En el estadio de Newell’s Old Boys, una pancarta desciende desde las tribunas cada vez que el equipo juega. El mensaje es claro y contundente. Los hinchas son lo único insustituible del fútbol. Marcelo Bielsa firma esta declaración. Sin embargo, el mundillo del fútbol olvida a menudo esta verdad fundamental.
Gabriel Romero rinde homenaje a todos los fanáticos en “Confesiones de un hincha”. El libro recoge su voz personal. También incluye parte de su historia vital. La obra celebra la pasión genuina del seguidor.
Decenas de hinchas alemanes cantaban frente a la catedral de Milán. Bebían cervezas y tragos de licores blancos. El Duomo di Milano servía de escenario a la fiesta. A cincuenta metros, algunos colombianos organizaban su propia celebración.
Las grabadoras al hombro sonaban con fuerza. Cumbias y vallenatos llenaban el aire. Las banderas amarillas, azules y rojas ondeaban sin cesar. Un bailarín espontáneo intentaba formar círculos a su alrededor.
El hombre se desbarataba al compás imaginario de un mapalé. Trataba de agarrarse su peluca rubia ensortijada. La fiesta se volvía cada vez más festiva. También más tensa y nerviosa.
Alemania y Colombia estaban por jugar en San Siro. El estadio se encontraba a cientos de cuadras de allí. El equipo de Francisco Maturana necesitaba como mínimo un empate. Así llegaría a la siguiente ronda.
El equipo de Franz Beckenbauer ya estaba clasificado. Faltaban dos horas para el partido. De repente, Gabriel Romero Campos salió de su jolgorio personal.
Recordó que había olvidado su bandera de Colombia en el hotel. No tenía boleta para entrar al San Siro. Eso no le importó en absoluto. Ya vería cómo resolver la situación.
A las carreras, entre buses, taxis y corridas, salió por su bandera. Luego se dirigió al estadio. Como pudo, logró comprar un boleto a doscientos y tantos dólares.
Se acomodó en la tribuna popular. Estaba arropado de amarillo, de azul y de rojo. También de su barrio y su familia. De su madre, doña Pris, y su infancia.
Recordaba los partidos de banquitas hasta que el sol se apagara. El olor a fútbol permanecía en su memoria. Los equipos salieron a la cancha finalmente.
De los parlantes del San Siro bajaron las notas musicales. “Un’estate italiana” era la canción del Mundial de Italia 1990. Romero dejó su asiento de inmediato.
Comenzó a dar vueltas hacia arriba y hacia abajo por las graderías. Iba envuelto en su trapo tricolor. No se sentó más durante todo el partido.
Gritó con todas sus fuerzas. Peleó con los alemanes que le decían quién sabía qué. Brincó sin parar durante los noventa minutos.
Sintió que la vida se acababa cuando Rincón se escapó a solas. El jugador enfrentó a Bodo Illgner, el portero alemán. Finalmente empató el partido con su gol.
Esa noche, a la madrugada y en la mañana siguiente, estaba convencido. Lo que ocurriría en adelante no importaba. Él ya había vivido lo que tenía que vivir.
Decidió que en la tarde se marcharía al puerto de Brindisi. Ahí tomaría un barco rumbo a Grecia. Sócrates, Sófocles, Heráclito esperaban en su imaginación.
Buscaba el origen de la sabiduría, de las letras y el pensamiento. Platón, Aristóteles, Diógenes y su frase “Busco un hombre” lo llamaban. Romero Campos se buscaba a sí mismo.
Quería resolver sus dudas existenciales. Deseaba llenarse de interrogantes filosóficos. Necesitaba volver a comprender el mundo. Pero el fútbol seguía allí, presente e ineludible.
La Copa del Mundo continuaba su curso. En las plazas y las estaciones de tren había más y más banderas. El canto del verano italiano resonaba por todas partes.
“Tal vez no sea una canción / Para cambiar las reglas del juego. / Pero quiero vivir esta aventura así, / Sin fronteras y con un corazón en la garganta” era también su canto. Aquella aventura estaba allí, palpitante y viva.
Él aún tenía el corazón en la garganta. Dejó a los griegos para más tarde. Tomó el primer tren que salía hacia Nápoles.
Colombia enfrentaría a Camerún por los octavos de final. En Nápoles, como en cada plaza italiana, la gente le preguntaba de dónde era. Él respondía que de Colombia con orgullo.
Su respuesta solía llevar al interlocutor a una especie de mueca. Después venía un silencio incómodo. Más tarde, pronunciaban con diéresis en la u el apellido de Higuita.
En napolitano, en toscano, en lombardo, latín, alemán o camerunés sonaban a Higüita. Él sonreía ante cada pronunciación. Asentía con la cabeza amablemente.
Levantaba el pulgar de su mano derecha. Comentaba a quien lo quisiera o pudiera escuchar. Frente a Camerún, junio 23 de 1990, Higüita sería el gran protagonista.
Lo fue, pero porque se equivocó en una jugada. Mil y una vez le había salido como había querido. Quizá el error fue de Luis Carlos Perea.
La polémica quedó en el tintero para siempre. Romero Campos tomó apuntes, quizá por su reflejo de periodista. Pasaron los meses y los años después.
Mil partidos de fútbol más se sucedieron. Algunos festejos llegaron y se fueron. Sus goles se acumularon en la memoria. Sus partidos de barrio continuaron sin cesar.
Sus corridas por las bandas derechas de cuanta cancha había en Bogotá persistieron. Pasó parte de la vida de esta manera. El fútbol continuó siendo su norte.
Sus apuntes se sucedieron en libretas diversas. El baúl de sus recuerdos se llenó gradualmente. Finalmente se desbordó de historias y vivencias. Los griegos saltaron de los libros a la realidad.
“Higuita no calculó los movimientos felinos de Milla”, escribió tiempo después. Pasadas varias décadas, plasmó esto en su libro “Confesiones de un hincha”. Y siguió escribiendo con detalle.
“Vimos esa carrera infructuosa de Higuita detrás de Milla, detrás del balón. El lamento de los que estábamos justo detrás de la portería fue inocultable. Se quedaron mudos los mexicanos que hacían fuerza por Colombia. Me envolví en la bandera que había llevado a cada partido. Nadie recriminó a Higuita.”
Unas líneas más adelante, contó que luego del partido, la noticia era Higuita. Su error ocupaba todos los titulares. La prensa actuaba de manera implacable.
“Sin misericordia le reclamaba por su irresponsabilidad (…). Me quedé pensando en que Higuita estaba contra el establecimiento, contra la ortodoxia de muchos arqueros, contra la norma de que es primero el resultado que el espectáculo. Higuita y la muerte son cercanos.”
El Mundial murió para él esa tarde de Nápoles. Pero a los pocos días, el fútbol retornó inevitablemente. Resucitó como siempre lo hace.
Romero Campos cargó con su bandera por uno y otro tren. Atravesó España, Francia, Bélgica e Inglaterra. Vio desde afuera y el gesto sombrío las tribunas del Heysel.
El estadio en las afueras de Bruselas guardaba una historia trágica. Cinco años atrás habían muerto 39 fanáticos de la Juventus. También otros amantes del fútbol en general.
Fueron arrollados por el desborde de los hoolligans de Liverpool. Pasados unos días, entró en la sagrada cancha de Wembley. Por respeto a la historia se abstuvo de pisar la grama.
Inglaterra había vencido a Alemania en ese césped para llevarse la Copa del Mundo del 66. Aún se llamaba Jules Rimet en aquellos tiempos. Habló de fútbol con quien pudo.
Vio el resto de los partidos de Italia 90 en cualquier cafetería. Podía ser de cualquiera ciudad europea. Siempre llevaba su bandera a la mano.
Escribió en diversas libretas apuntes de apuntes. Algún día, pensaba, lo guiarían para hacer un libro. Un libro de hincha auténtico y verdadero.
“En esencia, soy un hincha”, escribió con convicción. También dijo y repitió esta frase constantemente. Es “un permanente seguidor del fútbol, no para llenarme de conocimientos o pretender evidenciar que mis reflexiones o mis puntos de vista son únicos e indiscutibles.”
Había vuelto al origen porque descubrió algo fundamental. Ser hincha es la parte más noble de ese todo que es el fútbol. Los directivos son devotos de este deporte por dinero.
Los entrenadores y jugadores hacen de este juego su carrera. También es su fuente de ingresos principal. Los periodistas, en general, viven de esta profesión.
Los réditos que el balompié les deja son considerables. En el fondo, todo el mundillo del fútbol tiene un interés económico. Pero el hincha es genuino y desinteresado.
No espera nada a cambio de su pasión. Se entrega con devoción a su equipo o a su seleccionado. Ama el fútbol en todo el sentido de la palabra “amor”.
Cuando jugaba, casi siempre con el número 13 de Gerard Müller en la espalda, Romero se entregaba completamente. Trataba cada pelota como si fuera la última de la vida.
Dejaba en la cancha todas sus carreras y gambetas. Sus frenos, sus toques, los gritos quedaban allí. El sudor era prueba de su entrega.
Sus viejas ilusiones de jugar en un equipo profesional persistían. El sueño eterno de hacer un gol en el último minuto de una final lo acompañaba. Salía al campo con el cuchillo entre los dientes.
Recordaba así a Diego Simeone y su entrega. Solía cantar sus goles en el equipo que fuera. Así estuviera perdiendo seis a cero no importaba.
Su grito era ronco al comienzo del partido. Luego se afilaba con el paso de los minutos. Cada polvillo de sus cuerdas vocales terminaba por soltarse.
Grito, gol, desahogo, alegría, rabia, temor, venganza, sello y bandera. Sus goles eran su firma personal e intransferible. En los distintos arabescos de su firma siempre estuvieron metidos la pelota y el juego.
En últimas, eran y seguirían siendo su bandera. La bandera que olvidó en Milán aquella tarde. La misma que fue a buscar corriendo. La que ondeó en San Siro y en Nápoles.
De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo” aprendió mucho. También de El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín. Las revistas “Cromos” y “Calle 22” completaron su formación.
Aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras. Lo hizo para una sociedad ávida de historias. También inventó una forma distinta de difundirlas.
Romero Campos plasmó en “Confesiones de un hincha” la esencia del fanático. No el dirigente que busca poder ni el jugador que persigue gloria. Tampoco el periodista que construye su carrera sobre el deporte.
Sino el hincha puro, el que va al estadio sin más interés que vivir. El que grita hasta quedarse sin voz. El que llora derrotas como tragedias personales.
El que celebra victorias como si fueran propias. El que viaja kilómetros por ver a su equipo. El que nunca olvida su bandera.
Ese hincha que Marcelo Bielsa reconoce como lo único insustituible. Ese que llena estadios sin recibir un peso. Ese que hace del fútbol algo más que un deporte.
Gabriel Romero entendió que ser hincha es un acto de amor. Un amor incondicional, irracional, eterno. Un amor que no pide nada a cambio.
Que solo quiere estar presente, gritar, sufrir, gozar. Que convierte cada partido en una experiencia vital. Que hace de una bandera un símbolo de identidad.
Por eso escribió su libro. Por eso contó su historia. Por eso rescató del olvido aquellos apuntes de Italia 90.
Porque entendió que los hinchas merecen ser contados. Que sus historias son tan importantes como las de los jugadores. Que sin ellos, el fútbol sería solo un negocio.
Romero Campos cargó su bandera por Europa entera. La llevó a estadios míticos y plazas desconocidas. La ondeó en victorias y derrotas.
Esa bandera era más que un trozo de tela. Era su identidad, su pasión, su razón de estar allí. Era la prueba de que el hincha es genuino.
De que ama sin esperar recompensa. De que se entrega sin pedir nada. De que es, como dice Bielsa, lo único insustituible del fútbol.