Un estudio reciente del Instituto para Abordar la Estrangulamiento reveló datos alarmantes sobre prácticas sexuales de riesgo. Casi la mitad de los adolescentes sexualmente activos en el Reino Unido participó en episodios de estrangulamiento. La investigación mostró que el 43% de los menores de 16 y 17 años estuvo involucrado en estas situaciones.
Los datos evidencian una normalización preocupante de esta conducta entre los jóvenes británicos. Entre los menores de 35 años, más de la mitad reportó experiencias similares durante encuentros sexuales. Además, casi un tercio cree erróneamente que existen formas “seguras” de realizar esta práctica peligrosa.
Las consecuencias físicas y psicológicas documentadas resultan sumamente graves para las víctimas. Un 36% de los afectados experimentó miedo durante el episodio de estrangulamiento. Por otra parte, el 21% sufrió síntomas físicos severos como mareos o pérdida de conciencia.
El estudio detectó una brecha significativa en la percepción del consentimiento entre víctimas y agresores. Los perpetradores creen en mayor proporción que su pareja aceptó voluntariamente la práctica. Sin embargo, un 1% de quienes la recibieron aseguró no haber consentido en absoluto.
La distribución por género muestra patrones diferenciados en cuanto a víctimas y perpetradores de esta conducta. La proporción de mujeres y varones víctimas resulta similar, con 52% y 47% respectivamente. No obstante, los hombres mostraron una mayor tendencia a ejercer el estrangulamiento sobre sus parejas.
Algunos casos revelan una práctica reiterada y sistemática de esta conducta potencialmente mortal. Entre quienes admitieron haber estrangulado a otra persona, un 5% lo hizo en más de 50 ocasiones. Esta frecuencia incrementa exponencialmente los riesgos de daños permanentes o incluso fatales.
Los especialistas identificaron a la pornografía como un factor clave en esta tendencia preocupante. La creciente incorporación del estrangulamiento en contenidos pornográficos convencionales ha influido directamente en los jóvenes. Por ello, el Reino Unido prohibirá antes de fin de año el acceso a material pornográfico con estrangulamientos.
Clare McGlynn, profesora de derecho en la Universidad de Durham, advirtió sobre la brutalidad de estos contenidos. McGlynn es autora del libro “Exposed: The Rise of Extreme Porn and How We Fight Back”. Según la académica, las representaciones de asfixia en la pornografía “son brutales y gráficas”.
McGlynn pidió una campaña nacional para advertir sobre los daños de esta práctica sexual riesgosa. Los perjuicios ocurren incluso cuando no quedan marcas visibles en el cuerpo de la víctima. Por tanto, la ausencia de señales externas no indica que no haya ocurrido daño interno grave.
Las consecuencias físicas inmediatas afectan a más del 20% de los participantes en estos episodios. Los encuestados reportaron dolor de cuello, mareos persistentes o tos después del estrangulamiento. Uno de cada 50 perdió el conocimiento durante el acto sexual violento.
Otros síntomas físicos graves incluyen incontinencia urinaria y pérdida de control intestinal durante el episodio. El mismo porcentaje que perdió el conocimiento experimentó problemas de incontinencia. A pesar de estos síntomas alarmantes, la mayoría no buscó atención médica profesional.
El desconocimiento sobre la gravedad de los síntomas impide que las víctimas reciban tratamiento oportuno. Muchos jóvenes no comprenden que estos signos indican daño neurológico potencialmente irreversible. Consecuentemente, los efectos a largo plazo pueden manifestarse años después del episodio inicial.
Distintas investigaciones científicas demostraron cambios cerebrales en mujeres estranguladas de manera recurrente. Los estudios identificaron signos de daño neurológico en víctimas de estrangulamiento sexual repetido. También se detectaron alteraciones vinculadas a cuadros de ansiedad y depresión de larga duración.
Casi la mitad de las personas consultadas reportó ansiedad durante o después de la experiencia. Este impacto psicológico se suma a las secuelas físicas documentadas por los investigadores. Por consiguiente, el daño integral afecta múltiples dimensiones de la salud de las víctimas.
La directora médica del Instituto para Abordar la Estrangulación, Cath White, emitió una advertencia contundente. Incluso un episodio breve puede generar secuelas permanentes en el cerebro de la víctima. White explicó que lo que algunos perciben como placer puede ser falta de oxígeno cerebral.
“Una vez que esas células mueren, no se regeneran”, señaló la doctora White sobre el daño neuronal. La repetición de la práctica incrementa el riesgo de daño nervioso, ictus y muerte. Cada episodio adicional aumenta exponencialmente la probabilidad de consecuencias fatales o discapacitantes permanentes.
Los motivos detrás de esta práctica revelan presiones sociales y dinámicas de pareja problemáticas. Solo el 38% de quienes estrangularon a otra persona lo hizo por gusto personal propio. La causa más frecuente fue el deseo expresado o percibido de la pareja sexual.
El 46% de los perpetradores citó el deseo de su pareja como razón principal. Las parejas sexuales se ubicaron como la principal influencia detrás de la decisión de realizar esta práctica. Esta dinámica sugiere presión social y expectativas distorsionadas sobre el comportamiento sexual “normal”.
Harriet Smailes, investigadora del instituto y autora del informe, contextualizó los hallazgos del estudio. Los resultados ponen en evidencia presiones y malentendidos que moldean la vida sexual de los jóvenes. Según Smailes, muchas personas creen que el estrangulamiento es una parte “normal” del sexo contemporáneo.
Otros temen lo que dirán sus parejas si no acceden a realizar esta práctica peligrosa. También hay quienes son estrangulados sin consentimiento previo y sufren daños físicos o psicológicos severos. Estas dinámicas reflejan problemas más amplios en la comunicación sexual y el consentimiento informado entre jóvenes.
El marco legal británico ha evolucionado para abordar específicamente esta problemática en los últimos años. En 2021, el Reino Unido tipificó la estrangulación no mortal como un delito independiente y específico. La legislación considera que nadie puede consentir daños graves ni riesgo de muerte con fines sexuales.
La reforma legal se implementó tras un aumento en el uso de la “defensa del sexo duro”. Esta estrategia legal fue empleada por hombres acusados de asesinar o violar mujeres. Los tribunales rechazaron progresivamente este argumento al reconocer que el consentimiento no puede abarcar actos mortales.
Las estadísticas de feminicidios en el Reino Unido revelan la gravedad mortal de esta práctica. El censo elaborado por el instituto muestra que el estrangulamiento causó el 27% de las muertes. Desde 2014, al menos 550 mujeres fueron estranguladas hasta morir en el país británico.
Estas cifras sitúan el estrangulamiento como una de las principales causas de muerte violenta contra mujeres. La conexión entre la práctica sexual y la violencia letal plantea interrogantes sobre la normalización de conductas peligrosas. Por ende, las autoridades sanitarias y educativas enfrentan el desafío de revertir esta tendencia alarmante.
La prohibición del contenido pornográfico con estrangulamiento representa un paso en la prevención de esta conducta. Las plataformas digitales tendrán la obligación legal de bloquear dicho material antes de fin de año. Esta medida busca limitar la exposición de los jóvenes a representaciones que normalizan la violencia sexual.
Sin embargo, los expertos coinciden en que la prohibición por sí sola resulta insuficiente para abordar el problema. Se requiere una campaña educativa nacional que informe sobre los riesgos reales del estrangulamiento sexual. La educación sexual integral debe incluir información clara sobre prácticas seguras y consentimiento genuino.
Los profesionales de la salud necesitan capacitación específica para identificar y tratar víctimas de estrangulamiento sexual. Muchos síntomas pasan desapercibidos en consultas médicas porque no dejan marcas visibles externas. Por tanto, el personal sanitario debe conocer los signos sutiles de daño neurológico por asfixia.
Las instituciones educativas también tienen un rol fundamental en la prevención de esta conducta de riesgo. Los programas escolares deben abordar explícitamente los peligros del estrangulamiento durante actividades sexuales. Asimismo, es crucial desmantelar mitos sobre formas “seguras” de realizar prácticas inherentemente peligrosas.
La investigación del instituto subraya la urgencia de intervenciones multisectoriales coordinadas para proteger a los jóvenes. Los datos revelan una crisis de salud pública que requiere respuestas desde múltiples frentes simultáneamente. Únicamente mediante esfuerzos concertados se podrá revertir la normalización de esta práctica potencialmente mortal.