Liza Minnelli se sienta hoy en el umbral de los ochenta años. Las piernas recogidas en un abrazo, observa su vida pasar. Brillos, abismos, cenizas y resucitaciones desfilan ante ella. También idas, regresos y un pedazo de gloria. Años aspirando el polvo de los escenarios completan el cuadro. La música siempre estuvo presente, sin falta.

La artista asegura que esta edad no la sorprende. Todavía se siente como una chica de cinco años. Por eso escribió un libro de memorias titulado “Kids, wait till you hear this”. En español significa “Chicos, esperen a escuchar esto”. El lanzamiento está previsto para estos días. Habrá que prepararse y esperar con paciencia.

A sus ochenta años, Liza pone las cuentas en claro. También hace las paces con su madre, Judy Garland. Esa mujer marcó su vida y carrera profundamente. No siempre fue para bien ese influjo materno. Vincente Minnelli, su padre, también la marcó significativamente. Él representaba otra leyenda de Hollywood, diferente pero igualmente poderosa.

Los ochenta años parecen una edad apropiada para reconciliarse. Es momento de aclarar lo que permanece oscuro. También de descifrar lo que nunca se dijo. Para hacer las paces con una madre, cualquier edad sirve. Sin embargo, esta etapa vital ofrece perspectiva única.

Resulta curioso que Liza haya clavado su infancia en los cinco años. Ese no fue un buen año para la pequeña. Había nacido célebre aunque todavía no lo sabía. Sus padres acababan de divorciarse en aquel momento. Ella pasaba unos días con Judy primero.

Luego caminaba tres o cuatro cuadras por Beverly Hills. Ese paraíso de calles anchas era el corazón de Hollywood. Después pasaba otros días con Vincente en su casa. Esa situación parte el corazón de cualquier niño. El dolor de la separación la acompañó siempre.

Una tarde de 1951, Liza se aburre terriblemente en casa de Vincente. La visita resulta tediosa, sin nada para hacer. El papá le pregunta qué quiere hacer en ese momento. Ella contesta lo esperable de una chica con el corazón quebrado. “No sé”, dice simplemente, sin mucha convicción.

El padre cambia entonces la pregunta con astucia. “Liza, ¿quién te gustaría ser hoy?”, le pregunta. Ella queda deslumbrada por la posibilidad de imaginar. “Una bailarina española”, contesta con los ojos brillantes. Esa respuesta cambiaría todo en su percepción del mundo.

Ambos salen hacia un drugstore vecino a comprar materiales. Necesitan los bártulos, avíos y ajuares para fabricar una bailarina. Un poco de plástico negro entra en la bolsa. Una seda basta de un rojo trepidante se suma. Unos aros flamencos “Made in USA” completan la compra. Otras chucherías de colores terminan la lista de provisiones.

En casa, la chica del corazón roto baila para su padre. Vincente queda embobado observando la improvisada actuación. La nena, sin saberlo, acaba de intuir algo fundamental. Descubre que la vida es un cabaret, un espectáculo continuo.

Con los años, Liza recordará a Vincente con emoción profunda. “Estaba locamente enamorada de mi padre”, confesará. “Lo echo mucho de menos”, agregará con nostalgia. “Me regaló mis sueños y ese es un regalo enorme”, concluirá.

Muchos años después de aquella tarde española, algo significativo ocurre. En septiembre de 2012, la ya célebre Liza Minnelli canta. El Luna Park de Buenos Aires la recibe con entusiasmo. Ella aparece enfundada en un brillante traje negro. El cuello está arropado por una seda finísima color rojo trepidante. El círculo se cierra de manera simbólica y emotiva.

El corazón roto de un niño no sana nunca completamente. Se emparcha, se recauchuta, se fortalece con el tiempo. Crece, se ennoblece o no, late y se acelera. Pero no es lo mismo que un corazón intacto. A menudo, lo vulnerable se transforma en fortaleza inesperada.

El talento ayuda mucho en ese proceso de transformación. La pasión empuja hacia adelante con fuerza imparable. Encontrar un lugar en el mundo evita tragedias mayores. Pero no siempre alcanza para sanar las heridas profundas. El lugar en el mundo de Liza fue el escenario.

Quiso bailar y aprendió a hacerlo con dedicación absoluta. Pero la mamá la llevó por el riel de su vida artística. Liza cantó entonces con una voz única y especial. Era una voz potente, clara y abierta al público. Tenía una fuerza descomunal, desconocida hasta entonces. Tal vez esa fuerza resultaba incontrolable a veces.

Se convertía en un aluvión en escena cada vez que actuaba. Si cantar salvó la vida a Liza, interpretar le dio sentido. Interpretar lo que cantaba la conectaba con su esencia. Esa combinación resultó mágica para el público y para ella.

Liza cantó y contó su vida en los escenarios constantemente. También lo hizo en sus películas más memorables. Sally Bowles fue uno de sus personajes más icónicos. La chica del cabaret alemán, el Kit Kat Club, observa. Mira nacer y crecer el nazismo con horror creciente.

Mientras tanto, se enamora en medio del caos histórico. En medio de un triángulo amoroso, pelea por su amor. Lo hace a su manera, con la determinación que la caracteriza. También canta cada noche a ese mundo que se derrumba. Canta a ese amor condenado al adiós inevitable. Se aferra al salvavidas de su arte desesperadamente.

Otro de sus personajes célebres pero poco conocidos es Pookie Adams. La muchacha buscaba desesperada un poco de amor sincero. Aparece en “The Sterile Cuckoo”, traducido como “El cucú estéril”. Es una película del gran Alan Pakula, director magistral. En Argentina, por extraña alquimia, se llamó “Los años verdes”.

Pookie también era una chica de corazón roto inevitable. Vestía de fuerza su vulnerabilidad con valentía admirable. Creía que las hojas del otoño eran bellas. Lo eran porque se estaban muriendo lentamente. Esa melancolía definía su visión del mundo y del amor.

“Los Años Verdes” inició un raro vínculo con Argentina. Una de las escenas más brillantes encierra cinco minutos. Son cinco minutos del mejor cine del mundo entero. Pookie Adams-Liza, encerrada en una cabina telefónica, suplica. Le pide a su enamorado que no la deje sola.

Es un monumento a la actuación cinematográfica pura. Le valió la candidatura al Oscar en 1969 merecidamente. Pero no lo ganó en aquella ocasión memorable. Se lo llevó Maggie Smith por “La primavera de una solterona”. Aquel era un año brillante del cine americano sin precedentes.

“Perdidos en la noche”, “Ana de los mil días” competían. “Butch Cassidy”, “¿Acaso no matan a los caballos?” también estaban nominadas. Robert Redford, Paul Newman, Dustin Hoffman brillaban en pantalla. Jon Voight, Richard Burton, Peter O’Toole completaban el elenco estelar. Siguen las firmas de aquella época dorada del séptimo arte.

Liza no ganó el Oscar esa vez por “Los años verdes”. Pero sí ganó en Argentina el Cóndor de Oro. Fue a la Mejor Actriz del Festival Internacional de Cine. El evento se celebró en Mar del Plata en 1970. No pudo venir al Festival en aquella oportunidad.

Así que su premio lo retiró el coprotagonista del film. Era un chico llamado Wendell Burton, su compañero de reparto. Él murió en 2017 por un tumor cerebral devastador. Tenía sesenta y nueve años al momento de su fallecimiento.

No todo lo que filmó Liza fue bueno o memorable. Tampoco todo escenificó su vida atormentada fielmente. “New York, New York”, por ejemplo, junto a Robert De Niro. Fueron dirigidos ambos por Martin Scorsese con maestría habitual. Liza mantuvo un romance con Scorsese durante la filmación. Sin embargo, no fue una gran película en términos artísticos.

A cambio dejó un himno musical inolvidable. La canción que da título a la película perduró. Fue compuesta por Leonard Bernstein en 1944 originalmente. La escribió para el musical “On the town” de Broadway. Ese musical se hizo película en 1944 con éxito moderado.

En 1977, John Kander y Fred Ebb la arreglaron nuevamente. La adaptaron para la película de Scorsese con maestría. Liza la canta con el fervor que requiere la letra. Expresa los deseos de triunfar en la ciudad que nunca duerme. También sigue el consejo que le dio Charles Aznavour.

Aznavour le había dado una vez y para siempre una lección. Liza lo había escuchado cantar en París años atrás. También lo había visto actuar con todo su cuerpo. Había quedado impresionada por cómo interpretaba Aznavour sus canciones. Para quien lo haya visto alguna vez, “La Boheme” es un símbolo.

Liza supo que esa debía ser su vida también. Interpretar, además de cantar, era su destino artístico. Aznavour fue su maestro con una frase sabia y simple. “Liza, un solo gesto por canción”, le aconsejó. Esa economía expresiva se convirtió en su marca registrada.

Antes de la celebridad y el reconocimiento mundial llegó el aprendizaje. Antes de sus maestros y mentores, hubo búsqueda. Antes de tropezar en el camino con el músico John Kander. Antes de conocer al poeta Fred Ebb, quien le dio vida. Él trabajó su gestualidad y su expresión corporal meticulosamente. Antes de todo eso, Liza padeció la infancia y la adolescencia.

Alguna vez, con aguda ironía, admitió una verdad dolorosa. “No fue una gran tragedia ser la hija de Judy Garland”. “Tuve una infancia extraordinariamente interesante”, confesó con franqueza. “Excepto por el hecho de que no tuvo nada que ver con ser una niña”, agregó.

En aquel barrio lujoso de Los Ángeles todo era distinto. Ese lugar aún hoy es sinónimo de riqueza desmedida. También representa esa entelequia inentendible que se define como glamour. Todos se conocían y se visitaban entre ellos regularmente. Las grandes celebridades del cine eran para Liza sólo sus vecinos.

“Humphrey Bogart era para mí el Tío Humphrey”, recordará después. “Recuerdo estar en el Beverly Hills Park con Mia Farrow”, dirá. “Candice Bergen y Tisha Sterling también estaban allí”, agregará con nostalgia. “Todas jugando en el cajón de arena”, completará el cuadro infantil.

“Mientras nuestras niñeras británicas hablaban de cine”, continuará el relato. Hablaban de vestuario, argumentos de películas y premios. Discutían sobre cuál de sus jefes ganaría el Oscar ese año. Esa era la normalidad en su mundo infantil tan particular.

Su nombre, Liza, le llegó de una canción especial. Su nombre completo es Liza May, poco conocido públicamente. Le llegó de una composición de los hermanos Gershwin. George Gershwin, el de “Porgy and Bess”, la compuso. También el de “Un americano en París” participó en su creación. Su hermano Ira Gershwin era padrino de Liza además.

A sus dieciséis años escapa a New York desesperada. Antes pasó por catorce escuelas diferentes de California. Escapa porque está harta de ser la enfermera de su madre. Judy estaba cercada por depresiones constantes y profundas. También sufría adicción a los psicofármacos sin control. Hasta hubo varios intentos de suicidio en su historial. Liza fue testigo directo de algunos de esos intentos traumáticos.

La leyenda dice que al llegar a New York ocurrió algo. Frank Sinatra le regaló quinientos dólares de aquellos años. Eran los inicios de los fabulosos años sesenta. Esa década cambiaría todo para la joven artista. El escenario la esperaba con los brazos abiertos. Allí encontraría finalmente su hogar verdadero, su refugio seguro.

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