Alejandra Kamiya habla como escribe. Sin atropellarse ni buscar la respuesta rápida. Se toma su tiempo, tras cada pregunta. Su mirada va hacia el techo de la habitación en la que está. Tras unos leves parpadeos, responde. Su voz es suave, como sus cuentos. Suave, pero poderosa, como cada uno de sus relatos. Suave, pero envolvente, como esas atmósferas que construye con sumo detalle. Sin escatimar en recursos, pero sin dejarse llevar por el ansia de grandilocuencia.

Esta autora argentina no es tacaña con las palabras. Sin embargo, cada verbo, cada adjetivo, cada sustantivo que usa parece venirle de un lugar interior. En ese lugar separa el bagazo de la pulpa del lenguaje.

Así ha escrito libros como Los árboles caídos también son el bosque. También La paciencia del agua sobre cada piedra y El sol mueve las sombras de las cosas quietas. En ellos, la belleza convive sin tapujo con la tristeza. Lo sublime fornica con el horror. Lo doméstico se deja envolver por lo fantástico. Lo rural se desliza hacia lo universal.

Las amas de casa, los soldados, los campesinos pueblan sus páginas. Los perros, las garzas, los padres, las hijas perciben el mundo a través de sus sentidos. Degustando la luz, acariciando el aire, viendo la música. Escuchando la soledad, olfateando el infinito.

Para algunos, su inicio en la literatura pudo ser tardío. Hasta los cuarenta años, casi cuarenta y uno, no publicó. En un mercado que muchas veces premia la precocidad sucede algo particular. Ese mercado está obsesionado con los genios con cara de bebé. A lo Rimbaud, por ejemplo. Su llegada al mundo editorial podría parecer extraña, incluso excéntrica.

No obstante, los libros se escriben cuando se escriben. Se publican cuando se publican. Y como la madera que contiene dentro de sí la gracia de la canoa que ha de ser, así mismo sucedió. Alejandra Kamiya tuvo siempre la literatura en sí misma.

De su escritura se dice que es contemplativa y delicada. Suave y meditativa. Cualidades que encajan con el eje temático que este año la Feria Internacional del Libro de Bogotá ha adoptado. ‘Escucharnos es leernos’. Una invitación a desacelerar el ritmo. A encontrar en el silencio un refugio o una casa.

Un llamado a bajar las revoluciones para encontrar en el otro algo importante. En su otredad, la chispa de lo sagrado. Y en cada relato de Alejandra Kamiya, invitada a la FILBo, habita lo sagrado. En la garza que vuela. En la silla que alguna vez sostuvo un cuerpo. En la pampa en la que juegan las niñas. En el atardecer visto desde un balcón porteño. En el fuego que arde. En los perros que mueren y en los árboles. En el agua y en el sol. En ti, en mí y en ella. En todo y en todos.

Alejandra Kamiya estará firmando libros en la FILBo 2026 el próximo 29 de abril. Será a las 5:00 p. m. en el Gran Salón D.

Su proceso creativo comienza de manera difícil de describir. La primera característica de lo que le pasa es que no tiene palabras. Se puede llamar idea, imagen, sensación. Pero, a la vez, no es ninguna de esas. Entonces, estuvo buscando cómo lo llaman otras personas. Se encontró con una palabra que usa una compatriota suya, la escritora Hebe Uhart. “Protoidea”.

Es algo muy poderoso que puede nacer de algo concreto. Como la escena de una película, por ejemplo. O de algo más etéreo. Puede venir de cualquier lado, de cualquier parte. Hasta el frente de una casa que no le genera nada a otra persona. Pero que a ella le recuerda a la vivienda donde vivía su abuela.

En sus relatos no solo se contempla con los ojos. También se hace a través del tacto, del olfato, del gusto, de la escucha. Los sentidos son centrales en sus cuentos por una razón específica. Para ella el cuerpo es muy importante a la hora de escribir y de vivir.

Ella cree que el camino hacia lo más profundo que habita en uno se da a través del cuerpo. No por medio de la lógica. Cuando se medita, las indicaciones son físicas. Estar atento a tu respiración, cuidar tu postura, sentir tus dedos. Ella cree mucho en eso. En la escritura como una forma de corporalidad.

Algo que también está muy presente en sus cuentos son los objetos. Como especies de artefactos sagrados que representan a las personas. Los objetos tienen espíritu, explica. Sea propio o que nosotros le vamos construyendo.

En Japón se dice que después de cumplir cien años, los objetos cobran vida. Ella es más extrema. Para ella cobran vida desde mucho antes. Nosotros establecemos vínculos con los objetos. Ella quiere más a su termo que a mucha gente. Son importantes ya que son lugares de proyección, de reflejo, de vínculo.

El espacio doméstico es un gran protagonista en su literatura. Sea un apartamento porteño o una casa en el campo. Le atrae lo doméstico porque es el espacio donde las personas comemos, vivimos, amamos, peleamos.

En general, no le interesan ni los discursos ni la literatura grandilocuentes. Le gusta más lo pequeño, lo chiquito. Le interesa más desarrollar la sensibilidad al contemplar lo que le podría pasar por alto a otras personas. Por eso, tampoco le interesan al escribir los países muy lejos. En su pequeña casa pasa lo mismo que en las grandes mansiones. Los conflictos humanos pueden desarrollarse en su cotidianidad también.

Una casa le parece un objeto ideal. Porque allí se proyectan todas las emociones humanas. Una casa se ve y se siente, en general, como se ve y se siente uno. Una casa abandonada, por ejemplo, le resulta muy simbólica. Le parece una metáfora más interesante que aquellas de las mujeres como flores o como estrellas.

Uno escribe para leerse también, señala. Entonces, hay cosas de las que te vas dando cuenta a posteriori. Así, supo que escribe de muchas casas.

Ni al escribir ni en la vida en general le interesa la grandilocuencia. No cree en los grandes discursos. Cree que muchas veces les da a quienes los dicen una sensación de plenitud. De que no tienen que hacer nada más. Que son perfectos.

Si uno declara que es la gran feminista, ya está. Para ella es mejor no dejarse llevar por esa hipérbole. Y comportarse como una feminista. O el declarar amor, declararlo muchas veces. Eso no le interesa.

Al tener ascendencia japonesa, se podría esperar una suerte de exotismo en sus libros. Sin embargo, no está. Para ella, el exotismo sería como escribir desde afuera. Ella cree en escribir desde el interior. Para que lo que haga se sienta genuino. Caer en lo exótico sería buscar y cazar cosas que le serían ajenas.

Le resulta interesante que a veces escribe cosas que siente muy argentinas. Casi gauchas. Y le dicen que son muy japonesas. Y cuando escribe cosas que siente muy japonesas, le sale lo latinoamericana. Cree más en ese modo de hacer las cosas.

A uno de sus personajes cuando era niña los otros niños la pusieron en un paredón. Para insultarla por “china”. Crecer en Argentina bajo la mirada de quienes la veían como “otra” fue difícil. Al principio fue duro. Pero hay algo que pasa con las cosas duras de la vida. Después son cosas que uno agradece.

Está hablando de los años sesenta. Si Argentina es hoy una sociedad conservadora, en ese entonces era el horror. A pesar de que son racialmente heterogéneos, hay una obsesión. Por expulsar todo aquello que no es blanco. Que remite a una idea preconcebida de lo europeo. Como si lo argentino fuera europeo.

Bastaba mirar un mapa para saber que no era ni es así. La gente, en ese entonces, se llamaba a sí misma “españoles”, “italianos”, “polacos”, “alemanes”. Y eran todos argentinos. En medio de eso, había mucho matoneo. Algo que la hizo buscar más desesperadamente su propia identidad.

Si bien estos no son cuentos sobre la maternidad ni sobre la paternidad, hay una relación muy interesante. Entre la hija y el padre. Una suerte de admiración sin empalagamiento. Y sin ajustes de cuentas.

Después de sentir que no encajaba en esa sociedad argentina, empezó a buscar dónde encajar. Eso llevó a que todos querían hacer una cosa y ella quería hacer otra. Antes de ser rechazada, ella rechazaba lo exterior. Eso fue lo más difícil. Pensar por qué ella hacía las cosas de un modo diferente a los demás.

Luego, con el tiempo, se empezó a dar cuenta de algo. El modo en que las hacía tenía que ver con su padre. Lo miró para entender más quién es. Y de ahí, mirándolo a él, se buscó en la literatura japonesa. Y después, fue a Japón.

Ese viaje fue la fresa del postre. Porque muchas cosas que ella atribuía a lo japonés eran efectivamente de allí. Pero también fue darme cuenta de que otras que pensaba japonesas eran simplemente maneras de ser de su padre. Maneras particulares, únicas, individuales.

Los adjetivos en sus cuentos son pocos. Cada palabra está cuidadosamente elegida. Cada frase construida con precisión. Como un artesano que trabaja la madera. Como un orfebre que pule el metal.

La escritura de Kamiya invita a la pausa. A detenerse en los detalles. A contemplar lo que normalmente pasa desapercibido. A escuchar el silencio entre las palabras.

En un mundo que corre, ella propone caminar. En un mundo que grita, ella susurra. En un mundo que simplifica, ella complejiza. Pero sin grandilocuencia, sin aspavientos, sin artificios innecesarios.

Su literatura es un refugio. Un espacio donde lo cotidiano se vuelve extraordinario. Donde lo simple contiene profundidad. Donde lo pequeño abraza lo universal.

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