Una persona camina por un monumento improvisado en la Plaza de la Independencia de Kiev. Es el 23 de febrero de 2026. Se cumplen cuatro años del conflicto con Rusia.
“Si no escuchas una explosión, puedes volver a dormir”, escribió Steffen en Telegram. Era la tercera vez que sonaba la sirena de ataque. Ocurrió en la madrugada del 27 de junio del año pasado. Además, envió una foto del puf en su baño. Allí intenta descansar cada vez que se activa la alerta de bombardeo.
Desde entonces, los ataques de la Federación Rusa se han intensificado en todo el país. Por ello, la realidad en Ucrania se vive como la peste del insomnio de Macondo. Aquella que atacó al pueblo en Cien años de soledad.
Los ucranianos están acostumbrados a llevar las noches sin dormir. También sin electricidad. Tampoco tienen calefacción en un invierno con temperaturas de -20 grados. Así, el día a día de la guerra después de cuatro años toma tintes más surrealistas.
“La vida en pausa”, lo llamó Iryna. Es un acierto que describe cómo 30 millones de ucranianos atraviesan la guerra. Ella trabaja como psicóloga para una ONG en el occidente del país. Además, cuenta que la vida se ve estancada en un limbo. Se encuentra entre el antes y después del 2022. De no haber un cese al fuego permanente, hacer planes a futuro dejó de tener sentido.
“Toda la vida está en pausa”, afirma. “Estamos esperando a que los hombres vuelvan para poder vivir”. Se refiere a padres, esposos, hermanos, hijos y abuelos que están en el ejército. Asimismo, la mayoría de las mujeres están criando a sus hijos mientras trabajan. También ven a sus esposos en el frente.
“En cualquier momento esperan una llamada”, explica Iryna. En esa llamada les dirían que su esposo o sus hijos están muertos. “Es una constante incertidumbre en la que la muerte se volvió costumbre”, comenta.
Desde su trabajo, Iryna describe cómo varias de sus compañeras han desistido de casarse. También han abandonado la idea de tener una familia. Esto ocurre por la presión de la guerra y la falta de hombres en el país.
La realidad es clara. Al caminar por las calles de Ucrania la falta de hombres es evidente. A los únicos que se ve les falta una extremidad. Otros tienen heridas evidentes. Además, muchos se encuentran en rehabilitación médica o por consumo de sustancias tras volver del frente.
“Después de estos años vemos que los hombres no vuelven siendo los mismos”, señala Iryna. En otros casos, incluso desde el embarazo, muchas mujeres saben algo. Es muy probable que los hijos crezcan sin un papá. Esto lo saben aun antes de que nazca su bebé.
Cada día muchos chicos jóvenes se unen al ejército. Tienen entre 20 y 22 años. Lo hacen por la presión de la guerra. Por consiguiente, tener una novia o una esposa pasa a segundo plano.
Por la ley marcial, todos los hombres están obligados a servir en el ejército. Deben tener entre 25 y 60 años. Recientemente, el gobierno ucraniano aprobó una norma. Esta permite a los jóvenes de 18 a 20 años evitar la conscripción forzada. Pueden estudiar una carrera universitaria en Ucrania o salir del país.
Sin embargo, a pesar de la flexibilización, muchos han optado por unirse al combate. Algunos lo hacen incluso desde los 19 años. Otros en edad militar están escondidos en sus casas para evitar el reclutamiento.
Entre ellos está Zhenia. No ha abandonado su apartamento desde 2024. Esto ocurre a pesar de que la línea del frente se acerca cada día más. Se acerca a la ciudad en la que encontró refugio.
Ha sido desplazado varias veces por los ataques de la Federación Rusa. También ha vivido desde lejos la muerte de su abuelo. Además, perdió una relación. Sale a escondidas a comprar mercado en el baúl de un carro. No se ha cortado el cabello en meses. Tampoco ha vuelto a su ciudad de origen desde 2014. Fue cuando comenzó la invasión en la región del Donbás, donde nació.
Cuenta que desde muy pequeño la guerra lo ha perseguido. Recuerda la atracción que le generaba la estética del ejército. Le atraían los hábitos heroicos y el patriotismo. Desde donde se encuentra hoy, confiesa algo. La presión llegaba a tal punto que no comprendía el origen del pacifismo. No entendía cualquier inclinación por el pacifismo que narraban los libros que leía.
“El rugido de la artillería de cohetes me resultaban completamente desconocidos en aquel entonces”, recuerda. Después de cuatro años, recuerda desde otro punto de vista los efectos de la guerra. Revive los primeros días de la invasión desde el momento en que tuvo que huir.
“Es muy fácil meter la vida entera en una maleta de 30 litros”, dice. Recuerda todas las dificultades. También el llanto silencioso de su mamá por las noches. Además, la ira silenciosa. “¿Todo para qué?”, se pregunta.
La respuesta es de lo más prosaica, según él. Todo esto se vive en un instinto primario por sobrevivir a cualquier precio. “Cada misil y cada dron parece la ficha de alguien en un juego”, explica. Se refiere a un juego de batalla naval. Además, uno se acostumbra más rápido a la muerte de un amigo. Más rápido que a la de cualquier otra persona.
“No hay emociones”, afirma Zhenia. “Solo ira contenida e instintos de supervivencia”.
Con la magnitud de los ataques, Iryna, Steffen y Zhenia coinciden en lo mismo. Nadie en el país hace planes de más de un día. Aseguran que cualquier indicio de la vida normal ha pasado a un segundo plano.
Para ellos y para muchas personas en Ucrania, invertir en salud ya no es una opción. Tampoco la actividad física o ir al odontólogo.
“Todos esperábamos que la guerra durara mucho tiempo”, dice Zhenia. “Pero nadie estaba preparado para que durara tanto”. Los últimos cuatro años los ha pasado repensando y volviendo sobre sus pasos. Se pregunta constantemente cómo llegó aquí. También se pregunta qué debería haber hecho distinto.
“Anoche hubo cinco ataques balísticos combinados entre misiles y drones en mi ciudad”, relata. “Quiero vivir, todos quieren vivir”.
Desde la vida militar y civil muchos dicen estar preparados. Están preparados para que la guerra no acabe pronto. Viven en la incredulidad de que haya un cese al fuego permanente.
Varios ucranianos cuentan que más allá de los ataques, la guerra también va dejando marcas. Estas marcas trascienden generaciones.
“Mi papá tiene 56 años y ambos estamos en el ejército”, comenta Steffen. Es oficial del ejército ucraniano. En su familia su tío y dos de sus primos también están cumpliendo con el servicio militar. “Somos cuatro hombres sirviendo en el ejército de entre 30 y 50 años”, añade.
Según él, desde el ejército el cansancio aumenta cada día más. Esto ocurre en quienes tenían trabajos de civiles antes de comenzar la invasión.
“Muchos hombres sienten que han perdido años prestando servicio”, explica Steffen. Aunque todos saben que esta es la naturaleza de la guerra y la vida militar, todos anhelan volver. Quieren volver a sus trabajos de civiles porque en el ejército se pierde todo el control sobre la vida.
“Y aunque sabemos que tenemos que seguir trabajando y luchando, Putin nunca va a dejarnos en paz”, afirma. Ya sea como civiles o como militares. “Los rusos quieren seguir luchando y no nos dejan opción”, agrega. “Ellos quieren esta guerra”.
Mientras desde muy lejos se discute la posibilidad de un acuerdo de paz, algo ocurre. La Fuerza Aérea ucraniana actualiza al país por redes sociales con alertas. Estas alertas describen la cantidad de drones y misiles usados durante los ataques.
Los números oscilan entre 110 y 400 drones cargados con hasta 80 kilogramos de explosivos. Estos se combinan con misiles que pueden ser lanzados en una sola noche.
La “operación militar”, como lo denomina la Federación Rusa, se ha intensificado significativamente. Esto ocurre desde junio del año pasado. Hoy sobrepasa los 1.462 días. Esto marca simbólicamente más tiempo de lo que la Unión Soviética luchó contra Alemania. Más tiempo que en la Segunda Guerra Mundial.
La realidad es que en Ucrania se viven los tiempos más difíciles. Son los más difíciles desde que empezó la invasión a gran escala en 2022.
En los últimos reportes se destaca un ataque. Este ocurrió en la madrugada del 1.° de febrero en una planta de energía. Fue en la localidad de Ternivka. Otro ataque ocurrió el 3 de febrero. Este terminó dejando al país en oscuridad absoluta y frío imperdonable. Un frío que parece no acabar.
Según las fuentes del gobierno, el primer ataque se dirigía a las minas. Estas se encuentran en la zona de una compañía energética al este del país. Como consecuencia, un bus se volvió objetivo de ataque. En ese bus los trabajadores de la planta de energía salían de turno. El ataque dejó 12 trabajadores muertos y más de siete heridos.
El segundo ataque se dirigió a dos centrales termoeléctricas del país. Dejó más de 1.100 bloques de apartamentos afectados. Además, continúa sometiendo al país entero a cortes de electricidad.
El presidente Volodímir Zelenski condenó el ataque en sus redes sociales. Lo denominó un ataque deliberado contra la población civil.
En la entrevista más reciente en Pierce Morgan Uncensored, el mandatario dijo algo. No necesita más razones del presidente Vladimir Putin para justificar la guerra. También manifestó que las lecciones de historia sobre Pedro I no son suficientes. No son suficientes para manipular las conversaciones diplomáticas sobre el territorio que Rusia reclama.
Así, entre conversaciones trilaterales sobre paz y negociaciones por territorio, ocurre algo. Con una realidad distinta en el campo de batalla y en la vida cotidiana, se viven cuatro años. Cuatro años de la invasión rusa a gran escala en Ucrania.