El mar avanza sin tregua sobre la costa samaria. Cada ola borra un pedazo más de arena. El miedo crece entre quienes viven del turismo. Las playas del sur de Santa Marta están desapareciendo.
El reciente frente frío dejó una huella devastadora. En Cabo Tortuga se perdieron al menos 10 metros de playa. Restos de árboles y sedimentos quedaron esparcidos sobre la arena. El mar de leva provocado por el fenómeno climático aceleró un proceso que lleva años.
Pozos Colorados también sufre las consecuencias. Playa Salguero enfrenta la misma amenaza. Bello Horizonte pierde terreno frente al agua. Lo que antes eran amplias franjas de arena hoy son pequeños espacios. En algunos sectores ya no queda playa.
La erosión costera no es un problema nuevo. Desde hace varios años los expertos advierten sobre el acelerado retroceso del litoral. Los residentes también han alzado la voz. Los prestadores de servicios turísticos expresan su preocupación. Sin embargo, el tema solo resurge cuando la naturaleza se activa.
Los frentes fríos vuelven visible la crisis. Las marejadas evidencian el daño acumulado. Entonces las autoridades prometen soluciones. Luego el silencio regresa hasta el siguiente fenómeno.
La última gran intervención se anunció en 2022. La entonces alcaldesa Virna Johnson declaró la calamidad pública. Se prometieron obras para proteger Playa Salguero. También se habló de intervenir sectores cercanos. Cuatro años después solo quedan interrogantes.
Ariel Kaplan lidera la veeduría ciudadana del sector. Él recuerda que antes del anuncio oficial existían propuestas técnicas. Estas pudieron cambiar el rumbo de la intervención. La comunidad organizó una conferencia en el hotel Irotama. Expertos internacionales presentaron alternativas probadas en otros destinos.
Cancún utiliza geotubos para mitigar la erosión. Varias ciudades europeas también emplean esta tecnología. Los especialistas propusieron instalar estos sistemas en Playa Salguero. “Era una solución que para el caso de Playa Salguero costaba alrededor de siete mil millones de pesos”, explica Kaplan.
El Concejo aprobó una partida cercana a los 27 mil millones. La comunidad esperaba una solución definitiva. No obstante, el proyecto tomó otro camino. La administración anterior firmó un contrato diferente. Una empresa de Barranquilla se adjudicó la obra.
El contrato alcanzó cerca de 25 mil millones de pesos. El diseño contemplaba seis espolones de piedra. Estas estructuras se construirían en el sector de Playa Salguero. “Desde el principio advertimos que ese tipo de obras no cabía aquí y que podía generar otros problemas”, asegura Kaplan.
Las obras comenzaron con el transporte de grandes rocas. Los residentes observaban cómo el paisaje se alteraba. La dinámica natural de la playa también cambió. Dos meses después llegaron inspectores de la ANLA. La Autoridad Nacional de Licencias Ambientales revisó el proyecto.
Los funcionarios constataron una irregularidad grave. La obra no contaba con estudio de impacto ambiental. La ANLA suspendió inmediatamente los trabajos. Tres años después el panorama sigue siendo el mismo.
Solo se construyó un espolón y medio. El resto del proyecto quedó paralizado. Las piedras permanecen como testigos de una promesa incumplida. “Quedó un elefante blanco. A ese contratista se le pagaron cerca de ocho mil millones de pesos y nadie explica qué pasó con el resto del dinero”, afirma Kaplan.
La veeduría ha enviado múltiples derechos de petición. La Alcaldía recibió las solicitudes de información. También se enviaron a la Secretaría de Hacienda. El Concejo igualmente fue contactado. Ninguna entidad ha respondido sobre el destino de los recursos restantes.
La obra inconclusa generó consecuencias inesperadas. El espolón y medio construido protegió un sector. Sin embargo, habría acelerado la erosión en otros puntos. Los expertos advierten sobre este efecto cuando no se construyen sistemas integrales.
Los espolones requieren una planificación completa. Normalmente se necesitan varios en cadena. Esto equilibra el movimiento de sedimentos. De lo contrario, el mar redistribuye la arena. Las zonas cercanas terminan perdiendo terreno.
Pozos Colorados sufrió especialmente durante el último frente frío. “El espolón y medio que construyeron, ha logrado contener algo el mar en este sector, pero está afectando playas vecinas. Con el último frente frío fue precisamente Pozos Colorados donde más se sintió el impacto”, explica Kaplan.
Mientras el debate técnico continúa, la erosión avanza. “Cada vez que haya un frente frío o mar de leva vamos a tener afectaciones más fuertes. Las playas de Santa Marta, que siempre han sido un orgullo, están dejando de serlo”, advierte Kaplan.
La pérdida de playa trasciende lo ambiental. No es solo un problema paisajístico. También golpea directamente a decenas de familias. El turismo es su único sustento.
Luis Carlos Ramírez lidera a los carperos de Cabo Tortuga. Lleva más de 40 años trabajando en la playa. Su actividad consiste en alquilar carpas a los turistas. Hoy dice que prácticamente se quedó sin espacio. “La entrada a la playa está erosionada y en algunos puntos el agua queda a la cintura, casi pegada a la piscina de Sierra Laguna. El acceso es muy difícil y eso afecta el turismo”, explica.
Ramírez representa a un grupo de siete carperos. Sin embargo, el impacto es mucho mayor. En total son cerca de 45 familias las afectadas. Masajistas dependen de la playa para trabajar. Vendedores de paletas recorren la arena. También hay quienes venden cocadas y artesanías. Durante décadas encontraron aquí su principal sustento.
“Solo nos queda una zona pequeña para trabajar. En otras partes ya no se puede colocar carpas porque el mar llegó hasta allá”, dice el líder. Añade que tras el reciente frente frío ninguna entidad se acercó. No hubo socialización de soluciones. Tampoco evaluación de las afectaciones.
“A veces se caen árboles por la erosión y nosotros mismos los recogemos con nuestros recursos porque quedan atravesados. Ni el Dadsa ni ninguna entidad han venido”, añade.
La reducción del espacio afecta la experiencia de los visitantes. “Los turistas llegan, ven cómo está la playa y dicen que no vuelven. Imagínese una persona con discapacidad tratando de entrar por esos accesos, es imposible”, detalla Ramírez.
La erosión costera no es el único problema. El litoral samario enfrenta múltiples amenazas. Kaplan señala otro factor que agrava la situación. La contaminación llega al mar a través de los ríos.
El río Gaira arrastra desechos hacia la costa. El Manzanares también contribuye al problema. “Santa Marta no cuenta con un alcantarillado adecuado, por eso al final el mar termina siendo el depósito de toda la suciedad”, afirma.
Kaplan reconoce que la afectación social no ha sido dramática. La resiliencia de las comunidades ha sido clave. No obstante, advierte que el impacto ambiental ya es evidente. El turístico también se hace notar.
A esto se suma un fenómeno global. El aumento del nivel del mar está relacionado con el cambio climático. El deshielo de los glaciares acelera el proceso. Muchas ciudades costeras del mundo enfrentan la misma amenaza.
“Si no se toman medidas, esta playa puede desaparecer. Eso ya ha ocurrido en otros países”, advierte el veedor.
El problema amenaza el modelo turístico de Santa Marta. Residentes, líderes comunitarios y prestadores de servicios coinciden en un punto. Lo más preocupante es el aparente desinterés institucional. La crisis no solo es ambiental. También es económica y social.
La erosión costera amenaza el turismo. Decenas de familias dependen de esta actividad. El desarrollo inmobiliario también está en riesgo. En los últimos años ha crecido con fuerza en la zona. Pozos Colorados ha visto surgir nuevas construcciones. Playa Salguero también. Cabo Tortuga y Bello Horizonte igualmente.
En la actualidad, residentes de varias edificaciones observan preocupados. El agua se acerca cada vez más. En algunos casos ya golpea las paredes de los edificios.
La incertidumbre sobre el proyecto inconcluso persiste. Hasta hoy no hay claridad sobre qué ocurrió. Tampoco se sabe qué pasó con los recursos destinados. La Alcaldía guarda silencio sobre el tema. Desde el Concejo tampoco se aborda la situación.
El Espectador intentó contactar a Darío Linero Mejía. Él dirige la Oficina para la Gestión del Riesgo y Cambio Climático del Distrito. Se buscaba conocer la posición oficial sobre la situación. También el estado de los proyectos de mitigación. No hubo respuesta.
Mientras tanto, el mar sigue avanzando. Con cada frente frío, Santa Marta pierde un poco más. Sus playas son uno de sus mayores patrimonios. Ahora ese patrimonio se reduce día a día.
Los árboles caídos permanecen sobre la arena. Los sedimentos se acumulan donde antes jugaban los niños. Las carpas de colores ya no se pueden instalar. Los vendedores ambulantes buscan espacios cada vez más reducidos.
Las familias que durante generaciones vivieron del turismo miran al horizonte. El agua está más cerca que nunca. Las promesas de solución se desvanecen como la espuma. Los millones aprobados desaparecieron sin dejar rastro visible.
La obra inconclusa se erige como monumento a la ineficiencia. Las piedras apiladas no protegen nada. Peor aún, podrían estar acelerando el daño en otras zonas. Los expertos que advirtieron sobre esto no fueron escuchados.
Los geotubos que se propusieron nunca se instalaron. La tecnología probada en otros países no llegó a Santa Marta. En su lugar quedó un proyecto sin licencia ambiental. También quedaron preguntas sin responder sobre el dinero público.
Las veedurías ciudadanas insisten en obtener respuestas. Los derechos de petición se acumulan sin respuesta. Los funcionarios ignoran las solicitudes de información. Mientras tanto, cada ola borra un poco más de historia.
Las playas del sur de Santa Marta han sido testigos de generaciones. Familias enteras crecieron bajo el sol del Caribe. Los turistas llegaban año tras año. Ahora esos mismos turistas encuentran un panorama desolador.
El acceso a la playa se complica cada día. Las personas con discapacidad no pueden llegar. Los adultos mayores enfrentan dificultades. Incluso para los jóvenes resulta complicado. El agua llega donde antes había arena firme.
Los carperos como Luis Carlos Ramírez resisten. Buscan alternativas en el espacio reducido. Mueven sus estructuras constantemente. Cada frente frío los obliga a replantearse su trabajo. Cada marejada reduce sus opciones.
Los masajistas ofrecen sus servicios en zonas cada vez más estrechas. Los vendedores de cocadas caminan por espacios mínimos. Los artesanos exhiben sus productos donde pueden. Todos comparten la misma incertidumbre sobre el futuro.
La contaminación que llega por los ríos agrava el panorama. El alcantarillado inadecuado de Santa Marta tiene consecuencias. El mar recibe lo que la ciudad no procesa. Los ecosistemas marinos sufren el impacto. La calidad del agua se deteriora.
El cambio climático actúa como multiplicador de amenazas. El nivel del mar sube milímetro a milímetro. Los glaciares se derriten en lugares remotos. Sus efectos se sienten en las costas del Magdalena. Santa Marta no es la excepción.
Otras ciudades del mundo ya perdieron sus playas. Algunos destinos turísticos desaparecieron del mapa. Las comunidades fueron reubicadas. Las economías locales colapsaron. Santa Marta podría seguir ese camino.
La resiliencia de las comunidades samarias es admirable. Han enfrentado múltiples crisis a lo largo de los años. Sin embargo, esta amenaza es diferente. No se puede negociar con el mar. No se puede posponer la naturaleza.
Las edificaciones cercanas a la costa enfrentan riesgos crecientes. El agua golpea los cimientos de algunas construcciones. Los propietarios observan con preocupación. Las inversiones inmobiliarias están en peligro. El valor de las propiedades podría desplomarse.
El turismo es fundamental para la economía de Santa Marta. Miles de empleos dependen de esta actividad. Hoteles, restaurantes y comercios viven de los visitantes. Si las playas desaparecen, el modelo económico colapsa.
Los líderes comunitarios como Ariel Kaplan no se rinden. Continúan exigiendo respuestas a las autoridades. Organizan reuniones con expertos. Buscan alternativas viables. Presionan para que se retome el tema.
La calamidad pública declarada en 2022 debió ser el punto de partida. En cambio, se convirtió en otra promesa incumplida. Los recursos aprobados se esfumaron. Las obras se paralizaron. La erosión continuó su avance implacable.
Los 27 mil millones aprobados por el Concejo pudieron marcar la diferencia. Con esa suma se habría implementado una solución integral. Los geotubos propuestos habrían protegido varios sectores. El turismo se habría preservado. Las familias habrían mantenido su sustento.
En cambio, ocho mil millones se pagaron por una obra suspendida. El resto del dinero desapareció en la burocracia. Nadie asume responsabilidades. Nadie explica qué sucedió. Las autoridades evaden las preguntas.
El silencio oficial contrasta con el ruido del mar. Las olas rompen cada vez más cerca. Los residentes escuchan ese sonido cada noche. Antes era reconfortante. Ahora genera ansiedad.
Cada frente frío se convierte en una prueba de resistencia. Las comunidades se preparan para lo peor. Aseguran lo que pueden. Recogen los escombros después. Vuelven a empezar hasta el siguiente fenómeno.
La naturaleza no espera decisiones políticas. El mar no entiende de plazos burocráticos. La erosión no se detiene por falta de presupuesto. Mientras las autoridades deliberan, la costa retrocede.
Las playas del sur de Santa Marta están desapareciendo. Esto no es una exageración. No es alarmismo. Es una realidad document