El próximo 4 de mayo, Sergio Ramírez recibirá en Barcelona el Premio Ortega y Gasset. Este galardón es uno de los más prestigiosos del periodismo en español. Lo concede el diario El País desde 1984. Sin embargo, sus libros no pueden ingresar a Nicaragua.

La ceremonia se realizará en el Saló de Cent del Ayuntamiento. Forma parte de una edición especial que reconoce la trayectoria intelectual del nicaragüense. Además, conmemora los 50 años del diario español. Mientras tanto, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo mantiene el veto sobre sus obras.

Tampoco las obras de Gioconda Belli logran pasar los controles aduaneros. Ella recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2023. Ambos escritores han sido despojados de su nacionalidad. Por ello, viven obligados al exilio.

El 25 de abril pasado, Belli recibió una notificación desde Managua. Su última novela, Un silencio lleno de murmullos, había sido retenida en aduanas. Además, se prohibía su ingreso al país. La escritora compartió la noticia con indignación y preocupación.

La novela aborda la relación entre una madre guerrillera y su hija. Está marcada por silencios, tensiones políticas y secretos familiares. También reconstruye las protestas de abril de 2018. Aquella represión estatal dejó más de 350 muertos, según organismos internacionales.

“Así como nos borraron de los registros civiles, nos quieren borrar de la memoria popular y volvernos invisibles”, sostuvo Belli a Infobae. Luego añadió: “Más que mis libros, me preocupa la censura y la falta de libertad que sufren los nicaragüenses”. Su testimonio revela la dimensión política de esta prohibición.

En el caso de Sergio Ramírez, su novela Tongolele no sabía bailar fue bloqueada. Publicada en 2021, fue uno de los primeros libros recientes censurados en Nicaragua. Desde entonces, ninguna de sus obras ha logrado entrar legalmente al país.

“Los intentos después de Tongolele de importar libros míos han fracasado también. No los dejan entrar. Ningún libro mío después de ese ha sido permitido por las aduanas del país”, explicó. El escritor confirmó que el bloqueo es sistemático y permanente.

La censura, sin embargo, no impidió la circulación de la novela. El libro llegó a lectores nicaragüenses a través de copias digitales. Archivos en PDF se difundieron de forma masiva en redes sociales. También circularon por aplicaciones de mensajería como WhatsApp y Telegram.

“Para mí es un triunfo que cada vez que sale un libro mío se reproduzca en PDF y circule en las redes sociales”, afirmó Ramírez. Además agregó: “Yo siento que esa es una manera de resistir a la censura, el hecho de que los libros circulen gratuitamente”. Su declaración refleja una estrategia de resistencia cultural.

El fenómeno se repitió con otras publicaciones del autor. Según su testimonio, la circulación digital ha sustituido en parte el acceso físico. De esta manera, los lectores burlan el control de las aduanas. La tecnología se convierte así en aliada de la libertad de expresión.

Ramírez interpreta la censura como una combinación de control político y represalia personal. “Todo esto es una represión contra la palabra, contra una palabra libre que estorba los regímenes totalitarios”, dijo. Posteriormente añadió: “Lo veo también como un acto de venganza. Este es un régimen muy vengativo contra lo que alguna vez nos hemos atrevido a alzar la voz en contra del régimen”.

El escritor también vinculó la censura con su reconocimiento internacional. En los últimos años ha recibido premios como el Premio Cervantes. También obtuvo el Premio Carlos Fuentes y otros galardones literarios. Cada distinción genera una reacción del régimen nicaragüense.

“Cada premio es una patada en el hígado de ellos”, dijo. Para ilustrar esta afirmación recordó un episodio reciente. Cuando el diario La Prensa recibió el premio Guillermo Cano de la UNESCO en mayo de 2025, el régimen reaccionó molesto. Entonces anunció el retiro de la organización internacional.

La Prensa funciona desde el exilio tras ser confiscado por el gobierno. Su reconocimiento internacional evidenció el aislamiento del régimen. Por ello, la respuesta de Ortega y Murillo fue radical y desproporcionada.

Ramírez también señaló que algunos ejemplares de sus obras han logrado entrar al país. Sin embargo, lo hacen por vías informales. “El libro entró físicamente por distintos caminos de contrabando. No fueron grandes cantidades, pero estuvo circulando”, recordó sobre Tongolele no sabía bailar.

Estas copias físicas llegan a través de viajeros que las ocultan en su equipaje. También ingresan por rutas terrestres no oficiales. De esta forma, los lectores nicaragüenses acceden a obras prohibidas. El contrabando cultural se convierte en acto de resistencia.

El cerco cultural se extiende más allá de los libros. Festivales literarios, academias y centros culturales han sido cerrados o confiscados. El Festival Internacional de Poesía de Granada dejó de operar bajo su formato independiente. Este evento era un referente cultural en Centroamérica.

El proyecto Centroamérica Cuenta, impulsado por Ramírez, se trasladó al extranjero. Esta iniciativa promovía la literatura regional y formaba nuevos escritores. Ahora funciona desde Costa Rica y otros países vecinos. El exilio se convirtió en su única opción de supervivencia.

Gioconda Belli expone una lógica de control más amplia. “Existe una intención clara del régimen de silenciar la literatura nicaragüense que no se somete a sus intereses y que le habla la verdad al poder”, afirmó. Su análisis revela una estrategia deliberada de censura cultural.

Ramírez coincide en esta interpretación. “Todo está bajo el control, no solo los libros que escribimos los que vivimos fuera y que pueden resultar desagradables a ellos porque son críticos, pero también todo el periodismo que se está haciendo desde el exilio. Los medios adentro prohibidos, los reporteros dentro de Nicaragua tienen que esconderse en el anonimato”, explicó.

El escritor también señaló otra dimensión de la represión. “Ellos consideran como un castigo que los libros escritos por nosotros no entren a Nicaragua. Es un castigo también para los posibles lectores que tengamos dentro del país”, añade. La censura afecta tanto a autores como a lectores.

Esta doble represión busca aislar culturalmente a la población nicaragüense. Por un lado, castiga a los escritores críticos con el exilio y la invisibilización. Por otro, priva a los ciudadanos del acceso a obras literarias valiosas.

Ramírez será reconocido mientras sus libros siguen vetados en Nicaragua. La misma dictadura que intenta borrarlo de su país verá, desde la distancia, cómo el escritor proscrito se consolida. Se confirma como uno de los más importantes de América Latina. “Una patada al hígado”, según sus propias palabras.

El contraste entre el reconocimiento internacional y la censura local es evidente. Mientras Barcelona celebra la trayectoria de Ramírez, Managua prohíbe sus libros. Esta paradoja ilustra la naturaleza del régimen de Ortega y Murillo. También evidencia su temor a la palabra libre y crítica.

Ambos escritores han sido críticos del régimen desde hace años. Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua durante el primer gobierno sandinista en los años ochenta. Posteriormente rompió con Ortega por su deriva autoritaria. Belli también militó en el sandinismo durante la revolución.

Ahora, ambos representan voces disidentes que el régimen no tolera. Su literatura cuestiona el poder y documenta la represión. Por ello, sus obras se consideran peligrosas para la estabilidad del gobierno.

La censura de libros no es un fenómeno aislado en Nicaragua. Forma parte de una estrategia más amplia de control social y político. El régimen ha cerrado universidades, confiscado medios de comunicación y encarcelado opositores. También ha despojado de nacionalidad a decenas de críticos.

Escritores, periodistas, activistas y líderes religiosos han sido perseguidos. Muchos han tenido que abandonar el país para preservar su libertad. El exilio se ha convertido en la única opción para quienes se oponen al gobierno.

En este contexto, la prohibición de libros adquiere un significado especial. No se trata solo de censurar contenidos específicos. Es un intento de controlar la memoria histórica y el debate público. El régimen busca imponer una narrativa única sobre la realidad nicaragüense.

Sin embargo, la resistencia cultural persiste a través de medios digitales. Las redes sociales permiten la circulación de información y literatura prohibida. Los archivos PDF burlan los controles aduaneros. Esta resistencia demuestra que la censura total es imposible en la era digital.

Los lectores nicaragüenses continúan accediendo a las obras de Ramírez y Belli. Lo hacen de manera clandestina, compartiendo archivos entre amigos y familiares. Esta circulación subterránea mantiene viva la literatura crítica. También preserva la memoria de eventos que el régimen prefiere olvidar.

Las protestas de abril de 2018 son un ejemplo claro. El gobierno intenta borrar este episodio de la historia oficial. Sin embargo, obras como Un silencio lleno de murmullos lo documentan y preservan. La literatura se convierte así en testimonio histórico y resistencia.

El reconocimiento internacional a estos escritores tiene múltiples significados. Por un lado, valida su trabajo literario y su compromiso con la verdad. Por otro, visibiliza la situación de represión en Nicaragua. Cada premio es un recordatorio de que el mundo observa.

Para el régimen de Ortega y Murillo, estos premios son incómodos. Evidencian que sus enemigos políticos son respetados internacionalmente. También demuestran que la censura no logra silenciar las voces críticas. Por el contrario, las amplifica.

La estrategia de invisibilización ha fracasado parcialmente. Aunque los libros no circulan físicamente en Nicaragua, su contenido llega igualmente. Los autores exiliados mantienen su presencia a través de medios digitales. Sus palabras continúan resonando entre los nicaragüenses.

Belli y Ramírez representan una generación de intelectuales comprometidos con la democracia. Ambos participaron en la lucha contra la dictadura de Somoza. Posteriormente apoyaron la revolución sandinista con esperanza de transformación social. Sin embargo, rompieron con el sandinismo cuando este se convirtió en autocracia.

Esta trayectoria les otorga autoridad moral para criticar al régimen actual. No son opositores externos ni enemigos históricos del sandinismo. Son revolucionarios decepcionados que defienden los ideales originales traicionados por Ortega.

Sus obras literarias reflejan esta experiencia política compleja. Abordan temas como la revolución, la desilusión, la represión y el exilio. También exploran las tensiones familiares y sociales generadas por conflictos políticos. Su literatura es testimonio de una época turbulenta.

La censura de estos autores busca eliminar esta memoria crítica. El régimen prefiere una narrativa heroica y unidimensional del sandinismo. No tolera las voces que cuestionan su legitimidad histórica. Por ello, silencia a quienes conocen la historia desde dentro.

No obstante, la literatura tiene una capacidad única de resistencia. Las palabras escritas permanecen más allá de las prohibiciones. Los libros pueden ser confiscados, pero las ideas persisten. La censura puede retrasar, pero no elimina completamente la circulación de obras valiosas.

Ramírez recibirá el Premio Ortega y Gasset en una ceremonia solemne. Estará rodeado de colegas, admiradores y representantes del mundo cultural español. Mientras tanto, en Nicaragua, lectores anónimos compartirán sus libros en formato digital. Esta doble realidad ilustra la paradoja de la censura contemporánea.

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