Shoichi Yokoi no quería morir. Podía aceptar que lo mataran. Sin embargo, no quería deshonrar al emperador. La rendición no era posible. La única salida era el suicidio. Yokoi decidió no rendirse.
Las tumbas no mienten. Una mañana de marzo de 1972, un hombre se detuvo frente a su tumba. Leyó su nombre grabado en la piedra de su lápida. También vio la fecha aproximada de su muerte. Esa fecha era negada por su figura enflaquecida. Su aspecto desaliñado y tembloroso mostraba vergüenza. Pero estaba vivo al fin.
Junto a su nombre de muerto vivo, estaban los de sus antepasados. Entre ellos figuraba su madre. Ella jamás había creído en su muerte equivocada.
El hombre era Shoichi Yokoi. Era un sargento del ejército imperial japonés. Estaba a punto de cumplir cincuenta y siete años. Lo habían encontrado casi por milagro. Fue el 24 de enero de 1972. Estaba en medio de la espesa selva de la isla de Guam. Guam es la más grande y meridional de las Islas Marianas. Fue escenario de una de las más duras batallas de la Guerra del Pacífico. Esto ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial.
Del ejército imperial al que todavía obedecía Yokoi ya no quedaban rastros. La guerra había terminado hacía ya veintisiete años. Pero Yokoi había librado su guerra personal. Siguió en combate como soldado de un ejército inexistente. Luchaba en un conflicto que tampoco existía.
No supo del final de la guerra. Tampoco supo a tiempo. O no quiso saber. Quizás no quiso enterarse. Japón había perdido la guerra. El imperio al que él creía servir todavía se había rendido de forma incondicional. Habían caído dos bombas atómicas sobre Japón. Su feroz enemigo, Estados Unidos, era ahora un cordial amigo de Japón. Existía un floreciente intercambio comercial entre ambos países. Aquel mundo de entonces había dado varias vueltas de carnero.
Yokoi no supo la paz. Tampoco supo que su vida joven se había marchitado. O lo comprendió demasiado tarde. Se había metido en la espesura de la jungla junto con otros camaradas. No quería cometer el deshonor de rendirse. Esto ocurrió cuando Guam fue recuperada por las tropas americanas.
Entre sapos venenosos, ratas enormes y una humedad que perforaba los huesos, sobrevivió. Enfrentó unas tormentas bíblicas. Soportó unos veranos de infierno. Yokoi peleó su propia guerra de cavernario sin disparar un tiro. No copó ninguna posición. No obedeció a ningún mando. No volvió a ver jamás a un rival. El enemigo privado de Yokoi era la vergüenza de la derrota.
Unos pescadores lo descubrieron por azar. Vislumbraron desde sus barcas una figura sombría recortada en una playa. Bajaron para auxiliarlo. Hallaron a un hombre flaco como un sedal. Estaba desgreñado y desharrapado. Su desnudez estaba cubierta apenas con unas vestiduras de tejidos vegetales. Usaba fibras de cáscaras de coco sostenidas por hilvanes. Tenía una mirada aterrada, huidiza y temerosa. Esa mirada escondía secretos indecibles.
No llevaba encima arma alguna. Los pescadores lo habían invitado a unirse a ellos. Luego lo capturaron ante su negativa. Querían llevarlo de vuelta a un mundo que Yokoi desconocía. Minaron de a poco su resistencia. A veces lo hicieron a la fuerza. También minaron su dolor y su terror. Temía caer en manos de unos enemigos de Japón. Esos enemigos ya eran amigos de Japón.
Yokoi quería que los pescadores lo mataran. Lo pidió y lo exigió. Su única alternativa a la rendición debió haber sido el suicidio. Costó convencerlo de que ya no había ante quien rendirse.
Ahora, de pie frente a su propia tumba, a Yokoi había que convencerlo de otra cosa. Debía creer que era un héroe nacional. Había regresado a su ciudad natal, Nagoya. Estaba muerto de vergüenza. Sentía que había traicionado a su emperador, Hirohito. Era lo único de aquel pasado que todavía perduraba.
Enarboló en esos días una frase breve. Los japoneses lo aclamaban como un héroe. Su frase pintaba más sus sentimientos personales que la odisea vivida. Durante casi tres décadas había sobrevivido en la selva. Dijo: “Es un poco vergonzoso, pero regresé”.
La frase se hizo popular en todo Japón. Hoy se diría que se viralizó. Pero en 1972 esa palabra espantosa no existía. Esa palabra asocia el conocimiento con la peste.
Fue camino a su Nagoya natal que la comitiva se detuvo. Lo llevaban a festejos, brindis y reportajes. También lo esperaban portadas de diarios y revistas. Se detuvieron en el cementerio. Yokoi debía enfrentar su tumba desvariada. También debía rendir homenaje a sus antepasados. A algunos de ellos había dejado de ver en 1941. Ese año lo reclutaron para servir al imperio.
Supo entonces algo importante sobre su madre. Ella, con rara clarividencia, nunca había creído que su hijo hubiera muerto en Guam. Recién diez años después del final de la guerra aceptó grabar su nombre. Lo hizo por razones burocráticas. También quería cerrar un capítulo todavía abierto. Aceptó grabar su nombre en la lápida familiar. Bajo esa lápida iban a descansar sus propias cenizas. También las de su familia. Aquella mujer pensaba algo especial. El nombre de Yokoi grabado en la piedra les permitiría a todos recorrer juntos el largo camino. Era el camino desconocido al más allá.
La muerte ocupó desde entonces un hueco importante en la vida de Yokoi. Años después de su regreso al mundo real, escribió un libro. No regresó al fantasmal ambiente de la jungla. El libro fue escrito en primera persona. Pero en realidad lo escribió su sobrino, Omi Hatashin. Se tituló Private Yokoi’s War and Life on Guam – 1944-1972. En español sería La vida y la guerra del soldado Yokoi en Guam.
En ese libro reveló algunos de los espectros que acecharon sus sueños. Mientras Yokoi era glorificado en Nagoya, él soñaba por las noches. Cientos y cientos de sus camaradas muertos en la selva lo rodeaban. Le preguntaban: “Yokoi, ¿por qué vuelves solo a casa? Ven con nosotros”. Cuando despertaba, sus viejos camaradas se esfumaban.
“A nosotros, los soldados japoneses, nos enseñaron algo”, confesó Yokoi luego de su retorno de la selva. “Hay que preferir la muerte antes que la desgracia de ser capturados con vida”.
Yokoi había nacido el 31 de marzo de 1915 en Aisai. Aisai está dentro de la prefectura de Aichi. Cuando sus padres se separaron, el chico adoptó el apellido de su madre, Oshika. Cuando su madre volvió a casarse, hizo suyo el apellido de su padre de adopción, Yokoi.
Fue aprendiz de sastre. Ese arte le iba a servir para ensamblar sus harapos en la selva. En 1941, cuando tenía veintiséis años, fue reclutado por el Ejército Imperial. Lo enviaron a Manchukuo, Manchuria. Era un estado inventado en China por Japón. En ese estado el emperador Pu Yi pasó como un títere los últimos años. Su imperio estaba en ruinas.
El 7 de diciembre de ese año, Japón atacó la base naval americana de Pearl Harbor. Estados Unidos entró en la Segunda Guerra en un nuevo escenario. Era lejano a Europa: el Pacífico. Al día siguiente del ataque, Japón ocupó la mayor parte de las islas del Pacífico Sur. Entre ellas, Guam.
Allí fue a parar Yokoi en 1943. Llegó como sargento del 38 Regimiento de Infantería. En julio de 1944, la guerra estaba volcada a favor de los aliados en Europa. También favorecía a Estados Unidos y Gran Bretaña en el Pacífico. Los estadounidenses recuperaron, palmo a palmo, las islas ocupadas por Japón.
Aquellas fueron batallas sangrientas. Fueron feroces y desencajadas. Hubo miles de muertos en especial del lado japonés. Sus tropas no concebían la rendición. Peleaban hasta ser matados. Al verse superados, se daban muerte unos a otros. O simulaban entregarse para hacer estallar una granada. Lo hacían cuando los aliados se acercaban a capturarlos.
En la batalla de Okinawa, que empezó el 1° de abril de 1945, se suicidaron cerca de veinticinco mil japoneses. Así lo calcularon los aliados. En Tarawa, un atolón del Pacifico Central que había sido dominio británico, sólo quedaron vivos diecisiete soldados. La guarnición japonesa tenía cuatro mil ochocientos soldados.
En Guam, la isla de Yokoi, sobrevivieron poco más de mil soldados. Eran veintidós mil los destinados a su defensa. La mayoría decidió esconderse en la selva. Era casi impenetrable. Resistieron los meses siguientes a la captura de la isla por los americanos. Lo hicieron en pequeñas células guerrilleras. Después fueron eliminados. Los cazaron en sus cuevas. O los quemaron vivos con lanzallamas. Muchos otros se suicidaron. Yokoi perdió así la pista de casi todo el resto de sus camaradas.
Quedó junto a otros cinco soldados como él. Estaban decididos a seguir la guerra por su cuenta. O, al menos, a sobrevivir sin caer en manos enemigas. Del pequeño pelotón de cinco, dos decidieron entregarse. Yokoi compartió entonces su destino junto a Mikio Shichi. Era un cabo del ejército. También estaba Satoru Nakahata. Era un empleado civil de la armada imperial.
El 15 de agosto de 1945, los hongos de dos bombas atómicas estaban en el cielo. Habían caído sobre Hiroshima y Nagasaki. El emperador Hirohito habló a todo Japón por radio. Anunció con eufemismos su decisión de rendirse a los aliados.
Fue su voz la que provocó una ola de suicidios. Era un mensaje grabado emitido por la radio oficial. También lo transmitieron los parlantes públicos de Tokio. Más que su decisión, fue su voz. Cientos de súbditos no solo no aceptaban la rendición. Se negaban a pensar en Hirohito como un ser humano. Muchos se suicidaron en las escalinatas del palacio imperial.