En el corazón de la Amazonía colombiana, específicamente en el municipio de Solano, Caquetá, cinco comunidades indígenas están escribiendo una historia de conservación y desarrollo sostenible a través de Kabure, que significa “aliento de vida” en su lengua nativa.
La abuela Irma García, del Resguardo El Quince, comparte su profunda conexión con la naturaleza mientras observa las majestuosas palmas de canangucha. “Cada planta tiene un espíritu y el de la canangucha es un espíritu potente y antiguo”, explica con sabiduría ancestral.
El proyecto Kabure, desarrollado por la Asociación de Cabildos Murui Muina del alto río Caquetá (ASCAINCA), transforma frutos amazónicos en jugos, pulpas y mermeladas. Esta iniciativa involucra a los resguardos Aguas Negras, Huitora, Coropoya, El Quince e Ismuina.
La recolección de la canangucha es un ritual familiar meticulosamente planificado. Los más ágiles escalan las palmas para cortar los racimos inferiores, mientras preservan los superiores para alimentar a especies como el guacamayo de vientre rojo.
El cacique Dionisio Vargas explica orgullosamente: “Somos conocidos como el Clan Canangucha, ella sostiene el agua y refresca la tierra. Es abundancia, porque de una sola planta brotan muchas semillitas, así mismo la comunidad abunda”.
La selección de los frutos no fue arbitraria. Los ancianos de las comunidades, basándose en los Planes de Manejo Territorial Ambiental, determinaron qué especies podían aprovecharse sosteniblemente. Además de la canangucha, incluyeron el asaí, el guacurí y el milpes.
Roberto Ordoñez, autoridad tradicional de la comunidad Ismuina, enfatiza: “Los frutos del bosque siempre los hemos llamado ‘esencia de vida’. Los abuelos los utilizaron milenariamente como alimento sano, natural”.
El proceso productivo combina sabiduría ancestral con tecnología moderna. Los frutos viajan por río hasta la planta procesadora en Solano, donde jóvenes indígenas aprenden técnicas agroindustriales sin abandonar sus tradiciones.
The Nature Conservancy (TNC) ha sido fundamental en este proceso, brindando apoyo en aspectos comerciales y fortaleciendo liderazgos comunitarios. Adriana Correa, del equipo de TNC Colombia, describe el proyecto como un modelo de socio-bioeconomía.
Justina Gómez, líder de la comunidad Ismuina, resalta los beneficios económicos: “Este emprendimiento hace que nuestras familias salgan adelante y que nuestros frutos se conozcan”.
En un contexto donde la deforestación amenaza la biodiversidad de Solano, Kabure emerge como símbolo de resistencia. Las comunidades demuestran que es posible desarrollar empresas sostenibles mientras preservan su cultura y protegen la selva.
Los calendarios ecológicos tradicionales guían los ciclos de recolección, respetando los tiempos naturales de cada especie. Este conocimiento ancestral se transmite a las nuevas generaciones a través de la práctica directa.
Sebastián Vargas, joven gobernador del resguardo El Quince, resume la visión del proyecto: “Queremos demostrar que los pueblos indígenas también podemos hacer nuestras propias empresas, siguiendo nuestra cultura y tradiciones, sin perder nuestro fin de cuidar la naturaleza”.
La maloca, espacio sagrado de reunión, continúa siendo el centro donde se toman las decisiones importantes. Allí, entre rituales y conversaciones, se mantiene vivo el espíritu de Kabure como puente entre la tradición y la innovación.