Durante décadas, Ali Larijani fue el hombre de las mil facetas en la República Islámica. Era el oficial de los Guardias de la Revolución que vestía camisas Ralph Lauren perfectamente planchadas. También era el diplomático que negociaba acuerdos nucleares con Occidente. Además, era el académico que escribía tratados sobre Immanuel Kant mientras dirigía el aparato de propaganda del régimen.

Esa trayectoria estuvo marcada por una inusual mezcla de erudición filosófica y pragmatismo implacable. Sin embargo, habría terminado abruptamente el martes. Israel anunció la muerte de Larijani, de 67 años, en un ataque aéreo sobre Teherán. El ataque también se cobró la vida de Gholamreza Soleimani, comandante de la fuerza paramilitar Basij.

De confirmarse su muerte, Irán perdería al estratega que dirigía la seguridad nacional. Esto ocurre tras el vacío dejado por Khamenei. Desaparecería también una figura inusual en el régimen: el académico que buscó en la filosofía occidental las bases para sostener la teocracia.

Larijani ascendió a la cúspide del poder en un momento de crisis existencial para el régimen. Tras la muerte de Alí Khamenei en un ataque israelí al comienzo de la guerra, asumió un cargo crucial. Se convirtió en secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. De este modo, se transformó en el hombre más poderoso del país en materia de política exterior y defensa.

En su rol final, Larijani dirigió la respuesta militar a las protestas de enero. Este operativo resultó en la muerte de miles de civiles. Según un extenso perfil del diario israelí Haaretz, Larijani fue el arquitecto detrás de la brutal represión. Bajo su mando, la maquinaria de seguridad del Estado aplastó el descontento con una eficiencia despiadada. El saldo de víctimas fue devastador. Organismos internacionales estiman entre 7.000 y 36.500 muertos.

Esta actuación le valió sanciones personales por parte de Estados Unidos. El castigo resulta casi irónico para un hombre que en su juventud académica se sumergió en las ideas occidentales. Conceptos como libertad y razón ocuparon sus estudios.

El profesor Lior Sternfeld, experto en Irán de la Universidad Penn State, resumió su figura. “No es el primero en la historia que fue un hombre de letras y se convirtió en un opresor brutal. Es un ideólogo profundo, e hizo algo asesino en nombre de la ideología”, declaró a Haaretz.

Larijani nació en 1957 en Najaf, Iraq. Creció en el seno de una familia que ha sido descrita por Haaretz como el equivalente iraní de los Kennedy. Su padre fue un clérigo de alto rango cercano al fundador de la República Islámica. El ayatolá Ruhollah Khomeini mantuvo una relación estrecha con la familia.

Sus hermanos ocuparon posiciones clave durante décadas en el régimen. Uno encabezó el poder judicial durante diez años. Otro fue asesor de política exterior de Khamenei. Un tercero fue viceministro de Salud. Por su parte, Larijani se casó con la hija del discípulo más cercano de Khomeini.

“Se puede ver la huella de la familia en el sistema legal, en la política, en las ciencias”, dijo a Haaretz el profesor Mehrzad Boroujerdi. Este experto en Irán pertenece a la Universidad de Ciencias y Tecnología de Missouri.

Larijani fue educado en la prestigiosa Universidad Tecnológica de Sharif. Se graduó en matemáticas e informática antes de dar un giro hacia la filosofía. Posteriormente, obtuvo un doctorado en filosofía occidental con una tesis sobre la filosofía matemática de Kant. Publicó al menos seis libros de filosofía. También dictó clases en la Universidad de Teherán.

Según Haaretz, Larijani era un pensador brillante. Utilizaba las herramientas de la filosofía occidental para defender las premisas de su visión religiosa extrema. Para él, no había contradicción entre la ciencia y la fe. Simplemente eran verdades en dominios distintos. Esa construcción intelectual le sirvió para un propósito político concreto. Le permitió justificar la coexistencia de universidades laicas y seminarios religiosos dentro del Estado iraní.

Su ascenso fue meteórico en las estructuras del poder. Veterano de los Guardias de la Revolución durante la guerra Irán-Irak en los años 80, Larijani ascendió a brigadier general. Después dio el salto a la política. En la década de 1990, ocupó el cargo de ministro de Cultura. Más tarde fue jefe de la radiodifusión estatal (IRIB).

En estos roles, Larijani perfeccionó el uso de la comunicación como arma de control social. Expandió la red de propaganda del régimen. Cerró espacios a intelectuales progresistas. Además, utilizó la televisión para emitir confesiones y ataques contra opositores. Durante once años sirvió como pilar del sistema de propaganda estatal.

Fue también el rostro de la diplomacia iraní en tiempos de tensión. Como principal negociador nuclear entre 2005 y 2007, demostró ser un operador astuto. Luego, como presidente del Parlamento durante doce años (2008-2020), consolidó su influencia.

“Larijani es un verdadero ‘insider’, un operador hábil que entiende cómo funciona el sistema”, comentó a la AFP Ali Vaez. Este director del proyecto Irán del Crisis Group hizo estas declaraciones antes del conflicto actual.

Larijani apoyó el acuerdo nuclear de 2015 con las potencias mundiales. No lo hizo por una vocación reformista. Su respaldo se basó en la convicción pragmática de que la economía iraní necesitaba alivio. Consideraba que esto era necesario para que el régimen perdurara.

En marzo de 2025, advirtió que una presión externa sostenida podría modificar la postura nuclear de Irán. “No nos estamos moviendo hacia las armas, pero si hacen algo incorrecto en el tema nuclear iraní, forzarán a Irán a moverse en esa dirección porque tendrá que defenderse”, dijo a la televisión estatal.

Sus intentos de postularse a la presidencia en 2021 y 2024 fueron descalificados. Las autoridades del régimen consideraron su estilo de vida insuficientemente devoto. Pese a su poder e influencia, su candidatura fue rechazada dos veces debido a su perfil menos extremista.

Tras la muerte de Khamenei, Larijani se convirtió en el hombre más visible del régimen. La semana pasada había sido fotografiado entre la multitud. Participaba en una manifestación pro-gubernamental en Teherán.

Más allá de su rol represivo, Larijani era además considerado el último gran conservador pragmático. Tenía capacidad para dialogar con el mundo. A lo largo de dos décadas de diplomacia nuclear, mantuvo contacto directo con intermediarios. Estos incluían representantes de la Unión Europea, Rusia y Omán.

Su apoyo al acuerdo nuclear de 2015 fue clave para lograr el consenso interno. Estaba convencido de que la supervivencia del Estado dependía del alivio de las sanciones. Esta visión pragmática lo diferenciaba de otros líderes más radicales.

En los últimos días, Larijani se mantuvo activo en las redes sociales. Utilizaba su fluidez en inglés para dirigirse directamente a la audiencia estadounidense. “Trump ha traicionado ‘America First’ para adoptar ‘Israel First'”, escribió en X. Este mensaje intentaba explotar las divisiones políticas en Washington.

Hace una semana, afirmó que las advertencias de Donald Trump contra Irán estaban vacías. Le instó a vigilar su espalda porque podría ser eliminado. Esta declaración resultó profética considerando los eventos posteriores.

En un momento en que el régimen enfrenta las tensiones de una sucesión en tiempos de guerra, la pérdida de Larijani dejaría un vacío técnico y político. Analistas coinciden en que su manejo de los resortes del poder era excepcional. Su credibilidad transversal entre las distintas facciones no sería fácil de reemplazar.

Tras el ataque israelí, su oficina difundió una nota manuscrita. En ella rendía homenaje a los marinos muertos en combate. Algunos interpretaron el mensaje como una prueba de vida. Sin embargo, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, fue categórico al confirmar su eliminación. “Se unieron a Khamenei y a todos los miembros del eje del mal en las profundidades del infierno”, declaró.

La figura de Larijani encarna las contradicciones del régimen iraní. Combinó como pocos la vida intelectual con el ejercicio despiadado del poder. Su capacidad para moverse entre la filosofía kantiana y la represión estatal resulta desconcertante. Representa un tipo de líder cada vez más raro en el panorama político actual.

Su formación académica occidental contrastaba con su compromiso con la teocracia. Esta dualidad le permitió servir como puente entre dos mundos aparentemente irreconciliables. Por un lado, mantenía diálogos con diplomáticos europeos y estadounidenses. Por otro, orquestaba la maquinaria represiva del Estado.

La desaparición de Larijani marca el fin de una era en la política iraní. Representa la última generación de líderes que combinaban sofisticación intelectual con lealtad revolucionaria. Los nuevos cuadros del régimen carecen de su experiencia y sus conexiones internacionales.

Su legado permanecerá dividido entre dos narrativas opuestas. Para sus defensores, fue un estratega brillante que protegió los intereses nacionales de Irán. Para sus críticos, fue el arquitecto de una de las represiones más sangrientas en la historia reciente del país.

La brutalidad de las matanzas de enero permanecerá como la mancha indeleble en su trayectoria. Miles de familias iraníes cargan con el dolor de pérdidas que ocurrieron bajo su mando. Ningún logro diplomático o contribución intelectual puede borrar esa responsabilidad.

Su muerte en un ataque israelí cierra el círculo de violencia que ha definido la región. El conflicto que comenzó con la eliminación de Khamenei ahora cobra otra víctima de alto perfil. Este ciclo de ataques y represalias continúa sin señales de detenerse.

El vacío que deja Larijani en el aparato de seguridad iraní será difícil de llenar. Pocos líderes del régimen poseen su combinación de experiencia militar, habilidad diplomática y credibilidad interna. Su ausencia podría llevar a luchas de poder entre las distintas facciones.

La comunidad internacional observa con atención las consecuencias de su eliminación. Algunos analistas temen que su muerte radicalice aún más al régimen. Otros esperan que abra espacio para voces más moderadas en el liderazgo iraní.

Lo cierto es que Ali Larijani representó una figura única en la política de Medio Oriente. El filósofo que se convirtió en represor. El negociador que ordenó matanzas. El académico que justificó la tiranía con argumentos sofisticados. Su historia plantea preguntas incómodas sobre la relación entre conocimiento y poder.

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