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El relato de Álvaro Castillo sobre el robo del libro firmado por Gabriel García Márquez es una historia que combina el amor por la literatura con el dolor de una pérdida inesperada. Castillo, conocido como ‘el librovejero’, recibió de manos del Nobel una primera edición de “Cien años de soledad”, un regalo invaluable que, sin embargo, desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Todo comenzó la noche del 2 de mayo de 2015, cuando David Roa, entonces director de la ACLI, llamó a Castillo para informarle de la desaparición del libro. La noticia llegó en un momento significativo: se conmemoraba el primer aniversario de la muerte de García Márquez, y la Feria Internacional del Libro de Bogotá estaba dedicada a su memoria. Castillo había prestado generosamente 32 primeras ediciones del autor para ser exhibidas, sin imaginar que una de ellas desaparecería.

La colección de Castillo no era simplemente un conjunto de libros; cada ejemplar tenía su propia historia, un pasado que se unía al presente del librero para proyectarse hacia el futuro. La primera edición de “Cien años de soledad” que le fue robada tenía un valor sentimental incalculable. Castillo la había encontrado en Montevideo en 2006, y un año después, García Márquez la había dedicado personalmente.

El robo transformó la vida de Castillo en un caos. Las llamadas telefónicas y el asedio de la prensa se volvieron constantes, y la pregunta sobre el valor del libro se repetía una y otra vez. Para Castillo, el libro no tenía un valor monetario; su verdadero valor residía en la conexión personal con el autor y en la historia que representaba.

El 8 de mayo, la policía recuperó el libro en un operativo que Castillo describe como una “novela rocambolesca”. Sin embargo, él prefirió no conocer los detalles del operativo, limitándose a saber que el libro había sido arrojado en una tienda del barrio La Perseverancia.

A pesar de la recuperación del libro, Castillo decidió que no podía conservarlo. Un encuentro con un niño que lo reconoció y expresó su pesar por el robo le hizo darse cuenta de que el libro ya no le pertenecía solo a él, sino a todos los colombianos. Así, el 14 de mayo, entregó su colección a Colombia, permitiendo que el libro cumpliera su destino de ser parte del patrimonio cultural del país.

La historia de Castillo es un testimonio del poder de los libros para conectar a las personas y trascender el tiempo. Aunque el dolor de la pérdida fue grande, la decisión de compartir su colección con el país refleja un acto de generosidad y amor por la literatura. En última instancia, el libro firmado por García Márquez se convirtió en un símbolo de la riqueza cultural de Colombia, un legado que ahora pertenece a todos.

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