En el oriente de Cali comenzó a operar una iniciativa sin precedentes. Se trata de la primera guardia afro urbana del país. Esta organización está integrada mayoritariamente por mujeres desplazadas y víctimas del conflicto armado.
El sector de Llano Verde es uno de los territorios más golpeados por la violencia. Allí surgió esta respuesta comunitaria liderada por madres cabeza de hogar. También participan lideresas comunitarias que enfrentan diariamente las consecuencias de la exclusión social.
La guardia nació en 2025 como respuesta a problemáticas urgentes y sostenidas. Los homicidios han marcado la cotidianidad de este territorio durante años. Además, el reclutamiento de jóvenes por economías ilegales amenaza constantemente a las familias. Por otro lado, la ausencia histórica del Estado ha profundizado la vulnerabilidad.
La Asociación Colombiana de Afrocolombianos Desplazados (AFRODES) impulsó esta iniciativa. Su objetivo principal es fortalecer la convivencia entre los habitantes del sector. Asimismo, busca proteger la vida de niños y adolescentes en riesgo. También preserva prácticas culturales del Pacífico colombiano en contextos urbanos marcados por la violencia.
El proceso de conformación no fue inmediato ni espontáneo. Desde 2025, la iniciativa comenzó a proyectarse con acompañamiento institucional. El Ministerio de las Culturas apoyó el proceso desde sus inicios. Esta alianza forma parte de una apuesta por fortalecer procesos culturales y organizativos.
Las cifras revelan la magnitud del problema que enfrentan estas comunidades. Según registros comunitarios, más de 350 personas han sido asesinadas en Llano Grande. Este conteo abarca desde el 2014 hasta la actualidad. En la comuna 15, donde se ubica el sector, la situación es aún más grave.
Entre 2015 y 2026 se contabilizaron 1.444 homicidios en esta comuna. Estos números reflejan una crisis humanitaria que se ha normalizado peligrosamente. Además, el Observatorio de Seguridad de Cali aporta datos preocupantes sobre la población afrodescendiente.
La población afrodescendiente concentra el 29% de los homicidios de toda la ciudad. Esta estadística evidencia una violencia con patrones raciales y territoriales claros. Por lo tanto, la guardia afro urbana representa una respuesta específica a esta realidad.
La guardia está conformada por 36 personas en total. De este grupo, 31 son mujeres y cinco son hombres. Todos realizan labores de mediación en conflictos vecinales que podrían escalar. También brindan acompañamiento directo a jóvenes en situación de riesgo.
Además, articulan sus acciones con autoridades civiles cuando es necesario. Sin embargo, no intervienen directamente en delitos graves. Su enfoque se centra en la prevención de que disputas cotidianas terminen en hechos violentos.
Buscan evitar que pequeños conflictos se transformen en tragedias irreversibles. Por eso, su presencia en el territorio es constante y cercana. Participan activamente en marchas que reclaman paz y seguridad. También organizan actos culturales que fortalecen la identidad comunitaria.
Los encuentros comunitarios por la seguridad colectiva son parte fundamental de su trabajo. Su labor se apoya en procesos culturales que rescatan tradiciones ancestrales. Asimismo, impulsan iniciativas educativas que ofrecen alternativas a los jóvenes.
Los emprendimientos comunitarios también forman parte de esta estrategia integral. Las huertas comunitarias generan alimentos y espacios de encuentro entre vecinos. Los grupos de cantoras preservan la memoria musical del Pacífico. Además, la formación en saberes ancestrales conecta a las nuevas generaciones con sus raíces.
Llano Verde enfrenta desafíos adicionales que agravan su situación. Con más de 20.000 habitantes, este territorio no está reconocido oficialmente como barrio. Esta falta de reconocimiento ha limitado históricamente la inversión social estatal.
La mayoría de los hogares tiene jefatura femenina en este sector. Estas mujeres enfrentan altos niveles de desempleo que limitan sus oportunidades. También lidian con violencia intrafamiliar que afecta la estabilidad de sus hogares.
En este contexto, la guardia afro representa mucho más que vigilancia comunitaria. Es un espacio de empoderamiento para mujeres que han sobrevivido al desplazamiento. También es una red de apoyo para quienes han sido víctimas del conflicto armado.
Las integrantes de la guardia transforman su dolor en acción colectiva. Convierten su experiencia de violencia en herramientas de prevención para otros. Así, construyen tejido social en un territorio históricamente fragmentado.
La guardia afro proyecta expandir su modelo a otros sectores del oriente de Cali. Esta expansión se concibe como estrategia de resistencia comunitaria frente a la violencia persistente. También busca proteger a la juventud de dinámicas que amenazan su futuro.
Otros barrios del oriente caleño enfrentan problemáticas similares a las de Llano Verde. Por eso, el modelo podría replicarse con adaptaciones según cada contexto específico. La experiencia acumulada por estas mujeres se convertiría en guía para nuevas guardias.
Esta iniciativa desafía narrativas tradicionales sobre seguridad y protección en las ciudades. Demuestra que las comunidades pueden generar respuestas propias ante la violencia. Además, visibiliza el liderazgo de mujeres afrodescendientes en contextos urbanos marginalizados.
Las guardias comunitarias no son nuevas en Colombia. Sin embargo, esta es la primera guardia afro urbana del país. Su carácter urbano la diferencia de guardias indígenas o campesinas tradicionalmente rurales.
También su composición mayoritariamente femenina marca un precedente importante. Históricamente, los roles de seguridad comunitaria han sido ocupados principalmente por hombres. En Llano Verde, las mujeres asumen este rol desde sus propias experiencias y saberes.
El liderazgo femenino aporta enfoques diferentes a la resolución de conflictos. Las estrategias de mediación priorizan el diálogo y la reconstrucción de relaciones. Asimismo, incorporan perspectivas de cuidado que consideran el bienestar integral de las familias.
La dimensión cultural de esta guardia es fundamental para comprender su alcance. No se trata únicamente de prevenir delitos o mediar conflictos. También busca preservar identidades afrocolombianas amenazadas por la violencia y el desarraigo.
Las prácticas culturales del Pacífico colombiano se mantienen vivas en Llano Verde. A pesar del desplazamiento forzado, estas comunidades conservan sus tradiciones. La guardia afro protege este patrimonio inmaterial como parte de su labor.
Los cantos, las comidas, las formas de organización comunitaria son parte de esta herencia. Estos elementos culturales fortalecen la identidad colectiva en medio de la adversidad. Por lo tanto, defenderlos es también una forma de resistencia.
El acompañamiento del Ministerio de las Culturas reconoce esta dimensión del proceso. No se trata solo de seguridad, sino de cultura y territorio. Esta perspectiva integral amplía las posibilidades de transformación social.
Las economías ilegales ejercen presión constante sobre los jóvenes del sector. Ante la falta de oportunidades legales, muchos son reclutados por grupos armados. También son cooptados por redes de narcotráfico que operan en el territorio.
La guardia afro ofrece alternativas concretas a estos jóvenes en riesgo. El acompañamiento personalizado genera vínculos de confianza que pueden salvar vidas. Además, las actividades culturales y productivas abren caminos diferentes al de la ilegalidad.
Las huertas comunitarias enseñan oficios y generan ingresos modestos pero dignos. Los grupos culturales ofrecen espacios de expresión y pertenencia. Estos espacios compiten directamente con la seducción de las economías criminales.
La articulación con autoridades civiles es otro aspecto clave del trabajo de la guardia. Aunque mantienen autonomía comunitaria, reconocen la importancia de coordinar con instituciones estatales. Esta relación permite canalizar casos que requieren intervención oficial.
Sin embargo, la relación con el Estado sigue siendo compleja y contradictoria. La ausencia histórica de inversión social contrasta con las demandas de orden público. Las comunidades han tenido que organizarse ante el abandono institucional.
La guardia afro evidencia esta contradicción al asumir funciones que deberían ser estatales. Al mismo tiempo, demuestra la capacidad organizativa de comunidades históricamente excluidas. Su existencia es simultáneamente una denuncia y una propuesta.
El reconocimiento oficial de Llano Verde como barrio es una demanda pendiente. Este reconocimiento desbloquearía recursos para infraestructura, educación y salud. También facilitaría la titulación de predios y el acceso a servicios básicos.
Mientras tanto, las mujeres de la guardia trabajan con los recursos disponibles. Su compromiso no depende de reconocimientos formales o apoyos institucionales. Nace de la urgencia de proteger a sus hijos y a su comunidad.
Esta autonomía comunitaria es una fortaleza del proceso. No esperan que soluciones lleguen desde afuera para comenzar a actuar. Construyen alternativas desde abajo, desde la experiencia cotidiana del territorio.
El modelo de guardia afro urbana podría inspirar procesos similares en otras ciudades. Muchas urbes colombianas tienen barrios con características parecidas a Llano Verde. Comunidades afrodescendientes desplazadas enfrentan violencias similares en diferentes contextos urbanos.
La sistematización de esta experiencia sería valiosa para otros territorios. Documentar aciertos, dificultades y aprendizajes facilitaría la réplica del modelo. Además, fortalecería redes entre guardias comunitarias de diferentes regiones.
El intercambio de experiencias entre guardias urbanas y rurales también enriquecería los procesos. Aunque los contextos difieren, enfrentan desafíos comunes relacionados con la violencia. Compartir estrategias ampliaría el repertorio de respuestas comunitarias.
Las 31 mujeres que lideran esta guardia son sobrevivientes de múltiples violencias. Han enfrentado el desplazamiento forzado que las arrancó de sus territorios ancestrales. También han sobrevivido a la violencia urbana que amenaza diariamente a sus familias.
Muchas han perdido hijos, hermanos o compañeros en hechos violentos. Este dolor podría haberlas paralizado o llenado de resentimiento. Sin embargo, lo transformaron en motor para proteger a otros.
Su liderazgo emerge de la experiencia vivida, no de títulos académicos o cargos formales. Conocen la violencia desde adentro y por eso saben cómo prevenirla. Entienden las dinámicas del territorio porque lo habitan y lo sufren.
La jefatura femenina de hogar es realidad para la mayoría en Llano Verde. Estas mujeres sostienen económica y emocionalmente a sus familias sin apoyo masculino. Además, asumen roles comunitarios que exigen tiempo y dedicación adicional.
Participar en la guardia implica sacrificios personales y familiares. Requiere disponibilidad para mediar conflictos a cualquier hora. También demanda presencia en espacios públicos que pueden resultar peligrosos.
A pesar de estos riesgos, estas mujeres eligen involucrarse activamente. Su motivación principal es proteger a las nuevas generaciones. Buscan que sus hijos crezcan en un entorno diferente al que ellas conocieron.
La violencia intrafamiliar es otro flagelo que enfrentan muchas de estas mujeres. Esta violencia se suma a la inseguridad del barrio y a la precariedad económica. Sin embargo, la guardia también aborda esta problemática desde la prevención y el acompañamiento.
Los procesos de mediación incluyen conflictos al interior de los hogares. Las guardias intervienen cuando hay riesgo para mujeres o niños. Ofrecen rutas de atención y acompañamiento para romper ciclos de violencia.
Este trabajo es particularmente sensible porque involucra a vecinos y conocidos. Requiere equilibrio entre respeto a la privacidad y protección de víctimas. Las guardias desarrollan estas habilidades a través de la práctica y la formación continua.
Los cinco hombres que integran la guardia también desempeñan roles importantes. Su participación desafía estereotipos de masculinidad asociados a la violencia. Demuestran que los hombres pueden involucrarse en cuidado y mediación comunitaria.
Además, su presencia facilita el diálogo con otros hombres del barrio. En ciertos contextos, pueden mediar conflictos donde la intervención femenina sería rechazada. Así, la composición mixta amplía las posibilidades de acción de la guardia.
La colaboración entre hombres y mujeres en la guardia modela relaciones de género más equitativas. Todos participan en igualdad de condiciones en las decisiones colectivas. Esta dinámica interna también es pedagógica para la comunidad.
Las marchas organizadas por la guardia visibilizan las demandas del territorio. Reclaman atención estatal, inversión social y respeto a los derechos humanos. También denuncian la violencia que se ha normalizado peligrosamente.
Estas movilizaciones convocan a toda la comunidad, no solo a integrantes de la guardia. Familias enteras participan en actos que reclaman paz y dignidad. Así, se construye conciencia colectiva sobre las problemáticas compartidas.
Los actos culturales cumplen funciones similares desde otro lenguaje. La música, la danza y las expresiones artísticas afrocolombianas ocupan el espacio público. Disputan territorios que la violencia intenta dominar con miedo.
Cada presentación de grupos de cantoras es un acto de resistencia cultural. Cada jornada en las huertas comunitarias es una apuesta por la vida. Estas acciones cotidianas tejen alternativas frente a la muerte y la desesperanza.
La formación en saberes ancestrales conecta a niños y jóvenes con su herencia cultural. Aprenden sobre plantas medicinales, técnicas agrícolas tradicionales y cosmovisiones afropacíficas. Este conocimiento fortalece su identidad y autoestima.
Muchos jóvenes en Llano Verde crecen avergonzados de su origen afrocolombiano. El racismo estructural y la discriminación minan su valoración propia. Los procesos culturales impulsados por la guardia contrarrestan estos mensajes negativos.
Al conocer la riqueza de sus tradiciones, los jóvenes reconstruyen orgullo identitario. Comprenden que pertenecen a comunidades con historia, sabiduría y resistencia. Esta conciencia los fortalece frente a múltiples adversidades.
La guardia afro urbana de Llano Verde es, en definitiva, mucho más que seguridad comunitaria. Es un proceso integral de resistencia, cuidado y construcción de alternativas. Combina prevención de violencia con preservación cultural y organización comunitaria.
Las mujeres que la lideran encarnan la capacidad transformadora