Izando la bandera de Puerto Rico, Bad Bunny se acerca a cuatro postes de luz. Las chispas saltan mientras tres personas danzan suspendidas en el aire. Visten de blanco y llevan pava, el sombrero de ala ancha de los campesinos boricuas.

“¡Maldita sea, otro apagón!”, dice el artista mientras escala el cuarto poste. La canción suena a himno de fiesta y orgullo boricua. Ese ritmo de bomba y house resulta pegajoso. Sin embargo, la realidad es otra: se trata de una canción de protesta muy directa.

Bad Bunny no la escribió solo para bailar. La usó como un altavoz para denunciar la crisis energética de su isla. En mitad del Super Tazón, el “Conejo Malo” no hablaba solo de Puerto Rico. Su música desnudó la precariedad eléctrica de toda una región. Además, sirvió de advertencia: urge abandonar los combustibles fósiles. También es necesario exigir una transición energética justa.

La situación eléctrica en América Latina y el Caribe es un verdadero crisol de contrastes. Algunos países lideran en energías limpias. Otros están viviendo momentos realmente críticos.

Cuba enfrenta un déficit energético masivo. Los apagones afectan a más del 61% del territorio. Las plantas termoeléctricas están obsoletas. Además, la falta de mantenimiento es evidente. Las dificultades extremas para importar combustible han llevado al sistema al borde del colapso.

Ecuador vivió dos años marcados por cortes de hasta 14 horas. Esto ocurrió durante 2024 y 2025. Ahora parece estar tomando un respiro. El gobierno ha asegurado que para este primer trimestre de 2026 no habrá apagones. Esto se debe a una mejor gestión de embalses como Mazar. También ha entrado nueva generación. No obstante, el sistema sigue siendo muy sensible a las sequías.

Argentina ha implementado planes de contingencia para evitar el colapso durante los veranos. Esto sucede cuando ocurren los picos de calor. El 1 de enero de 2026, el país estrenó el nuevo año con miles de usuarios sin servicio. Esto afectó el Área Metropolitana de Buenos Aires debido a una ola de calor agobiante.

Durante 2025, el gobierno argentino lanzó programas de “gestión de demanda”. Pagó a grandes industrias para que disminuyeran su consumo. Así evitó apagones masivos en zonas residenciales. Las causas son múltiples. La infraestructura de distribución está obsoleta. El parque de generación trabaja al límite de su capacidad. Resulta incapaz de cubrir picos de demanda superiores a los 30.000 MW sin importaciones masivas de energía.

En los últimos años, México ha enfrentado crisis eléctricas de considerable magnitud. El episodio más grave se registró en mayo de 2024. Una ola de calor extremo elevó el consumo energético. Esto desencadenó el colapso del sistema eléctrico nacional.

Las proyecciones apuntan a un incremento de estos eventos durante la temporada estival. Esto es impulsado por temperaturas récord. También por una demanda energética sin precedentes. México cuenta con una capacidad instalada superior a los 90.000 MW. Sin embargo, los cortes más recientes ocurrieron con una demanda de apenas 40.000 MW.

Esto evidencia un problema estructural: la infraestructura de generación no ha crecido al ritmo del consumo. Décadas de rezago en mantenimiento han limitado la operación de numerosas plantas a su capacidad óptima.

En Honduras, el gobierno ha intentado descartar racionamientos para 2026. No obstante, la realidad operativa ha sido distinta. En marzo de 2025, Honduras sufrió un apagón nacional total. Esto incluso afectó la interconexión con el resto de Centroamérica. Guatemala, El Salvador y Nicaragua también se vieron afectados.

Los cortes por fallas en las líneas de transmisión han sido constantes. El déficit de generación afecta provincias como Olancho y Atlántida. La alta dependencia hondureña de la generación térmica está entre las causas. Las pérdidas de energía por robo o mal estado de la red superan el 30%. Además, hay retrasos en nuevos proyectos de generación.

Confluyen cuatro factores que explican esta situación. El primero: aunque el 67% de la electricidad fue generada por fuentes limpias en 2025, la región sigue dependiendo de los combustibles fósiles. Principalmente gas, carbón y petróleo producen el 33% de la electricidad. Estas fuentes fueron principalmente hidroeléctrica, eólica y solar.

El segundo factor es la dependencia del agua como recurso energético. La mayor parte de la región depende de la hidroelectricidad. Con el cambio climático, las sequías son más largas y extremas. Esto deja los embalses vacíos.

En julio de 2025, debido a sequías extremas, la renovabilidad a nivel regional bajó. Pasó del 71% al 65% en apenas un mes. Para llenar ese vacío, los países activaron sus plantas de fuel-oil y carbón. Estas son más caras y contaminantes. Esto disparó el costo de las facturas eléctricas.

El tercer factor es la infraestructura. Muchos sistemas de transmisión tienen décadas de antigüedad. Las plantas térmicas también son antiguas. Sin inversión constante, fallan justo cuando la demanda sube.

El cuarto factor es justamente el aumento de la demanda. La digitalización está empujando el consumo. El uso de aire acondicionado por las olas de calor también contribuye. El crecimiento industrial está llevando la demanda a niveles que las redes actuales no siempre pueden soportar.

“Aquí se perrea hasta que amanezca / Y la calle está prendía, aunque no haya luz eléctrica / ¡Maldita sea, otro apagón! / Pero no importa, vamo’ pal’ callejón”.

Benito Martínez Ocasio cantó con doble sentido. Uno literal para exponer la falta de electricidad. El otro, simbólico: el intento de “apagar” o invisibilizar la cultura puertorriqueña. También denuncia la violación de los derechos de los puertorriqueños en su propia tierra.

“Yo no me quiero ir de aquí / Que se vayan ellos / Que se vayan ellos / Lo que me pertenece a mí se lo quedan ellos”.

La gentrificación que vive la isla también se denota en cómo los beneficios fiscales atraen inversionistas extranjeros. Estos compran edificios y playas. Así desplazan a los puertorriqueños de sus propios barrios. También encarecen las tarifas eléctricas. En general, aumentan el costo de la vida.

“Esta es mi playa, este es mi sol”.

El verso es un grito de resistencia. También plantea una oportunidad.

América Latina y el Caribe es una potencia en energía solar y eólica. Datos de Zero Carbon Analytics revelan información importante. A noviembre de 2025, el 19% de la electricidad de la región provino de fuentes solares y eólicas. Esto supera el promedio mundial del 17,6%. Si sumamos la hidroelectricidad, la matriz es una de las más limpias del planeta.

Ya 16 países de la región se han unido bajo la iniciativa Renovables en América Latina y el Caribe. Esta iniciativa se conoce como RELAC. El objetivo es que al menos el 80% de su electricidad provenga de fuentes renovables para 2030.

Según el informe de Zero Carbon Analytics, la transición hacia la energía solar se está utilizando específicamente para estabilizar la red eléctrica. Esto garantiza que hospitales y escuelas no sufran cortes constantes, por ejemplo.

La transición energética también trae consigo mejoras en la salud pública. El 11% de la población latinoamericana aún depende de combustibles contaminantes para cocinar. La expansión de la electricidad renovable permite el acceso a estufas eléctricas. Esto reduce directamente las muertes por contaminación del aire en los hogares. Las mayores beneficiadas son las mujeres.

Ciertamente, las renovables son una buena inversión. Al aprovechar recursos naturales abundantes, se reduce la dependencia de combustibles fósiles importados. El sol y el viento tienen costos operativos más bajos. Se puede avanzar hacia tarifas más justas. Esto permite que la electricidad sea un servicio accesible para todos. Deja de ser un lujo.

La transición no solo da luz, sino también sustento. El informe de Zero Carbon Analytics menciona que la expansión de las renovables es un motor de creación de empleos. Estos son empleos verdes en la región. Esto fortalece el derecho al trabajo. También promueve una vida digna.

El gran reto sigue siendo la interconexión regional. Los países necesitan poder venderse energía entre sí más fácilmente. Esto es crucial cuando uno tiene excedentes y el otro está a oscuras.

De hecho, el informe advierte que se necesita una inversión anual considerable. Esta equivale al 0,8% del PIB regional. Son unos 577.000 millones de dólares hasta 2030. Esto es necesario para cerrar la brecha de acceso. También para descarbonizar totalmente la red.

El derecho a la energía no aparece explícitamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, el derecho a la electricidad es un derecho habilitador. En otras palabras, sin electricidad es prácticamente imposible ejercer otros derechos fundamentales. Estos sí son reconocidos.

“No es solo que se ‘va la luz’ en los hogares, cada corte implica hospitales, escuelas, sistemas de agua y otros servicios esenciales paralizados, con impactos desproporcionados en las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad”, dice Viviana Krsticevic. Ella es directora ejecutiva del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional.

Para América Latina y el Caribe, la electricidad no es solo comodidad. Es la herramienta principal para romper el ciclo de la pobreza. En zonas rurales de los Andes, la Amazonía o el Caribe, la electricidad permite avances significativos. Las pequeñas comunidades pueden procesar sus productos agrícolas. Dejan de depender únicamente de la luz del día. Esto aumenta su productividad.

Históricamente, en la región, la falta de servicios básicos afecta desproporcionadamente a las mujeres. Ellas suelen dedicar más tiempo a tareas domésticas manuales. Por ejemplo, buscar leña o lavar a mano cuando no hay energía disponible.

Asimismo, esta es una de las regiones más vulnerables al cambio climático. La electricidad es vital para los sistemas de alerta temprana ante huracanes o inundaciones. También resulta esencial para sobrevivir a las olas de calor extremo. Estas aquejan al Cono Sur y al Caribe.

No obstante, el problema en América Latina no es solo de generación. También se trata de quién puede pagar el servicio. Las tarifas eléctricas han aumentado en varios países. Esto convierte el acceso a la electricidad en un privilegio para algunos. Mientras tanto, otros quedan literalmente a oscuras.

La presentación de Bad Bunny en el Super Tazón no fue solo un espectáculo musical. Fue un recordatorio de que millones de personas en la región viven sin acceso confiable a la electricidad. Fue una denuncia de que los sistemas energéticos actuales son insuficientes. También fue un llamado a la acción.

La crisis energética en América Latina y el Caribe no es inevitable. La región tiene los recursos naturales necesarios para una transición energética exitosa. Cuenta con abundante sol, viento y agua. Lo que falta es inversión sostenida en infraestructura. También se requiere voluntad política para priorizar el acceso universal a la energía.

Los apagones no son solo un problema técnico. Son una manifestación de desigualdad estructural. Afectan más a quienes menos tienen. Interrumpen la educación de los niños. Comprometen la atención médica. Limitan las oportunidades económicas. Perpetúan ciclos de pobreza.

La transición hacia energías renovables ofrece una oportunidad única. Puede democratizar el acceso a la electricidad. Las instalaciones solares y eólicas pueden ser descentralizadas. Esto permite llevar energía a comunidades remotas que nunca han estado conectadas a la red principal.

Además, las renovables pueden reducir la vulnerabilidad de la región a las fluctuaciones en los precios internacionales de los combustibles fósiles. Esto estabilizaría las tarifas eléctricas. Haría más predecible el costo de la energía para las familias y las empresas.

La creación de empleos verdes también representa una oportunidad económica significativa. La instalación y el mantenimiento de paneles solares y turbinas eólicas requieren mano de obra local. Esto puede generar miles de empleos bien remunerados en toda la región.

Sin embargo, la transición debe ser justa. No puede dejar atrás a los trabajadores de las industrias de combustibles fósiles. Se necesitan programas de reentrenamiento y apoyo para estas comunidades. Deben poder participar en la nueva economía verde.

También es crucial garantizar que las comunidades locales tengan voz en los proyectos de energía renovable. Demasiado a menudo, estos proyectos se imponen desde arriba. No consultan a quienes se verán afectados. Esto genera resistencia y conflictos.

La participación comunitaria puede asegurar que los beneficios de la energía renovable se distribuyan equitativamente. Puede prevenir que los proyectos desplacen a las comunidades o dañen el medio ambiente local.

La interconexión regional es otro componente crítico de la solución. Cuando un país tiene excedentes de energía renovable, debe poder venderlos a sus vecinos. Esto maximiza la eficiencia del sistema. Reduce la necesidad de mantener costosas plantas de respaldo.

Algunos avances ya están en marcha. El Sistema de Interconexión Eléctrica de los Países de América Central conecta seis naciones. Permite el comercio de electricidad entre ellas. Sin embargo, se necesita más inversión para expandir y fortalecer estas conexiones.

El financiamiento internacional también juega un papel importante. Los países desarrollados tienen la responsabilidad de apoyar la transición energética en América Latina. Esto es parte de sus compromisos climáticos. El financiamiento debe ser accesible y no crear nuevas cargas de deuda insostenibles.

Los bancos multilaterales de desarrollo pueden facilitar este financiamiento. Deben priorizar proyectos de energía renovable. También deben apoyar la modernización de las redes de transmisión y distribución.

La tecnología de almacenamiento de energía es otra pieza clave del rompecabezas. Las baterías pueden almacenar energía solar y eólica para usarla cuando no hay sol o viento. Esto hace que las renovables sean más confiables. Reduce la necesidad de plantas de respaldo a base de combustibles fósiles.

Los costos de las baterías han caído dramáticamente en los

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