Susana Díaz Pacheco @susanadiaz -twitter
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En la penumbra de una tristeza que aún se resiste a disiparse, la figura de Miguel Barroso emerge con la fuerza de un faro en la tormenta, un faro que, paradójicamente, ha dejado de brillar. La noticia de su fallecimiento, transmitida por su esposa Dreydi desde Portugal, cayó como un mazazo sobre aquellos que lo conocían y admiraban. La incredulidad inicial dio paso a un dolor profundo, un vacío que se extiende más allá de la ausencia física de Miguel; es la ausencia de su espíritu lo que pesa con mayor intensidad.

Su legado es vasto y diverso. Miguel Barroso, con su inteligencia aguda y su cultura extensa, dejó una huella imborrable en aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo. Su mente, de una agilidad vertiginosa, y su creatividad sin límites, se manifestaron en dos novelas estupendas y en una carrera periodística y literaria que, muchos creen, podría haber alcanzado aún mayores alturas. La pasión por la acción fue lo que realmente movió a Miguel, una pasión que lo llevó a dejar que otros fueran los rostros visibles de las grandes ideas que él generaba.

El compromiso de Miguel con la transformación del mundo fue una constante en su vida. Desde su juventud, influenciado por la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx, se dedicó a la tarea de cambiar la realidad que lo rodeaba. Su aproximación al PSOE y su colaboración con figuras como José María Maravall y José Luis Rodríguez Zapatero son testimonio de su deseo de contribuir a una renovación de la izquierda transformadora en España. Su amistad conmigo, forjada en aquellos años de cambio y esperanza, es un lazo que ni siquiera la muerte podrá deshacer.

Miguel también era un hombre de familia, siempre atento a los progresos de sus hijas Camila y Cristina, y orgulloso de su rol como abuelo. Su relación con Carmen, y el amor que compartieron, así como el nacimiento de su nieto Miquel, son hitos de una vida plena que también conoció el dolor de la separación. A pesar de su coquetería y su apariencia de eterno joven, Miguel era un hombre que valoraba profundamente sus lazos familiares y amistosos.

La complejidad de su personalidad era evidente para quienes lo conocían bien. Los muchos Migueles que coexistían en él no siempre estaban en armonía, y su creatividad a veces desataba un exceso de dialéctica. Sin embargo, siempre prevalecía la solidez de su pensamiento bien estructurado. Miguel luchaba por mantener un equilibrio entre la razón y el sentimiento, aunque no siempre lo lograba. Quizás, como Pessoa sugirió, su corazón también pensaba y su razón también sentía.

La partida de Miguel Barroso nos deja con un sentimiento de pérdida inmenso. Se ha ido un hombre que nos hacía felices, cuya generosidad conocía pocos límites, un consejero leal, un gran compañero y, sobre todo, un amigo verdadero. Su corazón, tan grande como su legado, seguirá latiendo en el recuerdo de aquellos que tuvimos la fortuna de cruzarnos en su camino.

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