La administración Trump ha desatado una ofensiva sin precedentes contra las universidades estadounidenses. Desde su regreso al poder, el gobierno ha cancelado contratos de investigación valorados en cientos de millones de dólares. Además, ha exigido la suspensión inmediata de todos los programas relacionados con diversidad, equidad e inclusión. Por si fuera poco, ahora solicita supervisión gubernamental en las contrataciones académicas para garantizar pluralidad política en ciertos departamentos.
En medio de esta tormenta, surge una voz de defensa. Lee C. Bollinger, profesor de derecho y ex presidente de Columbia, publica “Universidad: una estimación”. Su libro responde directamente a estos ataques sistemáticos. Mientras Trump busca que las instituciones académicas se alineen con sus prioridades políticas, Bollinger subraya algo diferente. Las universidades tienen el potencial de desafiar las prioridades de cualquier poder establecido.
El autor presenta un retrato idealizado pero fundamentado de estas instituciones. Según él, ofrecen oportunidades transformadoras a los estudiantes. Al mismo tiempo, avanzan en el conocimiento de maneras que otras organizaciones simplemente no pueden lograr.
Bollinger no es un novato en estos debates. Durante décadas ha sostenido una posición clara y consistente. Para él, la democracia estadounidense depende de una visión amplia de la Primera Enmienda. Además, considera que defender la libertad de expresión fortalece los cimientos culturales de la república.
Su argumento tiene matices interesantes. Cuando permitimos que las personas expresen públicamente ideas ofensivas o incluso repugnantes, logramos dos objetivos simultáneos. Primero, ampliamos nuestra tolerancia hacia la diferencia. Segundo, nos recordamos la importancia de mantener una corriente política principal que contrarreste elementos odiosos y marginales.
“Después de que hayas establecido un marco general de libertad de expresión robusta”, escribe Bollinger, “debes averiguar cómo lograrás que el centro continúe manteniéndose”. Esta reflexión revela su pensamiento profundo sobre el equilibrio democrático. La libertad de expresión permite excesos, ciertamente. Sin embargo, termina promoviendo estabilidad porque la gente reconoce la necesidad de compromisos fundamentales sin censura.
La trayectoria profesional de Bollinger respalda sus palabras. Como presidente de la Universidad de Michigan entre 1996 y 2002, promovió activamente la libertad de expresión. La consideraba el ingrediente crucial para aprender de los demás. Posteriormente, lideró Columbia desde 2002 hasta 2023. Durante ese tiempo defendió la acción afirmativa como vehículo para ampliar el acceso educativo.
Su compromiso ha sido doble y aparentemente contradictorio para algunos. Por un lado, protege ferozmente la libertad de expresión. Por otro, apoya el uso de preferencias de identidad para compensar injusticias históricas. Estas preferencias buscan remediar las múltiples formas en que diversos grupos han sido excluidos de las rutas nacionales hacia el aprendizaje y la prosperidad.
El nuevo libro reúne décadas de conocimiento sobre la Primera Enmienda y experiencia en liderazgo educativo. El volumen, breve pero enérgico, se divide en tres secciones claramente diferenciadas. La primera aborda la universidad como institución. La segunda explora la Primera Enmienda en profundidad. La tercera propone un concepto innovador: la educación superior como “quinta rama” del gobierno.
Las dos primeras secciones son directas y accesibles. Ofrecen manuales introductorios sobre los componentes clave de las complejas instituciones de educación superior. También revisan los casos fundamentales que han moldeado el enfoque legal actual sobre la libertad de expresión.
La tercera sección presenta la tesis más audaz del libro. Bollinger sostiene que la educación superior funciona como una rama no oficial del gobierno. Su propósito sería proteger la democracia de amenazas internas y externas. Esta estructura argumentativa funciona bien porque todos los actores universitarios comparten una misión común.
Profesores y estudiantes, presidentes y juntas de fideicomisarios persiguen el mismo objetivo. Buscan aumentar la autocomprensión y el conocimiento sobre el mundo. No importa si algunos exploran la computación cuántica mientras otros releen a Platón. Todos practican formas de libertad al servicio del aprendizaje.
Los miembros de una comunidad universitaria son como ciudadanos en una democracia. “Tienen la libertad de hacer cosas con otros, con conciudadanos pero también con ciudadanos de otras naciones”, afirma Bollinger. Él ve esta libertad y apertura en una pregunta simple pero poderosa. Es la pregunta planteada por innumerables docentes: “¿Pero has considerado…?”
Esta exploración intelectual depende fundamentalmente de la libertad de expresión. Bollinger ha enseñado a estudiantes universitarios sobre la Primera Enmienda durante décadas. En su libro ofrece un resumen útil de los casos judiciales del siglo XX. Estos casos definieron el enfoque estadounidense para lidiar con el discurso que resulta aborrecible.
A medida que el campo del discurso protegido se expandió a finales del siglo XX, la sociedad tuvo que adaptarse. Fue necesario perfeccionar la capacidad colectiva de resistir la intolerancia. Los tribunales y buena parte del público reconocieron algo importante. La fricción que surgía al ampliar el campo de experimentación era un precio necesario.
Este precio se pagaba por nuevos descubrimientos en las artes, las ciencias y más allá. “La libertad de expresión”, escribe Bollinger, “consiste en superar nuestros impulsos de intolerancia excesiva para perfeccionar nuestras capacidades de búsqueda del conocimiento”. Esta formulación conecta tolerancia y conocimiento de manera indisoluble.
Tradicionalmente, muchos comentaristas han hablado de la prensa como la cuarta rama del gobierno. Su función sería responsabilizar a las demás ramas. Los periódicos en Estados Unidos del siglo XX representaron al menos el intento de establecer verdades. No solo impulsaban opiniones e ideologías.
Bollinger explora cuánto ha cambiado este panorama mediático. El auge de las redes sociales ha transformado radicalmente el ecosistema informativo. Paralelamente, el declive del periodismo local ha dejado vacíos importantes. En este contexto, el autor sostiene que las universidades pueden convertirse en una quinta rama.
Las instituciones académicas pueden proporcionar un “terreno intermedio” en una sociedad polarizada. Estudiantes y profesores pueden apoyar la democracia de manera concreta. Lo hacen respetando la libre investigación y expresión al servicio de la búsqueda de la verdad.
“Las universidades”, señala acertadamente Bollinger, “naturalmente estarán entre las primeras en denunciar el peligro autoritario”. Sin embargo, va un paso demasiado lejos en su siguiente afirmación. Sostiene que, en parte por esto, las universidades “también serán los primeros objetivos”. La realidad es más compleja y menos heroica.
Algunos líderes universitarios han alertado efectivamente sobre el autoritarismo creciente. Pero la mayoría ha mantenido un perfil bajo o ha cooperado activamente con gobiernos intervencionistas. Muchos desean el apoyo financiero gubernamental y evitan confrontaciones directas. Además, numerosos estudiantes y profesores acogen con satisfacción ciertas restricciones al discurso que no les agrada.
Algunos practican la “desplataformación” de oradores cuyas opiniones les resultan desagradables. Otros etiquetan palabras ofensivas como “discurso de odio” para reprender a quienes las usan. Encuentran muchos administradores dispuestos a respaldar estas tendencias censuradoras. Esta realidad contradice el ideal que Bollinger describe.
El autor no aborda estos asuntos con suficiente profundidad. Tampoco menciona las encuestas que indican una preocupante homogeneidad ideológica entre el profesorado. La autocensura en el campus es un fenómeno documentado y creciente. Un estudio realizado entre estudiantes de Northwestern y Michigan halló datos extraordinarios.
Casi nueve de cada diez estudiantes ocultan sus opiniones o fingen ser más progresistas de lo que realmente son. Lo hacen para complacer a sus profesores y compañeros. Muchos estadounidenses han llegado a creer que las universidades, especialmente las de élite, prácticamente obligan a los estudiantes a estar de acuerdo con sus profesores partidistas.
Estas quejas son familiares y recurrentes en el debate público. Pero quizás deberíamos considerar algo que Bollinger sugiere indirectamente. Estas críticas duelen precisamente porque tantas personas sí creen en el ideal aspiracional de la universidad. Creemos en este ideal porque, en una democracia, necesitamos espacios suficientemente seguros.
En estos espacios debe protegerse la libertad de expresión. El aprendizaje transformador debe lograrse de manera regular y consistente. Las universidades, en su mejor versión, han sido tales espacios. Hoy pueden ser incubadoras vitales para la renovación democrática.
Dada la deriva autoritaria de la administración actual, la necesidad se vuelve urgente. Las universidades y centros universitarios deben abordar sus defectos con honestidad. Necesitan renovarse en su misión educativa para servir a sus estudiantes. También deben servir al país en un momento de crisis institucional.
El debate que propone Bollinger trasciende la coyuntura política inmediata. Toca cuestiones fundamentales sobre el papel de la educación en una sociedad libre. ¿Pueden las universidades mantener su independencia frente a presiones gubernamentales? ¿Deben equilibrar la libertad de expresión con otras consideraciones éticas y sociales?
La respuesta no es simple ni unívoca. Requiere un compromiso renovado con los principios fundacionales de la educación superior. También demanda reconocer las limitaciones y contradicciones actuales. Solo así las instituciones académicas podrán cumplir su promesa de ser espacios de transformación y conocimiento.
El momento es crítico para la educación superior estadounidense. Las decisiones que se tomen ahora definirán el futuro de estas instituciones durante décadas. También determinarán su capacidad de contribuir a una democracia saludable y vibrante. La propuesta de Bollinger ofrece un marco conceptual valioso para navegar estos tiempos turbulentos.