Colombia enfrentó durante 2024 un aumento significativo en la generación de residuos hospitalarios peligrosos. Según el Informe Nacional de Generación y Manejo de Residuos o Desechos Peligrosos del Ideam, el país produjo 65.917 toneladas de estos desechos. Esta cifra representa un incremento del 12% respecto al año anterior. Además, se convirtió en el volumen más alto registrado desde 2020.
Los residuos hospitalarios clasificados en las corrientes Y1 y A4020 representaron aproximadamente el 12% de todos los desechos peligrosos generados en Colombia. Por lo tanto, su manejo exige controles especiales debido a su naturaleza. Estos materiales pueden contener elementos infecciosos, tóxicos o contaminados con fluidos corporales. Asimismo, pueden estar contaminados con agentes biológicos de alta peligrosidad.
Una falla en la separación, el transporte o el tratamiento puede derivar en consecuencias sanitarias graves. Del mismo modo, puede generar impactos ambientales de consideración. El crecimiento vuelve a poner el foco sobre la capacidad del país para manejar estos materiales. En consecuencia, surge la preocupación por trasladar riesgos a trabajadores y comunidades vulnerables.
Del total registrado durante 2024, 56.822 toneladas correspondieron a residuos biosanitarios. Mientras tanto, otras 6.422 toneladas fueron clasificadas como anatomopatológicas. A estas cantidades se sumaron 2.092 toneladas de elementos cortopunzantes. Finalmente, se registraron 581 toneladas de desechos de animales.
La composición muestra que la mayor parte del volumen estuvo asociada con materiales específicos. Estos materiales tuvieron contacto con tejidos, fluidos corporales y microorganismos. También estuvieron expuestos a otros elementos potencialmente infecciosos durante procedimientos médicos. Por consiguiente, los biosanitarios representaron cerca del 86% de los residuos incluidos en estas corrientes. Los anatomopatológicos, por su parte, concentraron aproximadamente el 10% del total.
El crecimiento de la generación no es el único motivo de preocupación en el país. Colombia todavía no cuenta con un registro público, único y consolidado sobre incidentes sanitarios. Esta ausencia limita la posibilidad de establecer cuántos accidentes están relacionados específicamente con el manejo incorrecto. La falta de información centralizada reduce la capacidad de dimensionar el problema con precisión.
Además, impide reconocer patrones recurrentes en los incidentes reportados. También dificulta orientar las decisiones necesarias para reducir accidentes en el futuro. Asimismo, limita la posibilidad de fortalecer los controles institucionales de manera efectiva.
La gestión segura de estos residuos comienza en el mismo lugar donde se produce el desecho. En hospitales, clínicas, laboratorios y otros centros de atención, cada elemento debe ser identificado correctamente. Posteriormente, debe ser separado desde el momento en que es desechado por el personal médico. Una clasificación equivocada puede hacer que materiales peligrosos terminen mezclados con residuos ordinarios.
De igual forma, pueden terminar mezclados con residuos aprovechables o reciclables. Esto amplía el número de personas expuestas durante las etapas posteriores de recolección. También incrementa los riesgos durante el tratamiento y la disposición final.
“La bioseguridad no empieza en la planta de tratamiento; empieza en el lugar donde se genera el residuo. Una separación incorrecta puede convertir un error operativo en un riesgo para la salud pública”, señala Atica, compañía experta en gestión de residuos. La advertencia apunta a que ninguna tecnología de tratamiento puede corregir completamente los riesgos. Estos riesgos se derivan de una mala clasificación, un empaque deficiente o falta de identificación.
Los residuos hospitalarios peligrosos pueden incluir materiales biosanitarios y elementos cortopunzantes. También abarcan restos anatomopatológicos, productos químicos y objetos contaminados con agentes infecciosos. Asimismo, pueden contener sustancias tóxicas de diversa naturaleza. Cuando estos elementos se mezclan con basura común, aumenta de manera innecesaria el volumen. Este volumen requiere tratamiento especializado y costoso.
En consecuencia, se elevan los costos operativos para las instituciones de salud. También se extiende el riesgo a todas las personas que intervienen en la cadena. Según la Organización Mundial de la Salud, cerca del 85% de los residuos producidos son comunes. Estos residuos no representan peligro para la salud o el ambiente.
Sin embargo, el 15% restante puede tener propiedades infecciosas, tóxicas, inflamables o corrosivas. También pueden ser carcinógenas, explosivas, reactivas o radiactivas. Por ello, es fundamental evitar que una separación incorrecta convierta residuos ordinarios en materiales peligrosos. Estos materiales deberían recibir un tratamiento de mayor complejidad y costo.
La alta participación de los biosanitarios y anatomopatológicos evidencia que el principal desafío se encuentra específico. Este desafío está en el manejo de materiales que han estado en contacto directo. Han tenido contacto con pacientes, tejidos, secreciones y microorganismos. También con procedimientos médicos y quirúrgicos de diversa complejidad.
Una vez generado, cada residuo debe atravesar varias etapas antes de dejar de representar una amenaza. Debe ser separado, empacado, rotulado y transportado bajo condiciones de seguridad. Posteriormente, debe ser tratado y dispuesto de manera adecuada. Una falla en cualquiera de esos momentos puede trasladar el peligro fuera de las instituciones.
Esto puede exponer a pacientes, personal sanitario, recicladores y transportadores. También puede afectar a gestores ambientales y habitantes de las zonas cercanas. Las consecuencias de una gestión deficiente no se limitan al interior de un hospital. Entre los eventos que pueden producirse se encuentran las heridas con elementos cortopunzantes.
También puede ocurrir el contacto con fluidos biológicos y la exposición a medicamentos o sustancias químicas. Asimismo, pueden presentarse quemaduras, contaminación del aire y afectación de suelos. Los cuerpos de agua también pueden verse comprometidos. Además, existe el riesgo de contribuir a la propagación de microorganismos resistentes a los antimicrobianos.
Los trabajadores de la salud enfrentan la exposición durante la generación de los residuos. También durante la separación inicial de los desechos en las áreas asistenciales. Los operadores ambientales asumen riesgos durante la recolección, el transporte y el tratamiento. Los recicladores, por su parte, pueden entrar en contacto con materiales infecciosos.
Esto ocurre cuando estos llegan mezclados con elementos potencialmente aprovechables. Esta situación amplía el riesgo más allá de los circuitos formales de gestión. Entre los incidentes más frecuentes se encuentran los pinchazos con agujas u objetos cortantes. También la ruptura de bolsas que han sido sobrellenadas por el personal.
Los derrames durante la movilización representan otro riesgo importante. Asimismo, la manipulación de residuos que no cuentan con una rotulación adecuada genera exposiciones. Aunque muchos de estos eventos pueden prevenirse, requieren procedimientos claros y actualizados. También necesitan capacitación permanente y mecanismos de supervisión que se apliquen de manera consistente.
Las medidas de prevención incluyen el uso correcto de elementos de protección personal. También recipientes rígidos para desechar cortopunzantes y empaques resistentes. Las rutas internas definidas son igualmente importantes. Además, es necesario controlar el peso y el volumen de las bolsas.
Se debe evitar su sobrecarga y asegurar que cada tipo de residuo sea entregado únicamente. Debe entregarse a empresas o gestores que cuenten con las autorizaciones correspondientes. La trazabilidad también cumple un papel central en el proceso de gestión. Los manifiestos de transporte, los certificados de tratamiento o disposición final son fundamentales.
El seguimiento por lote y las auditorías periódicas permiten reconstruir el recorrido de cada residuo. Estos soportes sirven para demostrar qué ocurrió con los materiales desde su generación. También pueden ayudar a identificar fallas cuando se presentan incidentes o irregularidades.
No obstante, la ausencia de una base nacional consolidada dificulta conocer con precisión los accidentes. No se sabe cuántos están vinculados con estas actividades de gestión. Los reportes se encuentran dispersos entre los sistemas de seguridad y salud en el trabajo. También entre las autoridades sanitarias y ambientales, las aseguradoras de riesgos laborales y las entidades territoriales.
Esta dispersión reduce la capacidad para construir una visión completa del problema. Para Atica, la falta de una cifra nacional de incidentes no significa que el riesgo sea reducido. Por el contrario, muestra la necesidad de reforzar los sistemas de vigilancia y reporte.
También evidencia la necesidad de articulación entre instituciones del Estado. Consolidar la información permitiría identificar los puntos de la cadena donde se presentan más accidentes. Además, permitiría establecer prioridades de intervención y orientar políticas públicas con base en evidencia verificable.
El reto no se concentra únicamente en las grandes instituciones hospitalarias del país. La cultura de bioseguridad debe extenderse a laboratorios, centros veterinarios y servicios estéticos. También a la atención domiciliaria y otros establecimientos que generan residuos con características peligrosas.
Cada uno requiere procedimientos ajustados a su operación, personal capacitado y canales seguros. Estos canales deben permitir entregar los desechos a gestores autorizados de manera oportuna. También será necesario fortalecer la capacidad instalada de tratamiento en el país. Esto es especialmente importante si la generación mantiene la tendencia observada durante 2024.
El incremento de 12% implica una mayor presión sobre la recolección y el transporte. También sobre las tecnologías utilizadas para tratar o disponer estos residuos de manera segura. Sin una infraestructura suficiente, el aumento del volumen puede elevar los tiempos de almacenamiento. Esto puede ampliar los riesgos operativos en las instituciones de salud.