Margaret Atwood lanza una advertencia urgente sobre el edadismo. A sus más de 80 años, la escritora canadiense continúa batallando. Ahora señala que el prejuicio por edad representa la próxima hoguera que la sociedad está encendiendo.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, dice el refrán popular. Sin embargo, la realidad muestra una relación tóxica con el paso del tiempo. La sociedad oscila entre dos extremos: la abuelita adorable que teje al crochet o la bruja malvada que estorba. No existe término medio en esta percepción.

Atwood no solo sigue activa en su novena década de vida. También alerta sobre una discriminación extendida pero poco señalada. El preconcepto hacia lo viejo está casi naturalizado en nuestras culturas. Así lo destaca un artículo en The Conversation que analiza sus textos recientes.

**El edadismo como fenómeno social**

El edadismo trasciende el ámbito académico de los sociólogos. Representa esa tendencia de invisibilizar o descartar personas que cumplieron sesenta años. Atwood aborda este tema en sus memorias de 2025, “Libro de mis vidas”. También lo desarrolla en diversos ensayos donde pone el dedo en la llaga.

La autora señala que la experiencia femenina resulta especialmente “peligrosa e incómoda” para el poder. ¿Cuál es la razón de este rechazo? Una mujer que no busca aprobación estética del mundo posee sabiduría acumulada. Esta combinación la convierte en básicamente ingobernable, según plantea la escritora.

La discriminación por edad afecta particularmente a las mujeres mayores. Mientras un hombre que envejece se convierte en “sabio”, ellas desaparecen. Dejan de existir profesional o físicamente para el ojo público. Esta doble vara de medir perpetúa la desigualdad de género.

**La falsa guerra generacional**

Actualmente parece que el deporte nacional consiste en culpar generaciones. Los boomers son responsabilizados por la falta de viviendas baratas. Los millennials y la Generación Z reciben el estigma de flojos. Esta es la famosa “brecha intergeneracional” que divide sociedades.

Atwood advierte que esta polarización constituye una simplificación peligrosa. La autora no tiene un pelo de tonta al señalar este problema. En su relato “A la hoguera con los carcamanes” lleva esto al extremo. El cuento pertenece a “Nueve cuentos malvados”, publicado en 2014.

La historia presenta una organización juvenil llamada “Nuestro turno” con objetivos escalofriantes. Este grupo se dedica a quemar residencias de ancianos. Culpan a los mayores de la crisis climática y la desigualdad. Es una exageración, claramente una “sátira grotesca” de la realidad.

Sin embargo, la ficción no anda tan lejos de situaciones reales. Durante la pandemia surgieron discursos sobre ancianos como “prescindibles” en momentos de crisis. Esto no representa ética sino necropolítica: decidir quién vive basándose en utilidad económica. La sátira de Atwood cobra relevancia inquietante en este contexto.

**Personajes mayores como protagonistas**

The Conversation sugiere observar cómo Atwood construye sus personajes mayores. No son figurantes esperando el final en un rincón. Por el contrario, ocupan roles centrales y activos en las narrativas.

En “El asesino ciego”, una anciana relata la historia familiar completa. Narra la misteriosa muerte de su hermana Laura en 1945. La narradora usa sus años acumulados para desmontar prejuicios. Estos intentan minimizar su visión pero ella resiste con inteligencia.

En “Los testamentos”, secuela de “El cuento de la criada”, Lydia adquiere protagonismo. Esta mujer mayor se convierte en el motor de subversión contra Gilead. Tiene experiencia, tiene poder y posee paciencia acumulada durante décadas. Estas cualidades le permiten destruir el sistema desde dentro de manera estratégica.

Atwood nos dice que la vejez debería representar un espacio de lucidez crítica. El problema radica en que la sociedad aplica una doble vara. Si eres hombre y envejeces, te conviertes en “sabio” respetado. Si eres mujer, dejas de existir en múltiples dimensiones sociales.

**Datos que respaldan la alerta**

Aunque el análisis literario de Atwood resulta brillante, los datos fríos respaldan su inquietud. Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada dos personas es edadista. Este prejuicio no es solo un sentimiento abstracto sino que genera consecuencias reales.

En el ámbito de salud mental, el edadismo se asocia con muerte más temprana. Las personas pueden perder hasta 7.5 años de vida debido al estrés. La autopercepción negativa derivada de la discriminación cobra un precio físico concreto.

En el terreno económico, el talento sénior está infrautilizado en múltiples países. En España, más del 50% de los desempleados de larga duración superan los 45 años. Esta edad representaría “la plenitud de la maestría” según la perspectiva de Atwood. Sin embargo, el mercado laboral los descarta sistemáticamente.

La invisibilización que menciona la autora se traduce en soledad extrema. Miles de personas mayores pasan días sin hablar con nadie. No es porque no tengan nada que decir. Es porque la sociedad decidió que “ya no tienen nada que aportar”.

**Lecciones desde la distopía**

“El cuento de la criada” ofrece un ejemplo brutal de este problema. La protagonista, Defred, ignora las advertencias de su madre. Esta feminista de la vieja escuela avisaba sobre la pérdida de derechos. Defred piensa que su madre es una exagerada, una “pesada” de otra época.

¿Cuál es el resultado de este desprecio generacional? Se enfrenta a una dictadura teocrática donde las mujeres pierden hasta su nombre. Los derechos conquistados se evaporan ante la indiferencia de las nuevas generaciones.

Este es el gran error que Atwood señala en las generaciones jóvenes. Creer que los derechos son para siempre constituye una ingenuidad peligrosa. Pensar que los consejos de los mayores son desechables representa otra trampa. Observar y escuchar no significa ser sumisos sino inteligentes.

Como ella misma dice con ese ingenio que la caracteriza: “Soy toda oídos, pero a mí no me engañan”. Esta actitud combina apertura con pensamiento crítico. Representa el equilibrio necesario entre generaciones para construir sociedades más justas.

**Acciones cotidianas contra el edadismo**

No hace falta escribir una novela distópica para cambiar las cosas. La lucha contra el edadismo empieza por modificar el lenguaje cotidiano. Dejar de usar frases como “estás hecho un pibe” resulta fundamental. Esta expresión implica que ser viejo constituye un insulto que debe negarse.

Tampoco deberíamos decir “esto no es para vos, abuelo” al referirnos a actividades. Estas frases perpetúan la idea de que la edad limita capacidades. En realidad, las personas mayores pueden participar en múltiples ámbitos activamente.

Atwood critica la manía de dividir el mundo en binarismos simplistas. Joven versus viejo, mente versus cuerpo, productivo versus improductivo son falsas dicotomías. Una persona de 80 años puede tener agudeza mental envidiable. Un joven puede poseer sabiduría emocional que muchos adultos no desarrollaron.

La edad es solo una cifra, no un rasgo de personalidad. No determina capacidades ni intereses de manera automática. Cada persona envejece de manera diferente según múltiples factores contextuales.

**Reconocer la autoridad intelectual**

No podemos permitir que la cultura dicte que, a partir de cierta edad, dejamos de ser relevantes. Necesitamos a los mayores en la esfera pública de manera activa. No solo para que nos cuenten el pasado como archivos vivientes.

También para que nos ayuden a diseñar el futuro con perspectiva acumulada. Atwood destaca la “pericia imaginativa” que solo otorgan las décadas de experiencia. Esta capacidad resulta invaluable para enfrentar desafíos complejos que requieren visión amplia.

La Corte Constitucional hizo un llamado al Gobierno y al Congreso. Solicitó desarrollar una política integral que establezca alcances de deberes. Los diferentes actores sociales deben participar en esta construcción de manera coordinada.

**Ética frente a la crisis**

No dejemos que usen problemas reales como armas de división generacional. La vivienda o el empleo son desafíos sistémicos que requieren soluciones estructurales. El enemigo no es el jubilado que cobra una pensión después de trabajar 40 años.

Tampoco es el joven que no puede pagar un alquiler en mercados especulativos. El enemigo es el sistema que saca provecho de ese enfrentamiento. Mientras las generaciones pelean entre sí, no se solucionan los problemas de fondo.

Esta estrategia de dividir para reinar resulta antigua pero efectiva. Por eso Atwood insiste en desmontar estos binarismos que solo benefician al poder. La solidaridad intergeneracional representa la única vía para cambios profundos y duraderos.

**El arte de no dejarse engañar**

Margaret Atwood nos ha regalado un mapa para movernos por este mundo confuso. Su obra nos enseña que la vejez no es una derrota. Por el contrario, representa una forma de resistencia con herramientas acumuladas durante décadas.

Al final del día, todos (con suerte) llegaremos a esa “última vuelta del camino”. Y cuando estemos allí, querremos que nos escuchen con atención genuina. No porque seamos reliquias de museo que deben preservarse por nostalgia.

Sino porque tenemos algo que decir que solo el tiempo permite entender. La experiencia vivida ofrece perspectivas que ningún libro puede enseñar completamente. Esta sabiduría práctica resulta invaluable para las nuevas generaciones si están dispuestas a escuchar.

No dejemos que nos vendan el cuento de la guerra de generaciones. Abramos bien los oídos a las voces que llevan más tiempo en este mundo. Leamos un poco más a los clásicos, tanto vivos como muertos. Y recordemos la advertencia final de Atwood: que no nos engañen.

La autora mantiene su compromiso con temas sociales complejos a lo largo de su carrera. Desde “El cuento de la criada” hasta “Los testamentos”, ha explorado opresiones múltiples. Ahora dirige su mirada crítica hacia el edadismo como próxima frontera de lucha.

Sus memorias recientes reflejan esta preocupación con urgencia renovada. A los 80 años, Atwood no se retira sino que intensifica su activismo. Demuestra con su ejemplo que la edad no limita la relevancia intelectual.

El turismo silver en la Patagonia y las ciudades ‘age-friendly’ europeas representan iniciativas prometedoras. Estos enfoques reconocen las necesidades específicas de las personas mayores. También valoran sus aportes potenciales a las comunidades donde viven.

Líderes mayores de 70 años insisten en que ser joven no es sinónimo de progresismo. Del mismo modo, ser mayor no implica conservadurismo automático. Estas asociaciones simplistas deben cuestionarse para construir alianzas intergeneracionales efectivas.

La industria de la moda enfrenta contradicciones señaladas por influencers como Carmen Asenjo. Marcas que diseñan para público de 60 años usan modelos de 30. Esta incoherencia refleja el edadismo profundo en la cultura visual contemporánea.

Los mayores de 50 años deberían vigilar la fibrosis cardíaca al hacer ejercicio intenso. Investigadores del Reino Unido hicieron seguimiento a más de 100 deportistas durante dos años. Los chequeos médicos podrían reducir riesgos significativamente en esta población activa.

Cinco hábitos permiten mantener la independencia después de los 60 años. Especialistas de Stanford identificaron claves que preservan autonomía y calidad de vida. Actividad física, alimentación, estimulación mental y controles médicos figuran entre las principales recomendaciones.

La nueva vejez cambia la vida cuando se extiende la longevidad de manera sostenida. El aumento de la esperanza de vida impulsa cambios en ciudades pioneras. Nuevos modelos de convivencia y trabajo intergeneracional desafían las estructuras tradicionales existentes.

Estos cambios plantean desafíos para las políticas públicas y sociales en múltiples niveles. Los gobiernos deben adaptar sistemas de salud, pensiones y urbanismo. La sociedad civil debe cuestionar prejuicios arraigados durante generaciones sobre el envejecimiento.

Margaret Atwood se posiciona en la vanguardia de este cuestionamiento necesario. Su voz literaria y activista señala caminos para una sociedad más inclusiva. La hoguera del edadismo puede apagarse si actuamos con conciencia y solidaridad.

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