Es de mañana en Cartagena. La cita está en el centro amurallado. Un grupo de personas se alista para iniciar el “Tour de la Filantropía”. Esta idea la desarrolla la fundación Granitos de Paz. El recorrido muestra otra cara del barrio Olaya Herrera. Este sitio está asociado con violencia, desigualdad y pobreza.
El recorrido dura 40 minutos hasta la zona suroriental. Allí está la fundación creada por Elena Mogollon en 2004. Comenzaron en una pequeña casa de color amarillo. Hoy ya cuentan con una sede amplia. La construcción mantiene su color característico. Gina López Gulfo, directora ejecutiva, recibe a los visitantes.
“Hemos crecido y pasado de una sede a cuatro. Construimos más de 77 casas. Realizamos más de 550 mejoramientos de vivienda. Impactamos a más de 10.000 personas por año. Sumamos más de 100.000 en total. Llegamos a lugares de difícil acceso. Son sitios donde el Estado no llega”, señala López.
Los participantes del recorrido son turistas. Llegaron a la ciudad en un crucero. Los reúnen en un amplio salón. Allí les explican la apuesta de impacto social. También presentan el modelo de turismo sostenible del proyecto. El recorrido inicia en la sede administrativa de la fundación. Continúa por centros de acopio y programas de adulto mayor. Pasa por la panadería y los patios productivos. Finaliza en restaurantes aliados del centro de la ciudad. Estos establecimientos usan productos producidos por la comunidad.
Todo está muy organizado. Sin embargo, en los puestos de trabajo no hay personas. La pregunta surge naturalmente. ¿Dónde están?
La directora ejecutiva sonríe. “Tenemos personal en campo: ingenieros agropecuarios, psicólogos y trabajadores sociales y comunicadores”. Estos profesionales trabajan con niños en centros de aprendizaje. También están con adultos mayores en el Club San Pancracio. Acompañan a jóvenes en el fondo educativo o en deportes. Otros trabajan en los patios productivos.
En la sede, un grupo de niños hace recuperación de clases. Al otro lado de una pared amarilla están los adultos mayores. Ellos sonríen a la llegada de los participantes del recorrido. Allí está Mariana Palacios, de 18 años. Para ella, el camino del cambio empezó en la cocina. Continuó con el proceso para terminar su bachillerato. Servir el almuerzo a los adultos mayores se convirtió en transformación.
“No es solo una beneficiaria más. Es el ejemplo de cómo el tejido social puede rescatar proyectos de vida”, dice una trabajadora social. Por su parte, Mariana señala: “sabe, quiero estudiar cocina y ayudar a encontrar esos sabores de la solidaridad en mi barrio”.
En la panadería se hacen amasijos. Estos productos se venden a diferentes empresas del sector industrial. También llegan al sector hotelero de la ciudad. Una escalera larga lleva al cuarto piso. Allí varios niños pintan en silencio.
Gina habla en tono bajo para no interrumpir la clase. “Él es Jesús Díaz. Es un profesor que creció en un entorno difícil. Enseña arte y valores. Ganamos una convocatoria con una fundación española. Llevamos 30 obras a Madrid. Dos niños y el profesor viajaron. Todas las obras se vendieron”. Estuvieron en Marbella, Vigo y Madrid. Presentaron las obras bajo el paraguas de “Soy Caribe”.
“El proyecto artístico se ha consolidado como una herramienta de transformación para niños y jóvenes, permitiéndoles comunicar realidades a través del color y el dibujo”, dice el profe Jesús. Además, agrega que el programa busca algo más. Busca que los estudiantes no traicionen su esencia. Quiere que sigan sus pasiones artísticas.
“Trabajamos en la recuperación de zonas contaminadas. Promovemos emprendimientos verdes que contribuyen al cuidado ambiental”, dice Gina. El recorrido está terminando. Añade que desde el 2024 se han construido 64 viviendas. De estas se entregarán ocho este año. Son, en promedio, más de 500 mejoramientos de vivienda.
En el colegio de los pequeños hay aulas especiales. Tienen nombres como aventureros, constructores y pensadores. En su interior, con su uniforme y la cofia está Luis Felipe Villa Bacota. Mira cómo se reparte la comida. Es la hora del almuerzo.
En su pasado, las barreras invisibles lo limitaban. La pobreza y la falta de formación lo mantuvieron atrapado. Vivió la vida de pandillero durante años. “Llegamos a la fundación porque la coordinadora nos fue a buscar a la esquina a decirnos qué queríamos de la vida”, afirma Villa.
Tomó la decisión de permanecer en el proceso. Otros compañeros abandonaban la formación. Volvían a las calles con su violencia. Ahora trabaja en el restaurante. Se encarga del control de gramajes para la nutrición infantil. “Si no hubiera entrado acá, estuviera preso o muerto. Yo robaba por la necesidad. No había oportunidades”.
Luis Felipe ha contado su historia en Bogotá. También la ha compartido en Panamá. Va a dar su testimonio en la fundación. “Uno cambia por los hijos. Si uno ha sufrido, no quiere que ellos sufran también. Quiere que sean otra clase de personas”.
El tour sigue entre calles angostas. Las viviendas cuelgan con improvisadas cuerdas la ropa recién lavada. La parada es en la casa de don Alfredo. Allí está su patio productivo. Es un programa de agricultura urbana y seguridad alimentaria. Este transforma espacios disponibles en tierras productivas de los hogares. Les permite tener ingresos extra.
Cultivan hortalizas, hierbas y microgreens. También producen flores comestibles y otros vegetales orgánicos. Los destinan para el consumo propio. También los usan para la venta local.
Alfredo Palacio Orozco juega sóftbol todos los domingos. Va con sus amigos del barrio. Ha logrado lo que parecía imposible. En un entorno urbano gris y pobre construyó un ecosistema productivo. “Mire que hace nueve años era un terreno lleno de maleza y mal cuidado aquí en mi casa, hoy es un jardín donde se cultiva variedades de espinaca, clitoria azul y blanca, oxalis y hierbabuena, entre otros productos”.
La transformación de este espacio no fue casual. Nació cuando Alfredo fue a una granja de la fundación. Buscaba agua tras un partido de sóftbol. Granitos de Paz ha sido el pilar técnico y educativo. Lo conectó con agrónomos. Estos le enseñaron el manejo adecuado del suelo. Así obtiene cosechas de alta calidad.
Muestra cómo han cambiado la estructura de madera. Los sembrados ahora usan plástico reciclado. Este material es más duradero. También es más sostenible para mantener la humedad.
El éxito de este jardín productivo trasciende las casas. Los demás ubicados en el barrio también prosperan. Los productos terminan en hoteles. Llegan a las mesas de restaurantes reconocidos por su alta cocina. Ya son 3.787 personas beneficiadas. Lo lograron a través de patios productivos, huertas y unidades productivas diversificadas.
La ruta filantrópica organizada por la Fundación Granitos de Paz busca cambiar imaginarios. Quiere mostrar que la pobreza no está asociada con violencia. Llega directamente a los miles de turistas. Estos visitan la ciudad a diario.
“La ciudad se consolidó como el destino principal del Caribe colombiano, destacando la conectividad aérea con más de 90 frecuencias semanales y un fuerte impulso en ocho segmentos, incluyendo el náutico, cultural y de negocios”, afirma Liliana Rodríguez Hurtado. Ella es presidenta ejecutiva de la Corporación de Turismo Cartagena de Indias (Corpoturismo).
El recorrido termina en Sámbal Bistró Caribeño. Su chef Jaime Galindo Cuervo habla del “ejercicio de gratitud y reconocimiento hacia la labor de la fundación”. Su menú integra los ingredientes producidos en las huertas. Estas son promovidas por la fundación. Se establece un vínculo directo entre la visita y el consumo.
Estos ingredientes se integran en preparaciones como el ceviche La Playita. También están en las croquetas de cangrejo artesanal. La ensalada de burrata los incluye igualmente. Asimismo, se usan en platos fuertes. El pez costero los lleva. El arroz meloso de mariscos también. El pollo achiotado los incorpora.
Ya empieza a caer la noche. El tour termina. Queda una pregunta a la directora de la organización. ¿Por qué el color amarillo prima en la fundación?
“Es el mismo color de los girasoles de Vincent van Gogh. Como él decía, todos tenemos una pintura amarilla en nuestras vidas”.