Las autoridades capitalinas detectaron un patrón preocupante en las calles de Bogotá. Personas con detención domiciliaria continúan delinquiendo. Además, algunos portaban brazaletes electrónicos del INPEC durante los hechos delictivos.

En lo corrido de 2026, al menos 12 ciudadanos fueron capturados bajo estas condiciones. Los casos revelan fallas en el sistema de control. Asimismo, generan dudas sobre la efectividad de las medidas alternativas a la prisión.

Uno de los episodios más recientes ocurrió en la localidad de Puente Aranda. Tres hombres robaron un furgón en plena vía pública. Durante el procedimiento policial, los uniformados hicieron un hallazgo sorprendente. Uno de los capturados llevaba puesto el brazalete electrónico. Por lo tanto, debía estar cumpliendo su condena en casa.

En Ciudad Bolívar, la Policía capturó a un hombre de 24 años. El sujeto portaba un arma de fuego. También tenía casa por cárcel vigente. Sin embargo, los agentes descubrieron algo más al revisarlo. El brazalete que llevaba estaba envuelto en papel aluminio. Esta técnica busca interferir con la señal de rastreo del dispositivo.

Otro hecho quedó registrado en la calle 26 con carrera 50. Dos hombres asaltaron a una ciudadana en horas del día. Las autoridades lograron capturarlos minutos después del atraco. Uno de ellos tenía el dispositivo electrónico activo al momento del delito. Así, quedó en evidencia que salió de su domicilio sin autorización.

Estos episodios reflejan una constante en la capital colombiana. Personas bajo medida de detención domiciliaria continúan delinquiendo en las calles. Además, lo hacen pese a contar con dispositivos de monitoreo. En consecuencia, crece la preocupación ciudadana sobre la seguridad.

El alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, se refirió públicamente a estos casos. El mandatario cuestionó la efectividad del sistema de control implementado. Según sus cifras, en la ciudad hay cerca de 5.000 personas con detención domiciliaria. De ese total, 1.600 cuentan con brazalete electrónico del INPEC.

Frente a este panorama, el alcalde advirtió sobre las limitaciones del sistema. La capacidad de vigilancia resulta insuficiente para tantos casos. Asimismo, planteó dudas sobre el seguimiento real a estas personas. “Lo que vemos es que no hay ningún control. En la práctica, están libres”, señaló el funcionario distrital.

Las cifras oficiales refuerzan esta preocupación expresada por el mandatario local. En los últimos dos años, 178 personas fueron capturadas nuevamente. Todas estaban bajo detención domiciliaria o portaban brazalete electrónico. Por ende, reincidieron en conductas delictivas pese a las medidas impuestas.

El INPEC defendió el funcionamiento del sistema de vigilancia electrónica. La entidad explicó que el monitoreo se realiza en tiempo real. Esto ocurre a través del Centro Penitenciario Virtual, conocido como CERVI. Este centro está encargado de detectar incumplimientos de diversa índole. Entre ellos, salidas de zona, desconexión o manipulación del dispositivo.

Actualmente, el sistema registra más de 13.500 activaciones a nivel nacional. Además, mantiene activos más de 5.140 brazaletes en todo el país. La entidad también cuenta con 60 cuadrillas especializadas en verificación. Estas realizan cerca de 1.300 visitas semanales de control y seguimiento.

Según el instituto penitenciario, no existen fallas estructurales en la tecnología implementada. Sin embargo, la entidad aclaró un aspecto fundamental del proceso. Cualquier incumplimiento debe ser reportado a los jueces de ejecución de penas. Únicamente estos funcionarios judiciales tienen la facultad de revocar la medida. Por lo tanto, el INPEC solo puede informar, no sancionar directamente.

Los casos recientes dejan a la vista una tensión institucional creciente. El sistema tecnológico puede detectar irregularidades de manera efectiva. No obstante, no tiene la capacidad de actuar directamente sobre los infractores. En consecuencia, existe un vacío entre la detección y la sanción.

De hecho, las autoridades citaron un caso particularmente revelador del problema. Una persona con detención domiciliaria acumuló 34 transgresiones documentadas. Estas fueron reportadas en varios informes enviados a la autoridad judicial. Sin embargo, la decisión sobre su situación dependía exclusivamente del juez asignado. Mientras tanto, el individuo continuó en las calles sin consecuencias inmediatas.

En otro episodio, los uniformados encontraron que algunos portadores manipulaban sus dispositivos. El uso de papel aluminio busca bloquear las señales de geolocalización. Así, el sistema pierde la capacidad de rastrear los movimientos reales. Esta técnica rudimentaria evidencia las vulnerabilidades del sistema implementado.

Las autoridades distritales expresan frustración ante esta situación recurrente. Capturan a personas con brazaletes cometiendo delitos en flagrancia. Luego, deben esperar decisiones judiciales que pueden tardar semanas o meses. Mientras tanto, algunos regresan a sus domicilios bajo la misma medida.

El uso de brazaletes fue pensado como una alternativa humanitaria. Busca descongestionar las cárceles del país, históricamente sobrepobladas. Además, permite que personas de bajo riesgo cumplan condenas en casa. Sin embargo, enfrenta cuestionamientos crecientes sobre su efectividad real en Bogotá.

Quienes deberían estar en casa terminan siendo capturados nuevamente. Cometen delitos que van desde hurtos hasta porte ilegal de armas. Por consiguiente, la comunidad cuestiona si la medida protege adecuadamente a la ciudadanía.

La Policía Metropolitana de Bogotá ha documentado patrones en estos casos. Muchos de los capturados conocen las limitaciones del sistema de vigilancia. Además, saben que las consecuencias por incumplir no son inmediatas. Esto genera una sensación de impunidad entre algunos beneficiarios de la medida.

Los jueces de ejecución de penas enfrentan una carga laboral considerable. Deben revisar cientos de informes de incumplimiento mensualmente. Asimismo, tienen que evaluar cada caso individualmente antes de tomar decisiones. Este proceso puede extenderse semanas, durante las cuales el infractor permanece libre.

Las víctimas de estos delitos expresan indignación ante la situación. Fueron asaltadas por personas que deberían estar confinadas en sus hogares. Además, sienten que el sistema no las protege adecuadamente. En consecuencia, crece la desconfianza hacia las medidas alternativas de reclusión.

El debate sobre la detención domiciliaria se intensifica en la capital. Por un lado, existe consenso sobre la necesidad de descongestionar cárceles. Por otro, surge la preocupación por la seguridad ciudadana efectiva. Encontrar el equilibrio entre ambos objetivos resulta cada vez más complejo.

Las autoridades distritales solicitan mayor coordinación con el sistema judicial. Piden que las decisiones sobre revocaciones se agilicen cuando hay reincidencia. También plantean la necesidad de endurecer las consecuencias por manipular dispositivos. Sin embargo, estas propuestas requieren cambios normativos que tardan en implementarse.

El INPEC insiste en que su tecnología funciona correctamente. Los dispositivos detectan salidas no autorizadas y manipulaciones del brazalete. Además, generan alertas inmediatas al Centro Penitenciario Virtual. El problema, según la entidad, radica en la cadena de respuesta posterior.

Las cuadrillas de verificación realizan visitas domiciliarias de manera regular. Constatan que las personas estén en sus residencias en horarios establecidos. No obstante, no pueden estar presentes las 24 horas del día. Por lo tanto, existen ventanas de tiempo para incumplir la medida.

Algunos expertos en seguridad plantean alternativas complementarias al sistema actual. Sugieren implementar toques de queda más estrictos para quienes tienen antecedentes violentos. También proponen aumentar las visitas sorpresa a domicilios de alto riesgo. Asimismo, recomiendan sanciones penales más severas por manipular los dispositivos electrónicos.

Los 12 casos documentados en lo que va del año representan solo una muestra. Es probable que existan más situaciones no detectadas o reportadas. Además, generan interrogantes sobre cuántos otros incumplen sin ser capturados. Esta cifra oculta preocupa tanto a autoridades como a ciudadanos.

La situación en Bogotá refleja un problema nacional más amplio. Otras ciudades colombianas reportan casos similares de personas con brazaletes delinquiendo. Por ende, el debate trasciende lo local y se convierte en asunto de política criminal nacional.

Mientras tanto, en las calles capitalinas los hechos continúan repitiéndose. Cada nuevo caso alimenta la percepción de inseguridad entre los bogotanos. También erosiona la confianza en las instituciones encargadas de la seguridad. En consecuencia, crece la presión sobre autoridades para encontrar soluciones efectivas.

La detención domiciliaria con brazalete electrónico enfrenta su mayor prueba de credibilidad. Debe demostrar que puede ser efectiva sin comprometer la seguridad ciudadana. De lo contrario, corre el riesgo de perder respaldo social y político. Este respaldo resulta fundamental para mantener alternativas al encarcelamiento tradicional.

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