La ausencia del capataz de obra de 62 años resultó extraña desde el primer momento. El lunes no apareció en su lugar de trabajo. Tampoco lo hizo el martes. Sus compañeros intentaron comunicarse con él repetidamente. Sin embargo, nadie contestaba el teléfono en aquella casa de 18 de Mayo.

Este hombre era conocido por su responsabilidad y cumplimiento. Nunca faltaba sin avisar. Por eso, dos arquitectos decidieron ir personalmente hasta su domicilio. Querían verificar que todo estuviera bien. Lo que encontraron fue el inicio de una pesadilla.

En la vivienda los recibió el hijo del capataz. El joven de 27 años dio explicaciones que no convencían. Primero dijo que sus padres se habían ido de viaje. No supo especificar el destino cuando se lo preguntaron. Después cambió la historia al notar que el auto familiar estaba en el garaje.

Entonces afirmó que su padre había salido en ómnibus. Las contradicciones eran evidentes. Los arquitectos sintieron que algo no encajaba. Decidieron llamar a la Policía inmediatamente. Esa decisión revelaría una verdad aterradora.

Dentro de aquella casa de 18 de Mayo yacían tres cuerpos mutilados. El padre del joven estaba allí. También su madre. Y su hermano mayor. Todos habían sido asesinados y desmembrados con una sierra.

La pequeña localidad de Canelones quedó paralizada el martes por la noche. Las calles sin bituminizar se llenaron de patrulleros policiales. Los efectivos ingresaron a la vivienda preparándose para lo peor. Aun así, nada podía prepararlos para lo que encontrarían.

“Nos encontramos con una escena muy compleja”, declaró Fabio Quevedo. El jefe de Policía de Canelones describió el hallazgo esa misma noche. “Tres personas fallecidas, dos de ellas desmembradas. Una persona detenida”, agregó en rueda de prensa. Más tarde calificaría la escena como “dantesca”.

El interrogatorio al joven comenzó inmediatamente. Sus respuestas fueron tan cambiantes como las que había dado a los arquitectos. La primera versión hablaba de seis encapuchados vestidos de negro. Según él, estos individuos lo habrían sorprendido el sábado a las 23 horas.

El joven afirmó que lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Al despertar, encontró a sus familiares muertos. Dijo que intentó reanimarlos sin éxito. Luego explicó que decidió mutilar los cuerpos con una sierra. Supuestamente lo hizo para darles sepultura.

Los policías le pidieron que mostrara dónde estaban los cuerpos. El homicida señaló hacia el interior de la casa. En la cocina encontraron al hermano mayor. Había manchas de sangre por todas partes. Una motosierra descansaba junto al cadáver desmembrado.

En otra habitación aparecieron los otros dos cuerpos. También estaban mutilados. Los agentes notaron que faltaban partes. El joven indicó que estaban guardadas en un galpón. La brutalidad de la escena superaba cualquier expectativa.

Pronto surgió otra versión completamente diferente. El hombre dijo que quería “hacer una película de terror”. Repitió esta explicación en varias oportunidades durante el interrogatorio. Después cambió nuevamente su historia.

Finalmente confesó que asesinó a sus familiares porque los “odiaba”. “Debí haberlo hecho antes”, les dijo a los investigadores. Esta multiplicidad de versiones plantea serias dudas. Los investigadores se preguntan ahora si el homicida es imputable.

La hipótesis policial sitúa los crímenes entre el viernes y el sábado. Eso significaría que los cuerpos estuvieron en la casa varios días. Mientras tanto, el joven permaneció allí con los cadáveres mutilados. La frialdad de este comportamiento estremece a los investigadores.

18 de Mayo es un pueblo pequeño cercano a Montevideo. La tranquilidad era su característica principal. Hasta ahora. “Uno ve estas cosas en las películas”, dijo Ana, una vecina. “Pero nunca cree que va a vivirlo de cerca”, agregó en declaraciones a El País.

Ana conocía a la familia víctima del crimen. “Nos saludábamos como cualquier vecino”, recordó. “Con ella éramos las dos más viejas del barrio”, contó refiriéndose a la madre. La normalidad aparente de esa familia hace el crimen aún más incomprensible.

La vecina había notado algo extraño en los últimos días. Las luces del arbolito de Navidad estaban apagadas en aquella casa. Era un detalle pequeño pero llamativo. Sin embargo, nunca imaginó que indicaba una tragedia semejante.

Otro poblador expresó su desconcierto ante la ausencia de señales. “No escuché un grito ni un disparo”, declaró al canal Telemundo. “No entiendo cómo pudo haber pasado esto”, añadió con incredulidad. La violencia había ocurrido en silencio.

Los vecinos describen a la familia como “muy reservada”. Tenían “poco relacionamiento” con otros habitantes de la zona. Este aislamiento social ahora cobra un significado diferente. Quizás escondía tensiones que nadie podía ver desde afuera.

El padre recibía elogios unánimes de quienes lo conocían. Lo definían como un hombre “súper trabajador”. Su ausencia laboral fue precisamente lo que alertó a sus compañeros. Esa responsabilidad que lo caracterizaba terminó siendo clave para descubrir el crimen.

Las autoridades continúan investigando los motivos exactos del triple homicidio. La salud mental del agresor será evaluada exhaustivamente. Es necesario determinar si comprendía la naturaleza de sus actos. De esto dependerá su imputabilidad legal.

La comunidad de 18 de Mayo intenta procesar lo ocurrido. El shock colectivo es evidente en cada testimonio. La sensación de seguridad que caracterizaba al pueblo se ha roto. Ahora los vecinos miran con otros ojos las casas cercanas.

La mutilación de los cuerpos agrega un elemento perturbador al caso. No fue suficiente con quitarles la vida. El homicida necesitó desmembrarlos con una sierra. Este nivel de violencia sugiere una perturbación profunda.

Las distintas versiones que ofreció el agresor complican el panorama. Primero culpó a encapuchados imaginarios. Luego habló de una película de terror. Finalmente admitió su odio hacia las víctimas. Esta inconsistencia dificulta establecer su estado mental.

Los compañeros de trabajo del capataz fueron fundamentales en este caso. Su insistencia ante las respuestas evasivas del hijo salvó la investigación. De no haber presionado, quizás el crimen habría permanecido oculto más tiempo. Su intuición fue acertada.

La presencia de la motosierra en la escena del crimen resulta escalofriante. Es el instrumento que transformó un triple homicidio en algo aún más macabro. El uso de esta herramienta muestra planificación o al menos deliberación posterior.

El hermano mayor encontrado en la cocina era parte de esta familia reservada. Poco se sabe sobre la dinámica interna del hogar. Los vecinos solo veían la superficie. Debajo de esa aparente normalidad se gestaba una violencia inimaginable.

La madre, compañera de barrio de Ana, tampoco dejaba ver conflictos. Su relación con el hijo homicida permanece como un misterio. Qué pudo generar tanto odio es una pregunta sin respuesta clara. Las investigaciones buscarán reconstruir esa historia familiar.

El galpón donde se encontraron más restos humanos agrega otra capa de horror. El agresor había distribuido las partes de los cuerpos. Este comportamiento sugiere un intento de ocultar evidencias. O quizás responde a una lógica perturbada imposible de comprender.

La justicia uruguaya enfrenta ahora un caso complejo y mediático. Deberá determinar la responsabilidad penal del joven de 27 años. También necesitará establecer si actuó en pleno uso de sus facultades. El proceso será largo y minucioso.

18 de Mayo tardará en recuperarse de este trauma colectivo. La imagen de los patrulleros en sus calles quedará grabada. También el conocimiento de que la violencia extrema puede surgir donde menos se espera. La inocencia del pueblo se perdió aquella noche de martes.

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