El 11 de mayo de 2020, Luis Enrique Díaz Flórez recogía agua en un riachuelo. Tenía 44 años. Vivía en la vereda Estación Pita, en Puerto Triunfo, Antioquia. De repente, un hipopótamo emergió del agua. El animal lo embistió por el costado. Díaz no vio venir el ataque.
Despertó tres días después en el Hospital San Vicente de Paúl de Rionegro. El centro médico quedaba a 170 kilómetros del lugar del ataque. Tenía varias costillas rotas. Los médicos le habían implantado una varilla de metal en la pierna derecha. La varilla iba desde la cadera hasta más abajo. Meses más tarde seguía sin poder trabajar.
Lo que le ocurrió a ese campesino habría sido inimaginable treinta años atrás. En aquel entonces, los hipopótamos vivían confinados en la Hacienda Nápoles. Hoy, la situación es completamente diferente. Colombia alberga la mayor población de estos animales fuera de África. Son más de 160 individuos. Todos descienden de cuatro ejemplares originales.
Pablo Escobar importó esos cuatro hipopótamos ilegalmente en 1981. El capo colombiano los trajo para su zoológico privado. Ningún gobierno logró frenar su expansión desde entonces. Este lunes, la ministra encargada de Ambiente hizo un anuncio. Irene Vélez informó que el gobierno de Gustavo Petro autorizó la eutanasia. La medida afectará a 80 animales. Está prevista para el segundo semestre de 2026.
Es la medida más drástica adoptada hasta la fecha. Además, llega después de treinta años de gestión fallida.
La historia comienza en la Hacienda Nápoles. La finca tenía más de 2.000 hectáreas. Estaba ubicada en Puerto Triunfo. El lugar quedaba a mitad de camino entre Medellín y Bogotá. A partir de 1981, Escobar transformó la propiedad. La convirtió en una declaración de poder descomunal.
La hacienda tenía pista de aterrizaje propia. También contaba con una plaza de toros. Escobar instaló dinosaurios de cemento por toda la finca. Además, reunió una colección de animales exóticos. Había jirafas, cebras y elefantes. Todos fueron traídos ilegalmente de distintos continentes.
Para coronar el zoológico, Escobar ordenó importar hipopótamos desde Estados Unidos. Trajo un macho y tres hembras. Por su tamaño y rareza, eran la pieza más llamativa. Representaban el capricho máximo del narcotraficante.
Cuando Escobar murió abatido por la policía en diciembre de 1993, todo cambió. La hacienda pasó al Estado colombiano. Los demás animales fueron trasladados a zoológicos. Algunos simplemente murieron. Sin embargo, los hipopótamos eran otra historia.
Su peso alcanzaba hasta tres toneladas. Además, su agresividad territorial era legendaria. Estas características hacían casi imposible capturarlos. Las autoridades evaluaron la situación. Finalmente, optaron por dejarlos. Ese fue el error que lo desencadenó todo.
Sin depredadores naturales, los cuatro animales comenzaron a reproducirse. El ecosistema resultó propicio para la especie. En 2009, ya eran 27 ejemplares. Para 2024, el conteo oficial cambió dramáticamente. El Ministerio de Ambiente registró entre 180 y 200 individuos.
Estos animales se distribuyeron en más de 43.000 kilómetros cuadrados. Ocuparon toda la cuenca hídrica de la región. El Guinness World Records los reconoció ese año. Los catalogó como la especie invasora más grande del planeta.
El Magdalena Medio les ofrece todo lo necesario. Es un hábitat ideal para los hipopótamos. Tienen agua permanente para regular la temperatura corporal. Pueden pasar hasta 20 horas diarias sumergidos. También encuentran pastizales abundantes. Consumen entre 35 y 50 kilogramos de hierba a diario.
Además, no tienen ningún depredador que los amenace. En África, el cambio climático ha degradado las condiciones. La presión humana también ha ido deteriorando su hábitat. En Colombia, los hipopótamos encontraron condiciones intactas. Según un estudio de la Universidad de Florida, la población crece al 9,6% anual. Es una tasa sin parangón en el continente de origen.
La cultura popular construyó durante décadas una imagen engañosa. Presentaba al hipopótamo como criatura torpe. También lo mostraba como casi cómico e inofensivo. La realidad es completamente otra.
El hipopótamo común es el tercer mamífero terrestre más pesado del planeta. Su mandíbula ejerce una presión de 126 kilogramos por centímetro cuadrado. En África, causa más muertes humanas que cualquier otro mamífero salvaje. Es territorial de forma extrema. Esto ocurre sobre todo en el agua. No distingue entre una amenaza real y una presencia accidental.
El caso de Díaz no fue el último. En octubre de 2021, ocurrió otro ataque. Una hembra con cría atacó a otro habitante de Puerto Triunfo. La víctima se había acercado demasiado al animal. Investigadores de la Universidad Javeriana registraron también otros incidentes. Documentaron aplastamiento de terneros. También registraron ataques a embarcaciones de pescadores. Además, hubo bloqueos de caminos rurales.
En febrero de 2026, varios animales fueron avistados en Barrancabermeja, Santander. La ciudad queda a más de 200 kilómetros de la Hacienda Nápoles. Uno de los hipopótamos bloqueó la vía ferroviaria. La línea conecta La Dorada y Santa Marta.
Su presencia también transforma los ecosistemas de manera profunda. Los hipopótamos depositan grandes volúmenes de materia orgánica. Lo hacen en ríos y humedales. Esto altera la composición química del agua. Dispara la proliferación de cianobacterias. También provoca la eutrofización de los sistemas acuáticos.
Además, desplazan a otras especies nativas. El manatí se ve afectado. También la nutria neotropical, el chigüiro y el caimán de anteojos. El Ministerio de Ambiente de Colombia identificó otro problema. La dieta de los hipopótamos incluye al menos tres especies de flora endémica. El riesgo de extinción de estas plantas todavía no ha sido evaluado.
El historial de intentos para frenarlos es extenso. Representa una sucesión de fracasos. En 2009, la agencia ambiental Cornare tomó una decisión. Ordenó cazar tres animales que amenazaban cultivos y personas. Solo uno fue abatido. Era un macho apodado Pepe.
Las fotos de su cadáver circularon en todo el mundo. Desataron tal rechazo que el programa se suspendió inmediatamente. Ningún gobierno retomó esa vía después. Las esterilizaciones quirúrgicas resultaron costosas y peligrosas. Operar a un animal de esa envergadura puede superar los 50.000 dólares. Ese es el costo por ejemplar.
En una ocasión, un helicóptero militar trasladaba a un hipopótamo sedado. La aeronave estuvo a punto de estrellarse. El peso del animal casi provoca la tragedia. Los traslados internacionales tampoco prosperaron.
En 2023, un zoológico indio ofreció recibir 60 ejemplares. En años anteriores, México y Ecuador manifestaron interés. Sin embargo, en todos los casos surgió el mismo obstáculo. La obtención del permiso CITES se convirtió en un problema insalvable. Este certificado autoriza el movimiento legal de especies protegidas.
La eutanasia de 80 animales autorizada por el gobierno Petro no resolverá el problema. Quedarán decenas de hipopótamos en libertad. La población seguirá creciendo de todas formas. Lo que sí hace la medida es reconocer algo importante. Tres décadas de inacción tuvieron un precio.
El error que nadie quiso corregir en 1993 tiene consecuencias. Hoy tiene un costo que Colombia apenas empieza a calcular. Los hipopótamos continúan expandiéndose por la región. Siguen representando una amenaza para personas, animales y ecosistemas. La invasión que comenzó con cuatro animales exóticos se ha convertido en un problema ambiental sin precedentes.