La gente transita frente a un mural del Che Guevara en La Habana. Es martes 17 de febrero de 2026. La imagen captura un momento de transformación silenciosa. Algo está cambiando en la isla.
La estrategia de la Casa Blanca respecto a Cuba es ahora evidente. Busca desmontar la fachada pública del régimen. Pretende asegurarse una ventaja estratégica decisiva. Sin embargo, no busca provocar un cambio de régimen total.
Ese es el modelo que la administración Trump siguió en Venezuela. Lo aplicó tras la extracción de Nicolás Maduro a principios de este año. Ahora parece estar replicando el enfoque en la isla comunista. La estrategia muestra continuidad y método.
Según un informe publicado el lunes por The New York Times, Donald Trump pretende apartar del poder al presidente elegido a dedo por Cuba. Se trata de Miguel Díaz-Canel. No obstante, el plan deja intacto el sistema represivo respaldado por el Ejército. Ese sistema ha gobernado el país desde la revolución de Fidel Castro en 1959.
Esta iniciativa se desarrolla en paralelo a una creciente presión económica. También incluye presión financiera destinada a obligar a La Habana. El objetivo es lograr una subordinación de facto a Washington. Además, coincide con informes sobre múltiples conversaciones entre funcionarios estadounidenses y figuras cercanas a Raúl Castro. El autócrata del régimen mantiene influencia desde las sombras.
La estrategia podría denominarse “transición contenida”. Está destinada a alterar el statu quo lo justo. Busca poner en marcha el cambio bajo la tutela de Estados Unidos. Sin embargo, no altera las dinámicas de poder subyacentes del régimen. Al menos no a corto plazo.
Al igual que en Venezuela, ofrece a Trump una gran victoria. Es material para los libros de historia. “Tendré el honor de tomar Cuba”, se jactó el presidente. Mientras tanto, trata de evitar los riesgos de disturbios civiles. También busca prevenir la migración masiva o el colapso total del Estado.
El gobierno cubano parece estar respondiendo de forma más proactiva. Quizá es consciente de que esfuerzos similares por vías extraoficiales en Venezuela e Irán acabaron dando paso a la acción militar. Las lecciones de esos casos no pasan desapercibidas en La Habana.
La semana pasada, Díaz-Canel reconoció públicamente por primera vez que se estaban llevando a cabo conversaciones. Habló de “buscar soluciones por la vía del diálogo a las diferencias bilaterales que tenemos entre las dos naciones”. Fue un reconocimiento sin precedentes. Paralelamente, su gobierno se comprometió a liberar a decenas de presos políticos.
Estas medidas fueron seguidas de promesas significativas. El régimen facilitará la participación de los cubanos en el extranjero en una economía dominada por el Estado. Incluyendo permitirles invertir y ser propietarios de negocios privados. Es un paso pequeño pero significativo hacia el capitalismo. Se alinea tanto con los intereses de la diáspora como con el impulso de Washington. La meta es fortalecer el sector privado local.
El régimen ha mostrado también su disposición a cooperar en materia de seguridad. Al mismo tiempo, rechaza enérgicamente cualquier vínculo con grupos terroristas. También niega vínculos con el lavado de dinero. Son gestos calculados para ganar credibilidad.
Todas estas señales deben tomarse en serio. Indican un punto de inflexión en la historia de Cuba. Los informes de la isla describen un panorama social frágil. Está marcado por largos apagones y una escasez cada vez mayor. Son consecuencias de décadas de mala gestión económica. La pandemia agravó la situación. También lo hizo un éxodo masivo y una fuerte caída del apoyo externo.
Políticamente aislada y acorralada por las extremas restricciones de la administración Trump a los envíos de combustible, a la dirección cubana le quedan pocas opciones. Debe entablar un diálogo con Washington. Las restricciones han sido eficaces. La presión económica alcanza niveles insostenibles.
La verdadera cuestión no es si Díaz-Canel puede ser destituido. Es cómo La Habana presentará su destitución. Debe parecer algo distinto a una humillante concesión de soberanía al imperio. La narrativa interna será crucial para el régimen.
La población de Cuba se está encogiendo rápidamente. Es una realidad demográfica que complica cualquier escenario futuro. Al mismo tiempo, el enfoque de Trump deja una cosa clara. La democracia no llegará a Cuba en el corto plazo.
Si el objetivo es forzar un cambio económico sin una apertura política significativa, las expectativas deben moderarse. Una transformación genuina parece lejana. El secretario de Estado, Marco Rubio, lo expresó sin rodeos. Fue en una reunión de la Comunidad del Caribe celebrada en St. Kitts el mes pasado.
“El statu quo de Cuba es inaceptable. Cuba necesita cambiar”, dijo Rubio. Luego añadió: “No tiene por qué cambiar de golpe. No tiene por qué cambiar de un día para otro”. Las palabras revelan una estrategia de transformación gradual. También muestran paciencia calculada.
Aquí es donde los paralelismos con Venezuela comienzan a desmoronarse. El acceso a la riqueza petrolera de Venezuela fue fundamental. Fue clave en el cálculo que llevó a apuntar contra Maduro. Cuba, por el contrario, se encuentra en primera línea de una nueva era. Es una era de militarización de la energía. Su dependencia del combustible importado la hace vulnerable.
Cuba tampoco es Venezuela en lo político. Carece de una oposición movilizada preparada para gobernar. No tiene una tradición electoral reciente ni instituciones liberales. Su más reciente e imperfecto experimento democrático se remonta a casi 75 años. La historia pesa sobre cualquier escenario de transición.
En ese sentido, una “transición contenida” podría ser la vía menos arriesgada. Es preferible a una intervención militar desestabilizadora y probablemente desastrosa. De hecho, si el plan de Trump avanza tal y como parece, no sería la primera vez. La isla ya estuvo bajo algún tipo de protectorado estadounidense. Ocurrió tras el período neocolonialista de principios del siglo XX.
La turbulenta relación entre ambos países tiene raíces profundas. La Casa Blanca bien podría declararse vencedora simplemente demostrando que es capaz de forzar acciones. Lograría lo que otras administraciones no consiguieron. Sería una victoria simbólica importante.
Pero un modelo “Raúl sin Raúl” plantea interrogantes. En él, la red de los Castro sigue ejerciendo el poder desde las sombras. Podría resultar siendo, en última instancia, una victoria demasiado diluida. Especialmente para los cubanoamericanos de Florida. Sus expectativas van mucho más allá de una reorganización cosmética.
Esa brecha entre el cambio simbólico y la transformación sustantiva conlleva riesgos políticos internos. Afecta a Trump y Rubio. Sobre todo si dar un giro a la economía y las infraestructuras de Cuba resulta más difícil de lo previsto. Las promesas deben cumplirse para mantener el apoyo político.
La transición que se está produciendo en Cuba también pone a prueba a América Latina y el Caribe. Tras años sin lograr articular una respuesta democrática coherente a la crisis de Venezuela, la región tiene ahora otra oportunidad. Puede influir en los acontecimientos. Sin embargo, las expectativas deben seguir siendo modestas.
Persisten profundas divisiones ideológicas. Continúan incluso mientras la región se inclina hacia la derecha. Los gobiernos de izquierda de México y Brasil han tendido durante mucho tiempo a idealizar el régimen cubano. Tendrán que reconocer que el cambio es inevitable.
Si quieren un lugar en la mesa, deberán ofrecer alternativas creíbles. También necesitan una voluntad genuina de mediar de manera constructiva. De lo contrario, corren el riesgo de quedar marginados una vez más por Washington. Como ocurrió en Venezuela. La geopolítica regional está en juego.
En un libro reciente, el escritor cubano Leonardo Padura reflexiona sobre la nostalgia. También sobre el desencanto que supone ver cómo La Habana cae en una decadencia irreversible. La ciudad era anteriormente conocida como el París del Caribe. Su deterioro simboliza el de toda la nación.
Ahora podría estar surgiendo una oportunidad para revertir esa trayectoria. Tanto para la capital como para la isla. Sería a través de un proceso político estrictamente controlado. La historia sugiere que simplemente no será tan rápido. Tampoco tan profundo como muchos esperan. Las transformaciones reales requieren tiempo. Exigen más que gestos superficiales.