En Colombia, el desempleo juvenil alcanza el 17 %, según la más reciente medición del Dane. Esta cifra corresponde a jóvenes entre 15 y 28 años. Por otro lado, la tasa nacional se ubicó en 8,8 % al cierre de abril de 2026. La brecha es evidente y preocupante.

Además, muchos jóvenes no pueden estudiar ni trabajar. A nivel global, se les conoce como “Ninis”. Este término describe a quienes ni estudian ni trabajan. La situación demanda acciones concretas de toda la sociedad.

Lady Viviana Rondón Leguizamo es profesional de proyectos del Centro de Emprendimiento de la Universidad de los Andes. Ella ofrece una perspectiva sobre cómo enfrentar esta realidad. Su análisis aborda el papel del emprendimiento en la vida juvenil.

La condición de Ninis no es solo un fenómeno individual. También es un síntoma de una brecha estructural profunda. La oferta educativa tradicional no conecta con el mercado laboral actual. En varios casos, este mercado dejó de ofrecer sentido de futuro.

Aquí el emprendimiento juega un papel crucial como herramienta de inclusión. También funciona como mecanismo de empoderamiento para los jóvenes. Sin embargo, el verdadero reto no es convertir a todos en empresarios. Lo importante es que adquieran una mentalidad emprendedora.

“El emprendimiento le devuelve al joven el protagonismo de su propia vida”, explica Rondón Leguizamo. Emprender significa dejar de esperar oportunidades que no llegan. En cambio, implica construir las propias oportunidades con iniciativa.

Esta transformación requiere desarrollar capacidades específicas para identificar problemas. Luego, estos problemas deben convertirse en oportunidades de negocio. Las soluciones deben tener propuestas de valor reales y perdurables. Además, necesitan ser escalables en el tiempo.

Una juventud que emprende representa una sociedad que diversifica su riesgo. Al fomentar modelos de negocios sostenibles, se crea un tejido empresarial más flexible. Este tejido resiste mejor las crisis globales y los cambios económicos.

Quienes superan los 40 años tienen trayectorias de 10, 15 o 20 años. Muchos perciben la brecha generacional como un abismo insalvable. Sin embargo, este perfil posee el activo más valioso para jóvenes emprendedores. Se trata del criterio estratégico, experiencial y el capital relacional.

Los jóvenes tienen el impulso y las habilidades digitales necesarias. También poseen innovación tecnológica y otras destrezas contemporáneas. Por su parte, los profesionales de 40 años aportan experiencia acumulada. Conocen la gestión de riesgos y la viabilidad financiera. Entienden la sostenibilidad a largo plazo de los negocios.

La labor de los más experimentados podría complementar las ideas juveniles. No solo deben ser disruptivas, sino también rentables y perdurables. Esto se logra invirtiendo tiempo en validar modelos de negocio. También sirviendo de puente con fuentes de financiación disponibles.

De esta manera, se diseña un relevo generacional productivo. Este relevo minimiza la incertidumbre económica que enfrentan los jóvenes. Además, fortalece el ecosistema empresarial del país.

Las nuevas generaciones ya no buscan empleos para toda la vida. Privilegian la calidad de vida sobre el empleo tradicional. Esta realidad plantea una pregunta importante sobre el emprendimiento. ¿Se adapta mejor a este tipo de personalidades?

La respuesta es afirmativa, pero con condiciones claras. El emprendimiento no es una solución mágica para la calidad de vida. Es una herramienta de autogestión que requiere compromiso y disciplina.

Para quienes valoran la libertad de decisión, es el camino más natural. Sin embargo, exige un nivel de disciplina y resiliencia considerable. El empleo tradicional suele estructurar estos aspectos externamente.

En muchos casos, el emprendimiento se adapta mejor a las nuevas generaciones. Responde a valores que hoy pesan más que la estabilidad laboral tradicional. Entre estos valores están la autonomía, flexibilidad y propósito personal. También incluyen el bienestar y la posibilidad de construir un estilo de vida propio.

No obstante, no todos deben emprender necesariamente. El emprendimiento no es automáticamente sinónimo de libertad o calidad de vida. También existe una idealización del emprendimiento que puede ser engañosa.

Emprender puede implicar jornadas extensas y agotadoras. También conlleva incertidumbre financiera y presión emocional constante. Además, implica ausencia de garantías laborales y beneficios tradicionales.

Paradójicamente, muchos emprendedores sacrifican temporalmente la calidad de vida que buscaban alcanzar. Este sacrificio puede extenderse durante meses o incluso años. Por eso, el punto central no es pensar que las nuevas generaciones no quieren trabajar.

Lo importante es entender que están redefiniendo el concepto de trabajo. Para algunos, esto se traduce en crear empresa propia. Para otros, significa empleos híbridos o trabajo remoto. También puede implicar proyectos freelance o carreras con mayor flexibilidad.

Unir fuerzas entre sectores público y privado es fundamental. En el contexto colombiano, esto requiere pasar de esfuerzos aislados a un ecosistema integrado. Cuando el Estado genera oportunidades, el sector privado abre espacios.

Simultáneamente, la academia desarrolla capacidades en los jóvenes. Así, el emprendimiento deja de ser un acto de supervivencia. Puede convertirse en una estrategia real de innovación e inclusión. También se transforma en una herramienta de desarrollo para el país.

Ningún actor puede responder solo a los desafíos que enfrentan los jóvenes emprendedores. Estos desafíos incluyen acceso limitado a financiamiento y formación poco conectada. También abarcan la informalidad y la falta de redes de apoyo.

En el fondo, unir fuerzas implica dejar de ver el emprendimiento juvenil como responsabilidad aislada. Esto permite que el emprendimiento se entienda de manera más amplia. No solo como crear empresa, sino como capacidad para transformar contextos. Estos contextos son tanto sociales como económicos.

Durante 21 años trabajando en la redacción de El Espectador, se han contado cientos de historias. Más de 19 años cubriendo temas de economía, negocios y emprendimiento. Una variable se repite constantemente en estas historias de nuevos negocios.

Las personas que emprenden, en su mayoría, son jóvenes. Generalmente están por encima de los 20 años y pasando los 30. Hay de todo tipo: negocios por subsistencia y por oportunidad. Negocios de un empleado y empresas que operan en varios países.

Algunos nacieron en la universidad como proyectos académicos. Otros se crearon cuando despidieron al emprendedor de su trabajo. También hay negocios que aparecieron por una idea interna en una gran empresa. Estos se convirtieron en spin-offs exitosos.

La diversidad de historias demuestra que el emprendimiento tiene múltiples caras. No existe un solo camino ni una única fórmula de éxito. Cada emprendedor enfrenta desafíos particulares según su contexto y recursos.

El ecosistema emprendedor colombiano necesita fortalecerse de manera integral. Requiere políticas públicas que faciliten el acceso a capital semilla. También necesita programas de formación conectados con las necesidades reales del mercado.

Las incubadoras y aceleradoras juegan un papel fundamental en este proceso. Ofrecen mentoría, espacios de trabajo y conexiones con inversionistas. Sin embargo, todavía son insuficientes para atender la demanda existente.

El sector financiero debe desarrollar productos más accesibles para emprendedores jóvenes. Los requisitos tradicionales de garantías excluyen a muchos con ideas valiosas. Se necesitan mecanismos alternativos de evaluación de riesgo y potencial.

La educación debe transformarse para incluir el emprendimiento desde etapas tempranas. No solo como materia teórica, sino mediante proyectos prácticos y reales. Los estudiantes deben aprender a identificar problemas y diseñar soluciones.

Las universidades tienen la responsabilidad de conectar a sus estudiantes con el ecosistema empresarial. Esto incluye prácticas en startups, competencias de innovación y eventos de networking. También implica facilitar el acceso a mentores experimentados del sector productivo.

El emprendimiento social emerge como una alternativa valiosa para muchos jóvenes. Combina la generación de ingresos con el impacto positivo en comunidades. Este modelo atrae especialmente a quienes buscan propósito en su trabajo.

La tecnología ha democratizado el acceso a herramientas de emprendimiento. Plataformas digitales permiten vender productos sin necesidad de tienda física. Las redes sociales facilitan el marketing con inversiones mínimas.

Sin embargo, la brecha digital sigue siendo un obstáculo significativo. No todos los jóvenes tienen acceso a internet de calidad o dispositivos adecuados. Esta desigualdad limita las oportunidades de emprendimiento digital para muchos.

El emprendimiento rural enfrenta desafíos particulares que requieren atención específica. La falta de infraestructura y conectividad dificulta el desarrollo de negocios. También hay menor acceso a formación especializada y redes de apoyo.

Las mujeres emprendedoras enfrentan barreras adicionales relacionadas con género. Tienen menor acceso a financiamiento y redes de contactos empresariales. Los estereotipos culturales también limitan sus oportunidades en ciertos sectores.

El emprendimiento migrante representa otra dimensión importante del fenómeno. Muchos jóvenes venezolanos en Colombia han creado negocios por necesidad. Sus experiencias aportan diversidad y resiliencia al ecosistema emprendedor nacional.

La medición del impacto del emprendimiento juvenil debe ir más allá de cifras de creación de empresas. También debe considerar el desarrollo de capacidades y la transformación de mentalidades. El emprendimiento genera valor incluso cuando no resulta en empresas exitosas.

Los fracasos emprendedores deben entenderse como oportunidades de aprendizaje valiosas. La cultura colombiana todavía estigmatiza el fracaso empresarial excesivamente. Cambiar esta percepción es fundamental para fomentar la experimentación y la innovación.

Las políticas públicas deben facilitar segundas oportunidades para emprendedores que fracasaron. Esto incluye mecanismos ágiles de liquidación de empresas y reestructuración de deudas. También programas específicos de apoyo para quienes reinician después del fracaso.

La articulación entre diferentes niveles de gobierno es esencial para el emprendimiento juvenil. Las iniciativas nacionales deben conectarse con programas departamentales y municipales. Esta coordinación evita duplicación de esfuerzos y maximiza el impacto de recursos limitados.

El emprendimiento como estrategia contra el desempleo juvenil requiere visión de largo plazo. Los resultados no son inmediatos ni lineales en su desarrollo. Se necesita paciencia y compromiso sostenido de todos los actores involucrados.

La formación en habilidades blandas es tan importante como el conocimiento técnico. Los emprendedores necesitan desarrollar comunicación, trabajo en equipo y gestión emocional. Estas capacidades determinan frecuentemente el éxito o fracaso de los emprendimientos.

El networking y la construcción de redes de contactos son fundamentales para emprender. Los jóvenes necesitan espacios para conocer a otros emprendedores, mentores e inversionistas. Estos vínculos proporcionan apoyo, conocimiento y oportunidades de negocio.

La sostenibilidad debe ser un principio central del emprendimiento juvenil contemporáneo. Los negocios deben considerar su impacto ambiental y social desde el diseño. Esta perspectiva no solo es ética, sino también estratégica para el éxito a largo plazo.

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