En medio de los debates sobre el rumbo de Bogotá hay una realidad relegada. Las profundas desigualdades territoriales estructuran la ciudad de manera invisible. Estas tensiones no se distribuyen de forma homogénea en el territorio. En los bordes urbanos se hacen más visibles e intensas. Particularmente en Usme, localidad con más de 400 mil habitantes.
Esta no es solo una desigualdad de acceso a servicios. Tampoco se limita a problemas de infraestructura básica. Es también una expresión de injusticia ambiental y social. Durante décadas, territorios como Usme han cargado con pasivos ambientales. La disposición de residuos ha recaído sobre estas comunidades. La presión de la expansión urbana ha sido constante.
La explotación minera a cielo abierto ha marcado el paisaje. Además, hay ausencia de una planificación que reconozca dinámicas rurales. Las dinámicas comunitarias tampoco han sido consideradas adecuadamente. Este modelo ha profundizado brechas históricas en el territorio. Los costos del desarrollo se trasladan a quienes menos se benefician.
Sin embargo, reducir a Usme a un escenario de crisis es incompleto. Se trata de un territorio vivo y palpitante. La vida comunitaria se sostiene en prácticas cotidianas de organización. Los procesos culturales están profundamente arraigados en la población. Las economías locales funcionan con dinámicas propias y particulares.
Existe una relación activa con la tierra por parte de los habitantes. Allí, lo comunitario no es un discurso vacío. Es una forma concreta de sostener la vida. Esto ocurre en medio de condiciones adversas y desafiantes.
El Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes es ejemplo de este potencial. Es considerado un paraíso de biodiversidad en la ciudad. Tiene una extensión de 626 hectáreas de territorio protegido. Además, cuenta con un mirador con vista 360 grados. Este espacio acopla lo rural con lo urbano de manera única.
Es un lugar ideal para el deporte y la meditación. También permite el encuentro con la naturaleza en plena ciudad. Desde allí se aprecia una vista espectacular de Bogotá. Se observan tanto la zona rural como la urbana.
Esta vitalidad comunitaria ha implicado que las comunidades asuman responsabilidades. Estas deberían estar garantizadas por el Estado colombiano. Durante años han sostenido procesos culturales sin apoyo suficiente. También han mantenido procesos educativos y territoriales con recursos limitados. Todo esto frente a una institucionalidad insuficiente y ausente.
Esta situación no puede seguir normalizándose en la ciudad. Fortalecer la vida comunitaria no significa trasladar obligaciones públicas. Significa construir un nuevo equilibrio entre Estado y comunidad. Se necesita una institucionalidad que garantice derechos y condiciones dignas. Al mismo tiempo, debe reconocer y potenciar la autonomía organizativa existente.
Uno de los escenarios donde esta tensión se hace evidente es el sistema cultural. En particular, el sector bibliotecario enfrenta dificultades relacionadas con la sostenibilidad. La estabilidad de los equipos de trabajo es precaria. La capacidad de respuesta frente a demandas territoriales es limitada.
Esto no solo afecta la operación de los servicios públicos. También limita el acceso efectivo a la cultura como derecho fundamental. En territorios como Usme, estas limitaciones se profundizan significativamente. Las brechas en infraestructura y cobertura son más evidentes.
La capacidad instalada resulta insuficiente frente a la magnitud del territorio. La diversidad de necesidades es difícil de atender adecuadamente. Especialmente en contextos donde convergen dinámicas urbanas y rurales. Aun así, se han sostenido procesos significativos de mediación cultural. El trabajo de lectura y mediación comunitaria continúa activo.
Estos procesos evidencian el potencial existente cuando hay condiciones mínimas. El problema no es la falta de capacidades locales. Es la ausencia de una apuesta estructural que permita fortalecerlas. También falta la posibilidad de expandir estos procesos territoriales.
La discusión no puede limitarse a contener el déficit actual. Debe transformarlo en oportunidad de desarrollo y crecimiento. ¿Cómo ampliar la infraestructura cultural en estos territorios? ¿Cómo diversificar los espacios de mediación en lo urbano? ¿Cómo hacer lo mismo en lo rural?
¿Cómo ofrecer alternativas reales para las juventudes en riesgo? A esto se suma una falla estructural en el modelo de ciudad. La expansión urbana no ha estado acompañada de infraestructura social. Tampoco ha venido con infraestructura cultural y comunitaria suficiente.
La falta de espacios públicos de calidad es evidente. Faltan centros culturales en muchas zonas de la localidad. Los escenarios de encuentro son insuficientes para la población. Esto limita las posibilidades de organización y creación comunitaria. Esta carencia no es solo física o material. Es una forma de exclusión social y cultural.
Al mismo tiempo, el sur de Bogotá cumple un papel estratégico. En términos ambientales, Usme es clave para la sostenibilidad. Sus ecosistemas son fundamentales para el equilibrio de la ciudad. Las fuentes hídricas nacen y se alimentan en este territorio. La biodiversidad presente es rica y variada.
Su carácter rural lo convierte en territorio fundamental para la adaptación. La adaptación al cambio climático depende de estos espacios. Protegerlo implica reconocer a las comunidades campesinas como actores centrales. Ellas son quienes cuidan el territorio día a día.
En este punto, la vida campesina deja de ser marginal. Se convierte en estratégica para el futuro de la ciudad. Garantizar su permanencia es una necesidad urgente e impostergable. Reconocer sus saberes ancestrales es fundamental para la sostenibilidad. Fortalecer su relación con el territorio es una apuesta necesaria.
Esto permite construir sostenibilidad y equilibrio territorial a largo plazo. Es en este cruce de dimensiones donde surge una oportunidad. El Parque Arqueológico y del Patrimonio Cultural de Usme emerge como posibilidad. Más que un espacio de conservación puede ser mucho más.
Puede consolidarse como un eje de articulación entre patrimonio y memoria. También entre cultura y vida campesina en el territorio. No se trata de preservar el pasado como objeto estático. Se trata de reconocer el territorio como espacio habitado. La memoria es una práctica viva en estas comunidades.
Desde esta perspectiva, fortalecer la cultura es fundamental. El deporte y la educación no son un lujo. No son un gasto prescindible en tiempos de crisis. Es una apuesta directa por la prevención de violencias. También por la generación de oportunidades para las juventudes. Y por la reconstrucción del tejido social deteriorado.
Reducir o subordinar estos sectores no solo desconoce avances importantes. Implica un retroceso en la construcción de bienestar colectivo. En este punto, es necesario ser contundentes y claros. No podemos permitir que se instale la idea de reducir estos sectores.
Tampoco de fusionar o debilitar sectores como la cultura. El deporte y la educación no son estructuras intercambiables. No son cargas prescindibles del Estado colombiano. Son, en esencia, la oportunidad concreta de transformar la vida. Allí se abren caminos para las juventudes del territorio.
Se fortalecen los procesos comunitarios de base y organización. Se construyen alternativas reales frente a la violencia y la exclusión. Debilitar estos sectores sería renunciar a una herramienta potente. Es una de las más efectivas para construir equidad y futuro.
Por eso, se hace un llamado firme a los territorios. A las organizaciones sociales y al sector cultural también. Es necesario avanzar en la construcción de un acuerdo amplio. Debe ser un acuerdo vinculante que comprometa a quienes aspiran a gobernar.
Se invita a Iván Cepeda Castro y a Aida Quilcué a asumir este compromiso. No como un gesto simbólico ni como una firma más. Sino como una responsabilidad ética y política con el país. Garantizar el fortalecimiento real de la cultura es fundamental. También del deporte y la educación en cada territorio.
Esto debe ser la base de una transformación profunda. Una transformación duradera que cambie las condiciones estructurales. Porque es en estos espacios donde se construyen comunidades reales. Donde se sostienen los territorios en el día a día.
Y donde realmente se define el futuro de la ciudad. También el futuro del país en las próximas décadas. Usme representa una apuesta biocultural que puede transformar vidas. Puede cambiar la forma en que entendemos el desarrollo urbano. Y la manera en que construimos ciudad desde los territorios.