La madrugada del 3 de diciembre de 1967 cambió para siempre la historia de la medicina. En el Hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo, un cirujano sudafricano realizó lo imposible. Christiaan Barnard trasplantó el corazón de una mujer fallecida a un hombre moribundo. Nadie antes había logrado semejante hazaña.

Louis Washkansky despertó de la anestesia con una frase memorable. “Soy el nuevo Frankenstein”, le dijo al doctor Barnard. El comerciante de 56 años bromeaba sobre su condición única. Acababa de convertirse en el primer ser humano con el corazón de otro. Su nuevo órgano pertenecía a Dénise Darvall, una joven de 25 años. Ella había muerto en un accidente de tránsito horas antes.

Washkansky tenía motivos para estar de buen humor. Los médicos le habían dado pocas esperanzas de vida. Sus repetidas crisis cardíacas lo habían llevado al borde de la muerte. Además, sufría de diabetes aguda que complicaba su cuadro. Para él, la operación representaba la única alternativa posible.

La noticia del trasplante recorrió el mundo en cuestión de horas. Los diarios de todos los países publicaron la información en portada. En Argentina, Clarín tituló al día siguiente: “Se trasplantó un corazón”. La bajada explicaba los detalles de la hazaña médica sin precedentes. El órgano de una mujer muerta había sido injertado exitosamente.

Los argentinos seguían con particular interés estos avances cardiológicos. Meses antes, el 9 de mayo de ese año, René Favaloro había hecho historia. El cirujano argentino realizó el primer bypass coronario del mundo. Sin embargo, lo de Barnard superaba cualquier expectativa previa. Parecía sacado de las páginas de una novela de ciencia ficción.

La referencia a “Frankenstein” de Mary Shelley no era casual. La humanidad entera leía fascinada las crónicas sobre el aspecto humano. Los detalles técnicos interesaban principalmente a la comunidad médica. El resto del público quería conocer las historias personales involucradas.

Louis Washkansky era dueño de una tienda en Sudáfrica. Llevaba días internado en el Hospital Groote Schuur esperando lo inevitable. Los especialistas lo habían prácticamente desahuciado por su grave condición. Su cuerpo estaba tan deteriorado que la muerte parecía inminente.

La historia de Dénise Darvall conmovió a millones de personas. La joven había salido con su madre ese fatídico día. Un auto las atropelló en las calles de Ciudad del Cabo. La madre murió instantáneamente en el lugar del accidente. Dénise, en cambio, fue declarada con muerte cerebral posteriormente. Su corazón, sin embargo, seguía latiendo con fuerza.

El padre de la joven enfrentó la decisión más difícil. Acababa de perder a sus dos seres más queridos. En medio de un dolor inimaginable, aceptó donar el corazón de su hija. Nadie antes había donado ese órgano vital para trasplante. Su gesto de generosidad hizo posible la hazaña médica.

Christiaan Barnard actuó con rapidez al enterarse del accidente. Su primer desafío fue convencer a Washkansky y su esposa. La operación no tenía precedentes en la historia de la humanidad. Los riesgos eran completamente desconocidos para todos los involucrados.

La pareja le preguntó sobre las posibilidades de éxito. Barnard respondió con seguridad que eran del 80 por ciento. Probablemente ese número no era exacto, pero infundía esperanza. Para Washkansky, la alternativa era la muerte segura en días.

El cirujano explicó después su razonamiento con una metáfora. “Si un hombre es perseguido por un león en la selva cuando llega hasta el borde de un río lleno de cocodrilos se tira al agua convencido de que tiene alguna chance de llegar nadando hasta la otra orilla”, escribió Barnard. El paciente y su esposa autorizaron la operación de inmediato.

La cirugía comenzó en la madrugada del 3 de diciembre. Se prolongó durante seis horas de tensión extrema en el quirófano. Barnard fue asistido por su hermano Marius durante la operación. Un equipo de treinta profesionales participó en la hazaña histórica.

Entre ellos destacaba Hamilton Naki, cuyo papel fue fundamental. Sin embargo, su participación se mantuvo oculta durante años. Naki era negro y no tenía título de médico oficial. Era un autodidacta con habilidades quirúrgicas excepcionales desarrolladas por experiencia.

En la Sudáfrica del apartheid, Naki no tenía derecho legal. No podía practicar cirugía en pacientes blancos según las leyes racistas. Barnard lo incluyó en su equipo desafiando las restricciones de la época. En ese aspecto también fue un adelantado a su tiempo.

El cirujano sudafricano recordaría después sus emociones durante la operación. Curiosamente, no mencionó el momento de insertar el nuevo corazón. Lo que más lo conmovió fue extraer el órgano de la donante. “Fue un momento de mucha emoción. La sentí muy hondo cuando le saqué el corazón a la joven donante y pensé que era un corazón humano”, explicó Barnard.

La cirugía resultó exitosa más allá de las expectativas. Washkansky despertó estable y con buen ánimo después de la operación. Los médicos monitoreaban cada uno de sus signos vitales constantemente. El mundo entero esperaba noticias sobre su evolución.

Tres días después, otro cirujano intentó replicar la hazaña. Adrian Kantrowitz realizó un trasplante de corazón en Brooklyn, Nueva York. El receptor era un bebé que recibió el órgano de otro. Sin embargo, el pequeño paciente murió dos horas después de la cirugía.

El contraste con Washkansky era evidente para todos. El comerciante sudafricano seguía vivo y recuperándose satisfactoriamente. Los reflectores del mundo se enfocaron definitivamente en Christiaan Barnard. Ese médico de 45 años había saltado a la fama mundial.

Pocos conocían el largo camino recorrido por Barnard hasta ese momento. Su formación había sido extensa y rigurosa durante años. La idea de trasplantar un corazón no era nueva en absoluto. Lo que faltaba era el desarrollo de técnicas quirúrgicas adecuadas.

A principios del siglo XX, los científicos comenzaron las investigaciones. Alexis Carrel y Charles Guthrie realizaron los primeros trasplantes experimentales. Trabajaron con animales en los Laboratorios Hull de la Universidad de Chicago. Sus estudios sentaron las bases para futuros avances.

Frank Mann dirigía los laboratorios médicos experimentales de la Clínica Mayo. Sus investigaciones descubrieron y demostraron el fenómeno del rechazo. Los cuerpos de los animales receptores rechazaban los órganos trasplantados. Este conocimiento resultaría crucial para el desarrollo de tratamientos.

Durante las décadas de 1940 y 1950, la investigación avanzó significativamente. El médico soviético Vladimir Demikhov realizó contribuciones importantes a la cirugía cardíaca. Se le atribuye ser el primero en implantar un corazón auxiliar. En 1960 publicó “Trasplante experimental de órganos vitales” detallando sus técnicas.

Barnard había nacido en Beaufort West, Unión Sudafricana, el 8 de noviembre de 1922. Se graduó de médico en 1953 con excelentes calificaciones. Dos años después consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos. La Universidad de Minnesota le abrió las puertas a nuevos conocimientos.

En 1958 se doctoró como especialista en Cardiología en esa institución. Allí conoció a Norman E. Shumway, Adrian Kantrowitz y James Hardy. Juntos desarrollaron en la Universidad de Stanford una técnica revolucionaria. El método permitía trasplantar con éxito un corazón entre perros.

La investigación demostró que un órgano podía conservarse temporalmente. Los cirujanos extraían el corazón de un perro donante cuidadosamente. Lo conservaban en una solución salina fría a 4 grados centígrados. Posteriormente, conectaban un sistema de circulación extracorpórea al receptor.

Este sistema mantenía la circulación mientras se extraía el corazón enfermo. Luego los cirujanos cosían el órgano del donante en su lugar. Tras la sutura y la liberación de las pinzas, la sangre fluía. Sin embargo, no circulaba con normalidad hasta aplicar una descarga eléctrica.

En 1964, James Hardy dio un paso controversial pero significativo. Trasplantó el corazón de un chimpancé a un paciente humano. Boyd Rush, el receptor, falleció dos horas después de recibir el órgano. A pesar del fracaso, la experiencia aportó conocimientos valiosos.

Formado en todas estas experiencias, Barnard regresó a su país natal. Retomó su cargo de jefe de Cardiología del Hospital Groote Schuur. Estaba absolutamente decidido a hacer historia en la medicina. Quería ser el primer cirujano en trasplantar un corazón humano exitosamente.

Esa oportunidad llegó en diciembre de 1967 con el accidente de Dénise. Los tres protagonistas quedaron unidos para siempre en la historia. La donante, el receptor y el cirujano formaron una tríada memorable. Juntos cambiaron el rumbo de la medicina moderna para siempre.

Louis Washkansky sobrevivió 18 días después de la operación histórica. Murió el 21 de diciembre de 1967 por complicaciones respiratorias. Una neumonía derivada de los inmunosupresores acabó con su vida. Estos medicamentos eran necesarios para evitar el rechazo del nuevo órgano.

La muerte de Washkansky no desanimó a Barnard en absoluto. El 2 de enero de 1968 realizó un segundo trasplante cardíaco. El receptor era Philip Blaiberg, un dentista sudafricano de mediana edad. Este paciente sobrevivió diecisiete meses con su nuevo corazón.

Blaiberg murió por causas ajenas al órgano que había recibido. Por esta razón, su caso se considera el primer trasplante verdaderamente exitoso. Demostró que la técnica de Barnard era viable a largo plazo.

Los éxitos del cirujano sudafricano desataron una oleada mundial de trasplantes. En el transcurso de 1968 se realizaron aproximadamente cien operaciones similares. Hospitales de todos los continentes intentaron replicar la hazaña de Barnard.

En abril de ese año, Argentina se sumó a la lista. El cardiocirujano Miguel Bellizi realizó un trasplante en la Clínica Modelo de Lanús. Sin embargo, el paciente sobrevivió solamente cuatro días después de la operación. El resultado fue desalentador pero esperado dada la complejidad del procedimiento.

Muchas de esas operaciones tempranas fueron temerarias y precipitadas. Se realizaron sin condiciones adecuadas de infraestructura hospitalaria disponible. Los equipos médicos carecían de la experiencia necesaria en muchos casos. Los resultados fueron poco satisfactorios en la mayoría de los intentos.

Esta situación generó una gran controversia en la comunidad médica internacional. Algunos especialistas cuestionaban la ética de realizar operaciones tan riesgosas. Otros defendían el derecho de los pacientes terminales a intentarlo. El debate sobre los límites de la medicina se intensificó.

A pesar de las críticas, Barnard se había convertido en una estrella mundial. Su rostro aparecía en revistas y programas de televisión constantemente. Viajaba por el mundo dando conferencias sobre su técnica revolucionaria. La fama lo había alcanzado de manera repentina e inesperada.

El cirujano sudafricano representaba la audacia de la ciencia moderna. Había cruzado una frontera que parecía infranqueable para la humanidad. Trasplantar el corazón, el órgano símbolo de la vida misma. Esa hazaña capturó la imaginación de millones de personas.

La frase de Washkansky, “Soy el nuevo Frankenstein”, pasó a la posteridad. Resumía perfectamente la mezcla de asombro y temor que generaba el avance. La ciencia había logrado algo que parecía reservado solo a la ficción. Un ser humano vivía con el corazón de otro ser humano.

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