emocionantes y resultados sorprendentes.

EEUU despliega 8 buques de guerra y un submarino nuclear frente a costas de Venezuela

Estados Unidos intensifica su presencia militar en el Caribe con el envío de importantes unidades navales, incluyendo un submarino nuclear, para combatir el narcotráfico

Alex Honnold escalará 508 metros del Taipei 101 sin cuerdas

El escalador estadounidense intentará trepar los 508 metros del Taipei 101 sin protección este viernes. Netflix transmitirá en vivo la hazaña.