En un bosque a 80 kilómetros de París, el mundo cambió para siempre. No fue en un palacio ni en una dependencia gubernamental. Tampoco en un cuartel general. Fue en un simple vagón de tren. El CIWL 2419 de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits esperaba detenido sobre las vías. El Bosque de Compiègne guardaba ese secreto histórico en su espesura.
Exactamente a las 5.15 de la mañana del lunes 11 de noviembre de 1918 ocurrió. Matthias Erzberger representaba al imperio alemán en ese momento crucial. El mariscal francés Ferdinand Foch actuaba en nombre de Francia y el Reino Unido. Ambos firmaron el documento que puso fin a la Primera Guerra Mundial. El ambiente era estrecho y los testigos muy pocos.
Por decisión de Foch, no había fotógrafos ni periodistas presentes. Solo un oficial francés y dos británicos presenciaron el acto histórico. El lenguaje diplomático llamó al documento armisticio. Sin embargo, en la práctica significaba la rendición lisa y llana de Alemania.
Las condiciones impuestas eran severas y humillantes para los alemanes. Se les exigía una fuerte desmilitarización inmediata. Además, debían aceptar la pérdida de territorios importantes. El pago de grandes indemnizaciones de guerra era obligatorio. Las concesiones incluían la liberación de todos los prisioneros de guerra aliados. Los alemanes debían liberar a sus prisioneros sin reciprocidad inmediata.
Los barcos aliados tendrían libertad de circulación en aguas alemanas. Mientras tanto, el bloqueo naval contra Alemania se mantenía vigente. Durante la negociación previa, los alemanes protestaron enérgicamente. Argumentaron que esas no eran condiciones para un armisticio. En realidad, se trataba de una rendición sin condiciones.
No lograron cambiar un solo punto del texto final. Debieron aceptar lo que consideraban una humillación nacional profunda. El cese del fuego quedó fijado para las 11:11 de esa misma mañana. Ese lapso de casi seis horas agregó miles de muertes innecesarias. El saldo de la guerra más letal que el mundo había vivido hasta entonces creció aún más.
En los cuatro años y poco más de tres meses que duró el conflicto globalizado, las cifras fueron aterradoras. Fueron movilizados 70 millones de soldados de diferentes naciones. El saldo en vidas humanas superó cualquier cálculo previo. Murieron casi diez millones de militares en los campos de batalla. Otros 21 millones fueron heridos en combate.
Alrededor de 13 millones de no combatientes perdieron la vida también. Las consecuencias directas o indirectas de las hostilidades fueron devastadoras. Esa pérdida de vidas no tenía antecedentes en la historia de la humanidad. Se debió en gran parte a la introducción de nuevas armas mortíferas.
Las ametralladoras cambiaron por completo la naturaleza del combate. También se implementaron armas químicas por primera vez a gran escala. Según las estimaciones más generalizadas, durante el enfrentamiento se liberaron 124.000 toneladas de sustancias tóxicas. El cloro fue uno de los gases más utilizados. El llamado “gas mostaza” causó horrores indescriptibles.
En consecuencia, unos 90.000 soldados murieron envenenados por gases. Casi un millón perdió la vista o sufrió heridas graves permanentes. Los efectos de estas armas se sintieron durante décadas después. Los supervivientes arrastraron secuelas físicas y psicológicas toda su vida.
La Gran Guerra, como se la llamó entonces, había estallado el 28 de julio de 1914. Europa llevaba más de cuatro décadas de tensa calma aparente. Solo pequeños conflictos bélicos bien focalizados habían interrumpido esa quietud. En realidad, esa calma bélica que pareció predominar desde 1871 era engañosa.
La finalización de la guerra franco-prusiana había marcado el inicio de ese período. Se extendió hasta mediados de 1914 con creciente tensión. Podría calificarse como la calma que precedió a una terrible tempestad. Durante esos años, conocidos como los de “la paz armada”, las potencias europeas protagonizaron una carrera armamentista sin precedentes.
Su desenlace no podía ser otro que una guerra de magnitud desconocida. Fue un enfrentamiento generalizado entre dos alianzas de potencias europeas. No solo sumergió al continente en un baño de sangre. También se expandió por Asia, Oceanía y África. Comenzó a definirse con la tardía intervención de los Estados Unidos.
Para principios del siglo XX, Europa estaba dividida en dos bandos claramente definidos. Se conocían como las Potencias Centrales y la Entente. El primero se había originado en la Triple Alianza. Fue formada en 1882 por Alemania, Austria-Hungría e Italia. Sin embargo, Italia no entró en la guerra hasta 1915. Lo hizo del lado de la Entente, abandonando la Triple Alianza.
Su lugar fue ocupado por el Imperio otomano y el Reino de Bulgaria. Del otro lado estaban el Reino Unido, Francia y Rusia. Ya en pleno conflicto se sumaron otros países importantes. Japón, Serbia, Montenegro y Bélgica entraron en la guerra. Italia, Rumania, Portugal y Grecia se unieron después. Estados Unidos y Brasil también participaron del lado de la Entente.
Rusia abandonaría la Entente y la guerra en 1917. La revolución bolchevique de octubre de ese año cambió todo. El nuevo gobierno soviético firmó una paz separada con Alemania. Esto permitió a los alemanes concentrar sus fuerzas en el frente occidental.
La principal causa del estallido se debió a la necesidad de hegemonía política. Las principales potencias industriales buscaban dominio económico. Francia e Inglaterra por un lado y Alemania por otro competían ferozmente. La exaltación nacionalista alimentaba los diferentes conflictos territoriales. La unificación de Alemania, concretada en 1871, la había convertido en una gran potencia.
Amenazaba de manera directa los intereses económicos de Francia. También ponía en riesgo la supremacía del Reino Unido. Alemania se hallaba en plena búsqueda de nuevos mercados. Pretendía ampliar su imperio colonial significativamente. Esto ya había provocado tensiones graves en varias ocasiones.
El reparto que habían diseñado Francia y Gran Bretaña era problemático. Distaba mucho de las pretensiones que tenía Alemania en aquellos momentos. Francia y el Reino Unido eran dueños de amplias posesiones por todo el mundo. Incluso algunas naciones más pequeñas y no tan ricas controlaban vastos territorios.
Bélgica y Portugal dominaban zonas mucho más extensas que sus propios estados nacionales. Por su parte, el Imperio austrohúngaro no tenía colonias. Alemania solo había podido conseguir cuatro territorios africanos. Togo, Camerún, el desierto de Namibia y la actual Tanzania. Eran territorios sin apenas riquezas y con escasas oportunidades económicas.
Las pretensiones territoriales y las disputas hegemónicas de los gobiernos no suelen, por sí solas, lograr el consenso social necesario. Hacen falta hechos puntuales que golpeen los sentimientos populares. Por eso, el imperio austro-húngaro utilizó un atentado como excusa perfecta.
El 28 de junio de 1914, Francisco Fernando de Austria visitaba la capital de Bosnia. Su esposa Sofía lo acompañaba en ese viaje oficial. Un grupo de seis militantes de la organización revolucionaria Joven Bosnia esperaba. Esta era un grupo juvenil de la organización secreta Mano Negra.
Los conspiradores se llamaban Cvjetko Popović, Muhamed Mehmedbašić y Nedeljko Čabrinović. También estaban Trifko Grabež, Vaso Čubrilović y Gavrilo Princip. Se habían reunido en la calle por donde estaba previsto que pasara la comitiva. Su intención era asesinar al archiduque.
En el preciso momento en que la comitiva se cruzó con Čabrinović, este lanzó una granada. Apuntó contra el coche en el que viajaban el archiduque y su esposa. Pero falló el objetivo y algunos espectadores resultaron heridos. Una hora más tarde, la pareja real se dirigía a un hospital. Querían visitar a los heridos por el atentado.
La comitiva se equivocó de ruta y giró por una calle equivocada. Casualmente, allí se hallaba apostado otro integrante de la Mano Negra. Era Gavrilo Princip, quien no esperaba una segunda oportunidad. Al ver el coche del archiduque, Princip disparó. Sus balas alcanzaron a Francisco Fernando y Sofía. Ambos murieron poco después.
El gobierno austro-húngaro acusó a Serbia de estar detrás del atentado. El 23 de julio de 1914 le presentó diez demandas imposibles de aceptar. Si los serbios no se avenían a esas exigencias, les declararían la guerra. Efectivamente lo hizo cinco días después.
La decisión de Austria-Hungría de utilizar el crimen como excusa fue determinante. El ataque a Serbia activó todos los mecanismos de alianzas fraguados en décadas anteriores. Las grandes potencias europeas comenzaron a cruzarse declaraciones de guerra mutuas. En los días siguientes, como una reacción en cadena, la Primera Guerra Mundial se expandió.
Pese a que la Gran Guerra se desarrolló también en escenarios marítimos, fue fundamentalmente terrestre. Dio lugar a las primeras batallas aéreas de la historia. Sin embargo, fue principalmente una sangrienta guerra de trincheras. Allí se disputaban metros de territorios a costa de decenas de miles de vidas.
En ese sentido, la batalla de Verdún pasó a la historia. Enfrentó a franceses y alemanes en el frente occidental. Se convirtió en el ejemplo más sangriento de las consecuencias de este tipo de guerra. Durante 303 días -entre el 21 de febrero y el 18 de diciembre de 1916- continuó la carnicería.
Los ejércitos alemán y francés se disputaron unas colinas consideradas militarmente estratégicas. Hubo avances y retrocesos constantes sin ganador claro. Fue la mayor batalla de todos los tiempos con esas características. Se hizo famosa por la consigna de los franceses. “Ils ne passeront pas!” (“¡No pasarán!”) quedó como símbolo. Representaba la resistencia nacional de Francia frente a la invasión alemana.
Fue un enfrentamiento de posiciones y trincheras brutal. El terreno se disputaba metro a metro a punta de bayoneta. Las condiciones de vida en las trincheras eran infrahumanas. Los soldados soportaban el barro, las ratas y las enfermedades. El frío en invierno y el calor en verano eran insoportables.
El miedo constante a los bombardeos destruía la moral. Los ataques con gas causaban pánico generalizado. Las órdenes de salir de las trincheras para atacar eran sentencias de muerte. Miles caían bajo el fuego de las ametralladoras enemigas. Los que sobrevivían debían volver a intentarlo al día siguiente.
Los oficiales enviaban oleadas de soldados contra posiciones fortificadas. El resultado era siempre el mismo: masacres sin sentido. Los generales, seguros en sus cuarteles alejados del frente, no comprendían la realidad. Seguían aplicando tácticas del siglo XIX contra armas del siglo XX. El resultado fue una generación perdida de jóvenes europeos.
Las familias en casa recibían telegramas con noticias devastadoras. Pueblos enteros perdieron a todos sus hombres jóvenes. Las mujeres debieron ocupar los puestos de trabajo abandonados. La sociedad europea cambió para siempre durante esos años. Nada volvería a ser como antes de 1914.
Cuando finalmente llegó el armisticio, el alivio fue inmenso. Pero también llegó la comprensión del precio pagado. Las condiciones impuestas a Alemania sembraron el resentimiento. Ese resentimiento germinaría dos décadas después en otro conflicto aún más devastador. El vagón donde se firmó el armisticio tendría un destino particular.
Francia lo conservó como símbolo de su victoria. Lo exhibió como monumento a los caídos. Pero en 1940, Adolf Hitler invadió Francia. Exigió que la rendición francesa se firmara en el mismo vagón. En el mismo lugar del Bosque de Compiègne. Fue su venganza simbólica por la humillación de 1918.
Después, Hitler ordenó trasladar el vagón a Berlín. Quería exhibirlo como trofeo de guerra. Sin embargo, al final de la Segunda Guerra Mundial, el vagón fue destruido. Algunos dicen que lo destruyeron las SS en retirada. Otros afirman que fue alcanzado por bombardeos aliados. El destino exacto del vagón del armisticio sigue siendo un misterio.
Lo que no es un misterio es el legado de aquella guerra. Cambió el mapa de Europa completamente. Imperios que habían durado siglos desaparecieron. El Imperio austrohúngaro se fragmentó en varios países. El Imperio otomano colapsó definitivamente. El Imperio ruso cayó ante la revolución bolchevique.
Surgieron nuevas naciones en Europa Central y Oriental. Polonia renació después de más de un siglo de inexistencia. Checoslovaquia y Yugoslavia se formaron como estados nuevos. Las fronteras de Oriente Medio fueron redibujadas por las potencias vencedoras. Esas fronteras artificiales causarían conflictos durante todo el siglo XX.
La guerra también aceleró cambios sociales profundos. El sufragio femenino avanzó en muchos países. Las mujeres habían demostrado su capacidad durante la guerra. Ya no podían ser relegadas a un papel secundario. Los movimientos obreros se fortalecieron significativamente. La revolución rusa inspiró a trabajadores de todo el mundo.
El arte y la literatura también se transformaron radicalmente. Los horrores de la guerra destruyeron el optimismo del siglo XIX. Surgieron movimientos como el dadaísmo y el surrealismo. Los escritores de la “generación perdida” plasmaron el desencanto. Hemingway, Remarque y otros narraron la brutalidad de la guerra. Sus obras siguen siendo testimonios imprescindibles de aquella época.
La medicina avanzó debido a las necesidades de la guerra. Las técnicas de cirugía reconstructiva se desarrollaron enormemente. La psiquiatría comenzó a estudiar el trauma de guerra. Lo que entonces llamaban “neurosis de guerra” hoy lo conocemos como estrés postraumático. Miles de veteranos sufrieron estas secuelas toda su vida.
La economía mundial también cambió radicalmente. Estados Unidos emergió como la gran potencia económica. Europa quedó devastada y endeudada. Las reparaciones de guerra impuestas a Alemania fueron insostenibles. Contribuyeron a la hiperinflación alemana de los años veinte. Esta crisis económica facilitó el ascenso del nazismo.
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