Adriana Tisoy recuerda con claridad el momento. Hace dos semanas hizo historia para su comunidad. El reconocimiento en el premio Mujer Cafam 2026 llegó como una confirmación. Es posible apostar por la cultura y la paz. El intento no tiene por qué fracasar.
Con apenas 25 años, se convirtió en una cara visible. Su trabajo busca preservar los conocimientos ancestrales. La comunidad inga del sur de Putumayo tiene en ella una defensora. El tiempo no borrará lo que ella protege.
Esta lideresa construye un camino triple. El tejido es su primera herramienta. Las artesanías conforman la segunda. La recuperación de la memoria histórica completa su estrategia. Décadas de guerra amenazaron la cultura inga. Ella decidió que eso no continuaría.
Adriana lleva pocos años como vocera. Sin embargo, sus logros ya trascienden el territorio. Los saberes ancestrales ahora viajan más allá. En 2008 era apenas una niña. Entonces vio a su mamá postulada como Mujer Cafam Putumayo. Dieciocho años después recibió una mención honorífica. El reconocimiento la impulsa a continuar.
“Este es el resultado de un proceso en el que se cuida a las mujeres y en el que avanzamos juntas hacia el mismo objetivo: sembrar y, después de años, recoger la cosecha y sus frutos”, asegura.
El trabajo colectivo genera frutos concretos. La supervivencia cultural depende de estos esfuerzos. Además, el desarrollo económico se vincula directamente. Las mujeres avanzan juntas hacia metas compartidas.
Las historias de sus abuelos marcaron su infancia. Adriana creció escuchando esos relatos. De ellos aprendió lecciones fundamentales. El cuidado del territorio tiene una importancia vital. El tejido se transformó en conocimiento. Las preocupaciones de los mayores eran profundas. El futuro generaba inquietudes legítimas.
Esas inquietudes tenían razones concretas. Los ingas vivieron tiempos de guerra. Tuvieron que adaptarse a esa realidad. En 2009 llegó un reconocimiento oficial. La Corte Constitucional profirió un auto ese año. El documento describió la situación como “crítica”. El conflicto armado los afectaba gravemente.
La guerra no era la única amenaza. Con el tiempo surgió otro riesgo. Este peligro era menos visible. Sin embargo, resultaba igual de preocupante. La pérdida de la memoria cultural avanzaba. Las tradiciones comenzaban a desvanecerse.
El informe final de la Comisión de la Verdad advirtió datos alarmantes. En Colombia existen 117 pueblos indígenas. Al menos 68 enfrentan riesgo de exterminio. Ese peligro tiene múltiples dimensiones. Puede ser físico por desplazamientos. La destrucción de territorios también amenaza. Además, existe el riesgo cultural. Este ocurre cuando las tradiciones dejan de transmitirse. Las nuevas generaciones pierden los conocimientos.
Frente a ese panorama, Adriana tomó una decisión. Decidió actuar de manera concreta. Desde hace cinco años lidera procesos comunitarios. Su orientación busca conservar las costumbres ancestrales. También muestra al país la importancia de esos saberes. Los conocimientos indígenas merecen reconocimiento nacional.
Una de sus iniciativas se llama Sumaglla Manoy. El emprendimiento comenzó como una barrera pequeña. Buscaba detener el olvido. Hoy los resultados son significativos. Cada año cerca de 3.000 niños participan. También se vinculan jóvenes de Putumayo. Todos se acercan nuevamente a los conocimientos ancestrales.
El proyecto tiene objetivos claros. Busca vincular a mujeres y jóvenes. Las tareas de tejido son fundamentales. Los procesos de cuidado del territorio también. Ellos se convertirán en la próxima generación. Los futuros líderes están en formación.
El trabajo ha sido ambicioso. Artesanías de Colombia se interesó por los productos. La organización viajó directamente a su vereda. Llegaron hasta Putumayo para conocer el trabajo. Luego vincularon a Adriana y las tejedoras. Ahora participan en ferias comerciales del país.
La organización reconoce la labor de Adriana. “Adriana es una guardiana del territorio y la memoria. Su trabajo fortalece la identidad cultural, la lengua y los saberes, pero también robustece el buen vivir de las mujeres jóvenes y las familias indígenas de Putumayo”, declaró Artesanías de Colombia luego de conocer el galardón que recibió la lideresa.
El reconocimiento destaca múltiples aspectos. La identidad cultural se fortalece con su trabajo. La lengua encuentra nuevos espacios. Los saberes se transmiten efectivamente. Además, mejora el buen vivir. Las mujeres jóvenes encuentran oportunidades. Las familias indígenas también se benefician.
Las preocupaciones se multiplicaron con el tiempo. El idioma empezaba a desaparecer. Había pocos libros sobre la historia inga. Los testimonios de los ancestros escaseaban. A medida que los mayores morían, las historias desaparecían. Esas historias se transmitieron por varias generaciones. El territorio de Putumayo perdía su memoria.
Frente a esa realidad, Adriana actuó nuevamente. Reunió a un grupo de mujeres. Las llevó a emprender otra tarea importante. Recuperar las historias de quienes las conservaban. El trabajo comenzó de manera sistemática.
Visitaron las casas de los sabedores. También llegaron donde los ancianos del territorio. Allí escuchaban relatos sobre la cosmovisión inga. A medida que las escuchaban, las recopilaban. Luego las escribían para preservarlas. El tiempo no las borraría.
Ese trabajo de recuperación tuvo frutos concretos. En 2024 llegó un logro importante. Adriana y varias mujeres de su familia accedieron a un espacio. La Feria Internacional del Libro de Bogotá las recibió. Presentaron una colección de historias cortas. El material está dirigido a niñas y niños. Las historias están escritas en inga. También en kichwa, la lengua nativa. Además, incluyen español.
El proyecto se convirtió en una iniciativa pionera. Es una de las primeras propuestas literarias. Combina la lengua de los ingas con el español. Los relatos propios llegan a las nuevas generaciones. La transmisión cultural encuentra nuevos canales.
Adriana insiste en una idea. Su trabajo apenas comienza. Para ella, preservar la cultura tiene múltiples dimensiones. No se trata solo de recordar el pasado. También implica garantizar herramientas para el futuro. Las nuevas generaciones deben sostener el pueblo.
El territorio vivió décadas de conflicto. La amenaza buscaba borrar la memoria inga. Adriana decidió tomar un camino diferente. Su elección fue reconstruir esa memoria. El tejido es su herramienta principal. Palabra por palabra construye el futuro. La desaparición no ocurrirá.
“Este será nuestro legado para el futuro, que el tejido y la memoria continúen en el tiempo y, mientras eso se hace, sean otras mujeres las que sean las responsables de construir el futuro de los ingas”, concluye.
El legado que construye tiene destinatarios claros. El tejido debe continuar en el tiempo. La memoria también debe permanecer. Mientras ese proceso avanza, otras mujeres asumen responsabilidades. Ellas construirán el futuro de los ingas. El relevo generacional está en marcha.
La historia de Adriana muestra múltiples dimensiones. Primero, demuestra cómo una persona joven transforma realidades. Segundo, evidencia la importancia de los conocimientos ancestrales. Tercero, revela que la cultura puede resistir. Cuarto, confirma que las mujeres lideran procesos fundamentales.
El sur de Putumayo enfrenta desafíos históricos. La guerra dejó cicatrices profundas. La pérdida cultural amenazaba con ser definitiva. Sin embargo, liderazgos como el de Adriana cambian el panorama. Los 25 años no son impedimento. La juventud se convierte en fortaleza.
El reconocimiento que recibió tiene significados múltiples. Por un lado, valida su trabajo comunitario. Por otro, visibiliza la situación de los ingas. Además, inspira a otras mujeres indígenas. También muestra al país una realidad desconocida.
Los 3.000 niños y jóvenes que participan anualmente representan esperanza. Cada uno de ellos aprende conocimientos ancestrales. Cada historia recuperada es una victoria. Cada tejido elaborado contiene memoria. Cada palabra en inga que se pronuncia desafía el olvido.
Las ferias comerciales tienen un impacto dual. Por un lado, generan ingresos económicos. Por otro, difunden la cultura inga. Los productos artesanales llevan historias. Cada pieza tejida contiene conocimiento. Los compradores acceden a algo más que objetos. Adquieren fragmentos de una cultura milenaria.
La conexión entre generaciones resulta fundamental. Los abuelos transmitieron a Adriana. Ella transmite a los jóvenes. Estos jóvenes transmitirán a las siguientes generaciones. El ciclo se mantiene vivo. La cadena no se rompe.
El idioma representa un campo de batalla particular. Cada palabra perdida es un concepto que desaparece. Cada expresión en inga contiene cosmovisión. La lengua no es solo comunicación. Es una forma de entender el mundo. Por eso, recuperarla resulta vital.
Los libros presentados en la Feria Internacional representan un hito. La literatura infantil en lenguas indígenas es escasa. El material trilingüe amplía posibilidades. Los niños ingas pueden leer en su idioma. También acceden al español. El kichwa se mantiene presente.
El trabajo de Adriana desafía múltiples amenazas. Enfrenta el olvido cultural. Resiste la pérdida del idioma. Combate la desaparición de tradiciones. Además, genera alternativas económicas. Las mujeres encuentran ingresos mediante el tejido. Las familias mejoran sus condiciones.
El territorio cobra un significado especial. No es solo espacio físico. Contiene historia y memoria. Alberga conocimientos ancestrales. Representa la identidad del pueblo inga. Por eso, cuidarlo resulta fundamental.
La cosmovisión inga se transmite mediante relatos. Esas historias explican el origen del mundo. Describen la relación con la naturaleza. Establecen normas de convivencia. Definen valores comunitarios. Perderlas significaría perder la identidad misma.
Adriana representa un tipo de liderazgo particular. No busca protagonismo individual. Construye procesos colectivos. Involucra a mujeres de diferentes edades. Vincula a jóvenes en la tarea. El trabajo comunitario es su metodología.
Las mujeres ocupan un lugar central. Son ellas quienes tejen. Ellas recuperan las historias. Ellas transmiten a las nuevas generaciones. Ellas sostienen la economía familiar. Ellas construyen el futuro del pueblo.
El premio Mujer Cafam tiene historia en su familia. Su madre fue postulada en 2008. Dieciocho años después, ella recibe reconocimiento. La continuidad generacional se hace visible. Las luchas de la madre inspiran a la hija. Los logros de la hija honran a la madre.