Colombia atraviesa una paradoja turística que desafía las lógicas tradicionales del sector. Por un lado, el país recibió seis millones de visitantes en 2025. Por otro, los hoteles enfrentan una contracción sostenida de sus ingresos y ocupación.

El gasto de extranjeros alcanzó un récord histórico de USD 9.427 millones, según Corficolombiana. Sin embargo, este dinamismo no se traduce en mejores resultados para el alojamiento convencional. Algo fundamental cambió en la forma como los turistas consumen hospedaje.

El flujo de viajeros se mantiene alto pese a una caída de 15 % frente a 2024. Aun así, los números actuales superan en 45 % los niveles previos a la pandemia. La demanda existe, pero se distribuye de manera diferente.

Los ingresos hoteleros reales retrocedieron 2,9 % en 2025, según el informe de Corficolombiana. Además, la ocupación pasó de 51 % a 50 %, consolidando una tendencia descendente desde 2023. Esta caída no responde a falta de turistas sino a su redistribución.

El sector de alojamiento y restaurantes creció apenas 0,5 % en 2025. En contraste, la economía general avanzó 2,6 % durante el mismo período. En el último trimestre, el sector incluso registró una contracción de 0,9 %.

Los restaurantes sostienen las cifras agregadas del sector mientras los hoteles transitan un carril distinto. Ese carril, además, viene en bajada pronunciada desde hace tres años consecutivos.

Los extranjeros no residentes acumulan cinco años de crecimiento ininterrumpido. Actualmente, superan en 66 % los niveles registrados antes de la pandemia. El turismo interno, aunque cedió 1,2 % en 2025, todavía supera en 10 % las cifras de 2023.

En los primeros meses de 2026, el turismo doméstico vuelve a mostrar señales de crecimiento. Por lo tanto, el problema no radica en la cantidad de viajeros. La cuestión central es dónde eligen quedarse.

Las viviendas turísticas registradas crecieron 635 % desde la pandemia, según el análisis de Corficolombiana. Esta velocidad multiplica por 22 el crecimiento del alojamiento tradicional. Actualmente existen más de 76.000 viviendas turísticas frente a cerca de 20.000 establecimientos formales.

Antes de 2021, la proporción era inversa: los hoteles superaban ampliamente a las viviendas turísticas. “La magnitud de este fenómeno es elocuente”, advierte el análisis de Corficolombiana. El turista llega, gasta, pero cada vez se queda por fuera del circuito hotelero clásico.

Las preferencias de los viajeros explican parte de este desplazamiento hacia plataformas digitales. Las viviendas turísticas ofrecen más espacio, cocina propia y mayor privacidad. Además, resultan más convenientes para grupos familiares o de amigos.

No obstante, las reglas del juego no son las mismas para ambos tipos de alojamiento. Según Cotelco, el 61 % de las propiedades ofrecidas en plataformas no está inscrito. Específicamente, no figura en el Registro Nacional de Turismo que exige el Estado.

Esta informalidad reduce costos y exigencias para quienes operan viviendas turísticas sin registro. Las propiedades formalmente registradas pagan contribuciones como Fontur y el ICA. Los hoteles, además, cargan con una estructura laboral y operativa considerablemente más pesada.

“Una proporción significativa de su oferta estarían operando por fuera del sector formal”, señala el informe. Este desequilibrio competitivo se refleja directamente en los resultados financieros de los hoteles tradicionales.

Mientras la demanda se desplaza hacia opciones informales, los costos operativos de los hoteles suben. La energía se encareció por la sobretasa del 20 % aplicada al sector. El agua y el gas aumentaron por encima de la inflación sectorial promedio.

El servicio de aseo también presiona los márgenes operativos de los establecimientos formales. Cada uno de estos incrementos, por separado, resulta manejable. Sin embargo, la suma acumulada representa un desafío significativo para la rentabilidad.

La nómina representa el 30,1 % de los costos operativos en el sector hotelero. Este porcentaje supera al de otros sectores económicos comparables. En 2025, además, este componente se encareció de manera importante.

El aumento del salario mínimo, de 23 %, empujó un crecimiento de 10,3 % en los salarios reales. La reforma laboral también ajustó jornadas de trabajo y modificó el cálculo de recargos. Este combo de medidas ya tiene efectos visibles en el empleo.

En los dos primeros meses de 2026, el empleo promedio en alojamiento cayó cerca de 6.000 personas. Es decir, menos ingresos, más costos y menos margen para sostener personal operativo. La ecuación financiera se complica para los hoteles tradicionales.

El deterioro de la seguridad en algunas zonas turísticas introduce un costo adicional menos visible. Sin embargo, este factor resulta constante y afecta tanto la percepción como la operación. A esto se suma un consumo interno que pierde fuerza gradualmente.

Menos gasto de los hogares colombianos implica menos viajes locales y menor ocupación hotelera. “El debilitamiento previsto del consumo privado, que anticipa una mayor desaceleración del turismo doméstico”, advierte el documento. El turismo interno representa el 78 % de las noches hoteleras.

El resultado es un mercado partido en dos realidades que avanzan en direcciones opuestas. Por un lado, el turismo como motor macroeconómico crece, trae divisas y gana peso. Por otro, el alojamiento tradicional no captura ese impulso en la misma proporción.

“El desacople responde a un fenómeno más estructural: el desplazamiento de la demanda hacia viviendas turísticas y plataformas digitales”, señala el informe. Esta transformación no parece temporal sino que refleja cambios profundos en el comportamiento del consumidor.

“Airbnb, una de las principales plataformas del país, reportó un impacto económico estimado superior a los 10 billones de pesos en 2024”, señala un informe de Corficolombiana. Esta cifra ilustra la magnitud del fenómeno y su peso en la economía nacional.

El primer frente abierto es la regulación y las reglas de juego entre competidores. Igualar condiciones entre hoteles y viviendas turísticas aparece como punto básico de equidad. Sin embargo, la implementación efectiva de estas medidas enfrenta resistencias y vacíos normativos.

El segundo frente es la seguridad en zonas turísticas y rutas de acceso. Sin control territorial efectivo, el turismo regional pierde tracción y operar se vuelve más costoso. La percepción de inseguridad afecta tanto al turista nacional como al extranjero.

El tercer frente es la demanda interna, que sostiene casi cuatro de cada cinco noches hoteleras. El debilitamiento del consumo privado amenaza esta base fundamental del sector. Además, la confianza del consumidor local muestra señales de deterioro sostenido.

La velocidad de estos tres frentes, normalmente permanentes, apremia aún más al sector hotelero tradicional. “El turismo se mantiene sólido; los establecimientos de alojamiento no necesariamente”, resumen los analistas de Corficolombiana. Esta frase sintetiza la paradoja central del momento actual.

En 2050, uno de cada cinco colombianos tendrá más de 65 años de edad. En 2070, esta proporción aumentará a uno de cada tres habitantes del país. Este cambio demográfico representa un perfil de viajero con tiempo disponible y capacidad de gasto.

Según el Parlamento Europeo, el turismo senior creció 88 % entre 2012 y 2023. Además, las proyecciones indican que esta tendencia seguiría aumentando en las próximas décadas. Este segmento ya impulsa el turismo en economías desarrolladas de Europa y Norteamérica.

Colombia quiere estar en ese mercado emergente de turismo senior y capturar su potencial. Pero necesita un sistema de alojamiento que funcione de manera competitiva y sostenible. La infraestructura actual enfrenta desafíos importantes para adaptarse a este perfil de viajero.

“Las viviendas turísticas crecieron 635 % desde la pandemia, más del 60 % opera sin registro y sin las cargas que sí enfrenta el hotel formal”, concluye el informe. Con ese punto de partida, la competencia no es simétrica ni transparente.

El sector hotelero tradicional enfrenta una encrucijada entre adaptarse o perder relevancia progresivamente. La transformación digital del turismo llegó para quedarse y redefinió las preferencias del consumidor. Mientras tanto, los costos operativos siguen aumentando sin que los ingresos acompañen esa tendencia.

La formalización de las viviendas turísticas aparece como una necesidad urgente para equilibrar el mercado. Sin embargo, la fiscalización efectiva de decenas de miles de propiedades representa un desafío administrativo considerable. La capacidad del Estado para regular este fenómeno aún está en construcción.

Los hoteles tradicionales deben repensar su propuesta de valor frente a opciones más flexibles. La experiencia del huésped, la diferenciación y la eficiencia operativa se vuelven críticas. Al mismo tiempo, necesitan condiciones regulatorias que no los pongan en desventaja estructural.

El turismo colombiano vive un momento de transformación profunda en su cadena de valor. Los ganadores y perdedores de este proceso aún están por definirse completamente. Lo que resulta claro es que el modelo tradicional enfrenta presiones sin precedentes.

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